Adelanto del nuevo libro de Isaac Castro: Postales del rock en la Argentina de los noventa

LIBRO FINAL

«Era la primavera del `98. Un compañero de la escuela tenía la casa para él ya que sus padres habían ido de viaje a España. Ahí, en el patio de esa edificación de Gaboto y Miranda, en Hurlingham, Agustín – con quien compartimos el mismo amor por el rock – me hizo escuchar algunas canciones de La paciencia de la araña, que había salido hacía muy poco tiempo. Yo conocía al grupo de nombre, identificaba perfectamente las tapas de sus discos y había visto más de un afiche pegado en la calle promocionando fechas en lugares cercanos. Además, existía una canción, «No Chamuyés», que le gustaba mucho a mi viejo y que por motivos que ignoro, él ya ubicaba de otro lado. Más tarde, en el colegio, me prestaron los primeros dos discos, y Villa -que en realidad se llamaba Marcelo y hoy vive en el Sur ensamblando televisores- me contó que los iba a ver, que incluso había estado en la despedida de Perros, perros y perros en un cemento al palo. Un par de meses después, cuando recién se estaba pasando «Avanti morocha» en las radios, justo en el momento de quiebre del hilo de su historia, tuve la suerte de verlos junto a Divididos en un festival benéfico. En ese instante no lo sabía, pero tuve el privilegio de ver a la banda aun en estado puro, sin la contaminación del éxito desmesurado ni las contraindicaciones de la masividad. Como sea, lo que se me viene ahora es la pieza en lo de mi abuela y un grabador barato, chino, y las canciones de Manos vacías y Sangrando. Esa mezcla de furia y melancolía, de rabia y tristeza que me enamoraba del rock y, de algún modo, lograba que me sintiera menos solo. Yo tenía 16 años y no podía creer lo que me pasaba con esas melodías cantadas tan mal pero con el suficiente corazón como para que me impregnen de su fuerza que, con igual eficacia, podían servir para regocijarse con el dolor, y encontrar aliento en una década plagada de hipocresía e ídolos falsos.»

«Perros, perros y perros sigue siendo el disco de los Caballeros que elijo por sobre el resto, el que más presté, el que salvaría de un incendio, y el que hoy, cuando ya nadie compra nada y todo es digital e intangible, atesoro con recelo, con la creencia de que el objeto en sí mismo –el plástico redondo donde están grabadas las canciones dentro de la caja de acrílico transparente también posee algo mágico. Mientras escribo esto lo escucho una vez más. Y lo que siento es similar a aquello que experimenté la primera vez que lo oí, a la hora de la siesta, mientras mi abuela se acostaba a dormir y yo de mala gana hacía los trabajos prácticos para la escuela. Es imposible que recuerde buenos momentos que no tengan que ver con el rock -escuchar bandas, ir a recitales, descifrar las letras-. Parecía que la vida se reducía a eso, y así pasaban las semanas, con noticias cada vez peores, hechos increíbles y una realidad en la que los jóvenes no teníamos ningún protagonismo.»

«Solía ponerme los auriculares y escuchar La paciencia de la araña. Me sentaba en la cama y apoyaba la espalda en la pared repleta de afiches. Había varios. Uno de Diego levantando la copa en México, otro de Las pelotas cuando telonearon a los Stones, alguno de Luca. Me pasaban mil cosas por la cabeza, y mientras el país se prendía fuego, empezaba a comprender varias cuestiones (…) Entonces se reproducían una a una las canciones, y cada melodía podía ser la metáfora descarnada de aquello que sentía. Iván era una especie de brujo capaz de intuir con una exactitud escalofriante el color de mi ánimo, las frustraciones que experimentaba, y el dolor real y físico sufrido ante tanta incertidumbre. Todas las letras parecían apuntarme. Y estoy seguro de que eso mismo le sucedía a todo aquel que sumó a esta banda de rock al viaje de su vida. Los caballeros funcionaban como los traductores de un modo de percibir colectivo.

En un punto, eran la voz de todos nosotros, de los desclasados, los que no teníamos lugar en el primer mundo ni nos interesaban los falsos estándares de felicidad planificados por los medios».

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EL AUTOR: ISAAC CASTRO

El autor es vecino de Hurlingham. Escritor, periodista y docente. Autor de Quienes verán oscurecer (2005), Flores para dos mujeres solas (2007), Brillantina (2006), La farsa de las mariposas (2010),  Las centellas ( 2012) y La noche inmóvil, (2014). Además es baterista de la banda de rock La Difusa. Música de Manos Vacías. Caballeros de la Quema. Postales del rock en Argentina de los noventa, es su último libro, considerado mucho más que una buena biografía del grupo liderado por Iván Noble. «Es un derrotero musical y sentimental que hilvana los hitos de los Caballeros con algunos mojones de su propia vida y sus recuerdos de cotidianeidad en los infames años noventa».

 

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