En el mes de la mujer: Charla de chicas

 

Por Gabriela Chamorro.

 

Desde hace unos años el día de la mujer dejó de ser una fecha donde “algunos hombres” regalan flores y algunas mujeres esperan carteras o zapatos. Hoy se valora como un día de lucha, una lucha que empezó hace mucho pero que no ha terminado, un día en que las mujeres no somos una cortina de humo, sino que somos fuego ardiendo por los derechos. Por eso hoy reivindicamos a Erica Hormache y a su historia. En esta charla ella desnuda su desobediencia, su valentía y su esperanza por la llegada de un cambio de paradigma y de una sociedad más justa para todes.

 

Despeinada como yo, que no sé qué hacer con mis rulos- ni tampoco quiero hacer nada- se acercó para indicarme cuál era su casa. De sonrisa generosa y transparente, Erica me llevó por un pasillo hasta la habitación donde iniciamos nuestra charla de chicas.

«Es una nota interesante, de una mujer que tiene un trabajo atípico, más relacionado con los hombres»- me dijeron, cuando me propusieron contactarla para hacer una nota para El Ciudadano.

Sin embargo cuando llegué, me encontré con alguien con quien iba a sostener un diálogo que recorrió temas muchos más profundos y en donde las dos desandamos historias, tristezas, frustraciones, esperanzas y como mujeres protagonistas de un presente que necesita una revolución,  terminamos hablando del verdadero sentido de la resistencia.

En esta sociedad estereotipada donde una «charla de chicas» debería contener diálogos sobre pilchas, hombres  o desamores y una mujer que realiza algunos trabajos de albañilería debería ser poco menos que analfabeta, las casi dos horas de conversación que resultó tan placentera como escasa, fue un atípico momento de esos que te dejan en la profesión, la emoción a flor de piel y la esperanza de que si hay mujeres que en situaciones de lo más adversas, tienen el don de mirar al otro, buscar la salida, nutrirse con las experiencias y  seguir para adelante, quizás el mañana que se aproxima no sea tan desolador.

Erica vive en William Morris pero creció en la Avenida Don Bosco, La Matanza, aun-que se movía más cerca de Morón. De Hurlingham conocía apenas el nombre y Villa Tesei por tener familiares, nada más.

Sin embargo hace ya dos años y medio éste es su lugar de morada. Luego de vivir un largo período en San Luis, los avatares de la vida la trajeron nuevamente al oeste de Buenos Aires, donde vive ahora, con su compañero Martín. Su hijo Gabriel estudiante secundario y electromecánica, vive a unas pocas cuadras en casa de Eriana, su hija mayor, universitaria, su compañero Fa-cundo, peluquero y con Inti Nehuén de dos años, su hijo.

Después de muchos años de gastronomía en Buenos Aires y San Luis, cambió de rubro. «Siempre fui descontracturada», cuenta, y aparecen las anécdotas de cuando con Eriana, tenían en su casa un gimnasio- al que nunca pudo llamar «gimnasio» aunque lo era. Erica entrenaba a mujeres y hombres de todas las edades, jóvenes que luego trajeron a sus madres, nietas con sus abuelas y hasta un deportista profesional.

«Nunca pude verlo como un gimnasio convencional, sentía que los recibía en mi casa y todo pasaba por ese Lugar, tenía que ver con que si no podían pagar, que por favor no abandonaran y cuando podían empezaban a pagar de nuevo, si alguien estaba en el medio de un tratamiento y lo necesitaba, las puertas estaban abiertas, todo esfuerzo valía, y los estereotipos no, no tenían ningún valor. Se quedaron casi todos los que vinieron a conocer ese espacio, que pasó a pertenecerles desde el lugar que necesitaban!»

Tampoco le gustaba que le digan «la profe», «No era profe, era entrenadora» me explica.  Pero ahí aparece en cada uno de sus relatos, esa empatía por el par, la preocupación por el de al lado y la rebeldía de que no la encasillen en ningún patrón.

Acompañando a Eriana su hija, que se vino a estudiar Psicomotricidad a la Universidad de Tres de Febrero, compartió su departamento por unos días hasta que consiguió alquilar otro muy cerca para estar con su pareja y el hijo de él, Cami que viaja desde San Luis reiteradamente para compartir momentos.

Son una familia ensamblada, como tantas otras, con ganas de que cada uno encuentre en el espacio que comparten su hogar, aunque a veces las situaciones externas no ayuden demasiado.

Luego de emplearse en un lugar donde ya había trabajado anteriormente aquí en Buenos Aires y donde la pasó mal, circunstancia permitida por sus empleadores, que especulaban con la necesidad de trabajo y donde el machismo y la violencia estaban naturalizados, vivió una situación desagradable cuando una persona empleada,  igual que ella, creyó que la insultaba, haciendo gestos  aborígenes. Luego de irse de ese lugar aparece esta nueva ocupación que disparó la idea de esta nota.

«¿Rasgos aborígenes?», le pregunto. Cierto es que soy bastante despistada y a veces cuando el discurso de alguien es avasallante no percibo con tanto detalle su apariencia. «¿Pero tu apellido es más bien de origen europeo?», le acoto.

Y ahí me cuenta que Hormache es vasco francés (como mi apellido materno) y que supo que es una posible deformación de «chea» aparentemente deriva de la palabras, hogar y familia, y como el de mi mamá que es Arrechea, quien sabe por ahí en algún lado somos familia se aventura a decirme.

Pero lo cierto es que sus raíces son guaraníes y entonces recuerda como un amigo que recorrió parte de Latinoamérica, cuando la vio después de muchos años le dijo, que no la recordaba con los rasgos guaraníes tan fuertes. «Fue el piropo más lindo del mundo» asegura.

Pero esos orígenes que en nuestro país nunca fueron valorados por todos, más la lucha y el reclamo, también son motivo de burla y al sentirse en un ambiente hostil y nocivo, Erica dejó de trabajar aunque perdiera la tranquilidad de un sueldo fijo «Preferí resguardarme», dice todavía insegura porque las consecuencias de la pérdida de ese ingreso fue la de pasar un tiempo largo de agonías económicas.

 

Erica arregla techos con filtraciones, hace carpetas, pone azulejos, veredas, trabajos de pintura en general y carpintería. Forma parte de una grupa de Facebook «Mujeres con Oficio», allí están Alejandra que es electricista; Flor que es carpintera; Gabriela que es herrera y Dana que es gasista y plomera.   

 

 

CON FRATACHO Y AMOLADORA

Y ahí comienza su trabajo «atípico». Una conocida que ya trabajaba en «oficios más de hombres» la llevó a trabajar con ella, más adelante se independizó y empezó a diversificarse: arregla techos con filtraciones, hace carpetas, pone azulejos, veredas, pinturas en general, trabaja en carpintería haciendo muebles y todo lo que se anima.

Inútil como soy yo, pienso que miró un tutorial de Youtube para aprender pero Erica me cuenta que gran parte de su vida, transcurrió entre herramientas que vio usar y que al manipularlas, se sintió segura con ellas.

«A los 16 años ayudé a hacer el contrapiso y la carpeta del piso de la casa tomada por mis viejos y me dí cuenta que no me desagradaba», reflexiona.

Sin embargo las imposiciones de la época pesaban, influían y Erica confiesa que en un momento pensó en estudiar mecánica pero que ni lo mencionó porque le dio vergüenza

 

MUJERES DE OFICIO

La movida de oficios singulares incluye a otras mujeres. «Ale, electricista; Flor, carpintera; Gaby, herrera y Dana, gasista, plomera y Tere administra», detalla «A quién no sabe todavía le llama la atención, lamento que esto pase, igual es grato porque de ahí salen contactos, te llaman y a veces se intuye curiosidad, pero es bueno de todas formas porque se van abriendo cabezas»

«Lindo es también que las mujeres preguntan si ellas lo podrán hacer, si podrán cargar un balde o hacer alguna de estas cosas», afirma

Si bien siente que está instalado también es cierto que le dicen en forma rotunda que nunca habían escuchado de mujeres que hicieran este «tipo de trabajos». Es ahí cuando les propone entrar al grupo de face, Mujeres de Oficio. «Mis compañeras son mujeres audaces, hermosas, siempre es un placer estar en contacto con ella, las admiro»

A pesar de la gratitud infinita de Erica que asegura que «Soy afortunada por la gente que me ha recibido» lo cierto es que ante la pregunta ineludible si la llamó algún hombre para hacer trabajos la respuesta es casi cantada. «Hasta ahora me llamaron solo mujeres» a la que le sigue la anécdota simpática de, «Sí, me llamó un muchacho de la página Transfeministas» dice entre risas.

Todas las experiencias fueron riquísimas en sensaciones. Erica habla de Marta, una señora que había invertido mucho dinero en mano de obra y materiales para un techo que igual, se le seguía lloviendo. Lo vio, lo arregló y al otro día se desató una tormenta que mantuvo a Erica toda la noche despierta pensando en cómo estaría su clienta. «Al día siguiente me llamó feliz para decirme que no se le había llovido»– cuenta con satisfacción y orgullo.

Hay algo flotando en el aire que cuesta un poco hablar, tratándose de dos mujeres que estamos en la lucha por la igualdad y no queremos caer en prejuzgar ni estigmatizar por géneros, pero la sinceridad puede más y le pregunto,

«¿Sentís en algún punto que las mujeres que te llaman creen que vos, vas a ser más honesta en tu trabajo que un hombre?»

Y la respuesta no llega de golpe, sino con la reflexión que necesita.

«La honestidad no es una cuestión de género. Sí creo que culturalmente los varones se ‘hicieron’ más deshonestos. Nosotras somos menos afectadas por el exterior. Nos manejamos más con el criterio propio. Esa es la libertad que nosotras tenemos y que el macho no tiene, no dejan que la tenga ni la reclama tampoco. Tipo, ‘no lloro porque soy varón’ o ‘no puedo decir que esto no lo sé hacer’. El hombre tiene ese peso y si le ganó el patriarcado con el que lo ‘educaron’, se va a sentir observado por los demás hombres y también va a sacar cualquier rédito en éste caso, de una clienta y más si es una mujer sola que al no entender del tema, termina aceptando lo que le digan, me lo cuentan todo el tiempo y eso también lo transforma en un ‘cagador’ más. Un chico gay, me cuenta con enojo pero también con dolor, ¡No te toman en serio! El varón está más penetrado, más atravesado por esta parte oscura de la cultura, el Patriarcado. Las mujeres estamos siendo las verdaderas afectadas y la mayoría de las veces, de la peor manera, pero los perdedores son ellos, manipulados también por un sistema patriarcal.

En cambio las minas tenemos otra cuestión… Pero me siento mal diciendo esto, porque estoy hablando de diferencias cuando yo no creo en las diferencias pero existen todavía, tampoco podemos tapar el sol con la mano. Nosotras tenemos la capacidad de ver lo que pasa, el hombre que sostiene la vieja escuela, estaría siendo el que pierde. Van a desaparecer éstas actitudes en varias generaciones más aunque hoy todavía existan» se sincera.

Lo cierto es que Erica apuesta a un trabajo que hoy por hoy es irregular, que a veces le alcanza y la mayoría de los meses no, pero al que le pone toda su energía y en el que, además de un sustento encuentra momentos de felicidad como encontrarse al mediodía sentada comiendo con una familia y no en un rincón con el sanguchito de salame que su presupuesto le daba para comprarse o, como su relación con Marta que trascendió del contrato laboral y desemboca en charlas sobre deconstrucción y feminismo.

 

Erica Hormache parece mucho más joven de lo que es. De contextura atlética y a cara lavada parece diez años menos de los 42 que tiene. Pero cuando comienza a relatar su historia uno reconoce y siente que es, en verdad, una mujer sin edad: Por sus vivencias podría ser centenaria pero por su energía podría ser adolescente.

 

«TOMA DE DECISIONES» Y «TERAPIA»

Integrante de una generación que aceptaba todo naturalmente, Erica se clava puñales por no haber sabido ver e identificar, lo que ahora, más nutrida, puede ver de la realidad que la rodea.

La terapia la ayuda, también las charlas con su hija, le cuenta todo lo que considera que sirva para abordar lo actual, por ejemplo que a los jóvenes de los 90 los quisieron «idiotizados», o el «único» lugar dónde ubicaban a la mujer, totalmente naturalizado era  el consumismo y demás. «Me genera llanto lo que no supe ver, lo siento una pérdida de tiempo y que decisiones tomo recién ahora» me dice con un dejo de tristeza.

Y elabora una explicación que habla de muchas conversaciones consigo misma y mucho de mirar su propia historia para escribir ahora una nueva con cambios y avances.

Sabe que éste momento es un contexto donde ahora sí, toma decisiones, también identifica el porqué de esa pasividad anterior que por dentro le retumbaba fuerte. Antes todos tomaban decisiones por ella, desde el Estado dejando que viva en una familia disfuncional a su madre sugiriendo lo «mejor» para ella. Sabe hoy, que fue una gran manipulación naturalizada, invisible, pero que ahora más madura, siente que no le alcanza.

Y no es casualidad el nacimiento de esta nueva Erica.

Hay un hombre a su lado que es un compañero, que la empuja a que reflexione, a que ejecute y ella habla de él con admiración y con amor.

«Hoy estoy con mi compañero, un hombre que conocí hace más de tres años, formado desde donde lo mires» dice enamorada. «Martín, es músico profesional, en San Luis estudió docencia y trabaja en discapacidad. En el Centro de día que está actual-mente, creó una orquesta con sus alumnos que llamó, Payamúsiques, y en un solo año de armado, culminaron diciembre con la venta del CD que viene en una cajita origami, hecha por los mismos chicos. Las familias de los chicos están emocionados por la alegría de sus hijos»cuenta con orgullo y agrega: «Yo sé que la música es magia pura pero también que pesa mucho la forma en que él se involucra»

Erica nos dice que Martín es un hombre en deconstrucción, que habla de feminismo hace años, milita desde muy chico y que trabajar con estos niños lo hace una persona con la mirada totalmente diferente para la vida. Una mirada que quiere adoptar y que de resultado tanto para lo que está en el mañana como para rever situaciones del ayer. A partir de ésta óptica, pudo descubrir en su historia de mujer, haberse cruzado antes con personas que le dejaron grandes mensajes, como aquella profesora de contabilidad del secundario, su director, un preceptor que era un tipo de persona como éste, que hoy la acompaña pero que en ese momento no pudo verlos.

Y metidas de lleno en el tema de la de-construcción nos animamos a cuestionarnos casi todo.

En ese proceso Erica asegura que «No hay forma de partir que no sea en forma individual, es como eslabones, que después, juntos forman la cadena que sería la comunidad unida»

En la fuerza de la lucha por que las mira-das de otras mujeres y otros hombres se abran, Erica pone también como maestra a su propia hija, a quien le dice feliz, que cualquier primer cuestionamiento propio, parte de todo lo que le enseña con sus 22 años y si bien coincidimos, en el gran protagonismo de estas generaciones nuevas de mujeres, ella rescata la ternura que le provoca ver a una señora grande con pañuelo verde. «Verla me recuerda que esta lucha empezó hace décadas y décadas, pero lo que más me gusta de ver a una mujer grande con su pañuelo, es que le responde al no descontruido, que el pañuelo verde, No es moda»

Un tema le sigue a otro y concluye que la edad, está en un proceso de desaparecer. Que ser joven o no serlo, va a dejar de existir. «En las marchas todas estamos iguala-das. En reuniones de charlas y militancia, es fortalecedor ver a alguien de 80 años escuchando sin subestimar, lo que le dice alguien de 20 por ejemplo; y si sólo escuchás la charla sin mirarles, advertís rápidamente que no hay edad»

Y redondea la idea,

«Hay que atribuirle a la juventud, todo lo que está pasando con respecto a la organización. Saben del manejo de las redes y la nueva tecnología para organizase y así unieron al feminismo de todo el país. Que creo es, lo que faltaba para visibilizar la lucha de siempre, la que siempre quisieron ocultar. Llenan de fuerza y de alegría hermosamente, ¡claro que sí! Y lo más respetable de ésta juventud, es que no se dejaron alienar. Siento que ellas han tenido la capacidad de unificar las edades, hacen sentir que todas tenemos 80 y la lucha se siente ancestral o todas tenemos 20 y renuevan las ganas festejar esa misma Lucha que nos hace llorar. ¡Qué genias que son… Qué genies!» dice entusiasmada.

 

DE PREPARAR UN PEQUEÑO PASTÓN A HACER UNA TESIS SOBRE MÚSICA

La Universidad de Tres de Febrero tiene este año una alumna de lujo en su carrera de Licenciatura en Música Autóctona, Contemporánea y Popular de Latinoamérica y como todo tiene que ver con todo no es casual que éste sea el momento de estudiar.

En un plan para mayores de 25 años Erica escucha con sus otros cinco compañeros la consigna del primer día. Son dos preguntas aparentemente simples

1) ¿Por qué no estudiaron antes?

2) ¿Qué esperan de la Facultad?

En el afán de sincerarse consigo misma, sacarse miedos y profundizar en sus deseos, Erica también aprendió a escasear las palabras en algunas oportunidades. Las respuestas fueron cortas pero francas: «No la vi» y «Ser feliz»

Podría haber dicho que fue madre joven, que no que no tenía tiempo, los apremios económicos, pero la deconstrucción fue más fuerte y contestó sin dudarlo.

«Usaba excusas, ya con eso no peleo, estoy contenta y amigada» dice feliz.

 

UN PRESENTE DIFÍCIL

Realizar los trabajos que realiza Erica tiene sus riesgos. Hace un tiempo se lastimó una mano con una amoladora y estuvo tres meses sin trabajar. Quien no tiene problemas de dinero podría estar hablando de unos meses sabáticos hasta placenteros, pero la condición económica de su familia totalmente agravada con las políticas actuales, hicieron que ese hecho, sumado a que, éstas mismas políticas dejaron a su hija sin la beca de estudios, fuera catastrófico.

Erica tuvo que abandonar el departamento que alquilaban con Martín y mudarse a este cuarto donde estamos charlando.

«Todo esto tiene que ver con un gobierno que nos está aplastando» resume.

En medio de esa oscuridad, de esta crisis alimentaria que no menciona el gobierno ni los medios, la familia encontró la posibilidad de recibir bolsones de comida que la Municipalidad de Hurlingham les ofrece, compartiéndola entre un grupo de diez familias.

«Eso ayuda y saber moverse en situaciones límites, también. Mi hija con la polenta hace una torta riquísima» me cuenta. Pero enseguida aparece la mirada al costado, la situación del otro que le duele como propia. «¿Y el que no tiene acceso a estas recetas? Polenta en diciembre, caliente? Atacan por todos lados».

«Claro que existe el respeto por al otro, pero los pies los tengo en la tierra y me doy cuenta que hay un montón de cosas que no se van a poder hacer mientras la sociedad siga indiferente y todo tiene que ver con un gobierno que nos está aplastando» insiste.

Y ahí es donde aparece la fortaleza de esta mujer, relatando lo que más la angustia, un hijo adolescente a veces triste, ver a su hija universitaria vendiendo en el tren San Martín, a su joven marido trabajando 12 horas continuas en una peluquería, llegando a su casa con las manos doloridas, a Martín sosteniendo su trabajo con toda la fuerza que lleva, involucrarse con sus alumnos. Y la fortaleza está en ese vínculo, una familia cuyos integrantes se sostienen unos a otros, íntegros, no van a dejar de dar pelea nunca.

 

LA RESISTENCIA DE LA «MILANGA» Y LOS SALTOS DE MOLINETE

«El otro día en capital, salía de un trabajo con los últimos 500 pesos que me quedaban», me cuenta y aparece así, como sin querer otra anécdota de esas que ella dice al pasar y que hablan de una persona que no parece darse cuenta que son los actos pequeños de amor que protagoniza cada día los que transforman a esta guaraní en una mujer inmensa con la dignidad como bandera.

«Había dos chicos acostados frente a un supermercado, uno dormía»

Cuando se acercó sus miradas se encontraron y ella le sonrió y a modo de saludo le dijo «¿Buen día… qué hora para dormir?» como si fuera un reto cariñoso

Eran las dos de la tarde y la charla siguió casual, en tono bajo porque el hermano seguía durmiendo, con respeto, de igual a igual, para no incomodar, con una pregunta cuasi maternal de Erica «¿Recién abrís los ojos? ¿Qué hiciste toda la noche?»

«Nada, caminé»– le respondió este chico, cuyo nombre no conocía pero que tenía la edad aproximada de su hijo. Y otra vez el instinto de madre «¿Tenés que desayunar todavía?»

«Sí, ahora cuando mi hermano se despierte, pido» – le contestó.

El desenlace fue el clásico de una buena película.

Volvió con pan, mayonesa y unas milanesas «¿Qué les iba a comprar? ¿bizcochitos?» me dice y agrega indignada: «En el supermercado de ahí nomás me mataron y obvio que salte todos los molinetes para volver a casa… qué me vengan a decir algo, si lo hacían les contestaba, andá a Marcelo T de Alvear y Jujuy» responde empoderada.

Promediando este momento de la charla yo que amo el cine no podía dejar de imaginarme a Erica dibujada como una superheroina de un cómic, armada con «sanguches de milanesa» y levitando entre los molinetes acabando con el hambre del mundo. Pero no, estaba ahí enfrente de mí y seguía entusiasmada tratando de definirme académicamente lo que era la resistencia cuando en realidad su relato era la síntesis perfecta vívida de lo que me quería explicar con términos.

«En este contexto la palabra resistencia se resignifica, esto de no perder la alegría que uno le encuentra un nuevo significado, porque no es tapar el sol con la mano y resistencia no es aguantar. En el camino de la resistencia está buscar la salida sin desesperarte y hablarlo. La forma de resistir es hablarlo, escucharnos. Hoy sin duda la resistencia pasa por la charla con el otro. Hay gente que ve lo que dice la tele y le cree. ¿Y por qué no iba a creerle, por qué tienen que entender todo? Entonces ahí tiene que aparecer la charla» me dice.

Y los motivos para resistir tienen como combustible instantes de alegría, el agradecimiento de un cliente que llama para decir que la obra quedó perfecta, la invitación a la mesa familiar y el poder saber y entender que la risa y la tristeza muchas veces van de la mano.

«Resistir es algo así como vivir en este lugar» me dice y agrega «Lo hacemos habitable nosotros, las bachas no se pueden usar, a veces se inunda pero no le doy chance a todas esas cosas, se limpia, abrazo a Martin, ayudo a repartir los bolsones de la Municipalidad y trato de comprar algún sándwich de milanesa, y lamento profundamente no poder comprar más pero hacer eso para mí hoy, es sanador»

 

Termina la «entrevista» porque Erica se tiene que ir a la Facultad con la emoción de una adolescente.

Me siento culpable por haberle robado más tiempo de lo que podía y la llevo hasta la estación. La realidad es que no quiero abandonar la charla. Y seguimos hablando de sucesos de la infancia y de la adolescencia, tremendos, como si nos conociéramos de hace años. Se abre generosa. Le pregunto. Me importa. Le aconsejo que haga como dice su compañero, «Que tome mate con sus monstruos», me dice que apenas si llega a poner la pava, nos reímos, que no tiene la intención, que le está dando pelea a ellos.  La respeto. Le cuento una historia familiar triste. Me escucha. Nos comprendemos. Y ahí aparece, como una red que contiene pero no atrapa, como un abrazo, como un tul que acaricia, como una brisa que alivia, la sororidad a pleno. Y nos despedimos con besos y seguras de que vamos a seguir en contacto.

Saco la cabeza por la ventanilla y los rulos rebeldes me tapan la visión. Siento la campanilla de la barrera que baja, por suerte llegó a tiempo. Ella corre por el andén también con los pelos al viento. Libres y seguras de que cada una tiene un rol difícil pero apasionante y me quedo con la satisfacción de sentirme hermanada con una mujer que tiene la fuerza de la sangre indígena en sus venas y el poder para ser parte de una revolución que se está gestando y que va a cambiar el rumbo de todas las mujeres.

 

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