Janis Upenieks: El letón que todo lo convertía en arte

Por Rody Rodríguez.

En marzo de este año se cumplieron 15 años del fallecimiento de Janis Upenieks, personaje al que es difícil de catalogar en una sola actividad. Janis fue relojero, fotógrafo, diseñador gráfico, artesano, dibujante, imprentero y periodista, entre otras cosas. Semblanza de un letón radicado en Hurlingham, uno de los locos más queribles de la ciudad.

Janis Upenieks Feders, o el Loco Janis, fue básicamente un artista. Cuando falleció en marzo del 2004, el periodista Gustavo Mayares se despidió del amigo definiéndolo en la tapa de El Ciudadano como un tipo «encantador por su inteligencia, su enorme cultura, por su cosmopolitismo ganado a fuerza de recorrer el mundo, su ansia de conocimiento sobre todas las cosas desde la matemática a la biología, pasando por todas las disciplinas científicas y artísticas que ha sabido desarrollar la especie humana»

Janis nació en Letonia, a principios de la década del ’40. En una nota publicada en El Ciudadano en el año 2001, Janis comentó: «Mis primeros recuerdos datan de los tres años y se componen de fracciones de mi casa paterna y parte del camino a casa de mi abuela. Luego siguen los recuerdos de nuestro viaje a través de Europa escapado del avance de las tropas soviéticas, las peripecias de nuestro tren acribillado por aviones, las grandes ciudades destruidas y luego, borrando todo, la tranquilidad de un pequeño pueblo de montaña en Tirol. (…) Cursé allí la primaría mientras se sucedían las diferentes ocupaciones militares en la zona; recuerdo a los franceses que vivían haciendo barullo entrados en copas y a los norteamericanos regalando todo lo que sobraba o no les hacía falta; desde ropa hasta sus raciones de combate que eran traídas regularmente, una vez por mes, en gigantescos camiones».

Resultaban imborrables sus trágicos primeros años en Austria y en Alemania, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Hasta que vino a la Argentina en 1949. Cuando llegó al país, permaneció algunos meses en el viejo Hotel de Inmigrantes. Durante su estadía allí se ganó unas propinas guiando a la gente extranjera dentro del predio, aprovechando que hablaba tres idiomas, pese a su corta edad. Luego se radicó por un tiempo en Lomas de Zamora, para llegar meses después, en 1951 a Hurlingham, el lugar donde se instalaría definitivamente.

Estudió en Buenos Aires, hizo cuatro años de arquitectura y paralelamente estudiaba en la Academia de Bellas Artes. Allí conoció a Aída Carballo, grabadora, dibujante, pintora surrealista, ilustradora, ceramista, especialista en grabado. Con ella desarrolló el grabado en «aguafuerte» sobre aluminio, evitando el zinc o el cobre. Además de estudiar, trabajaba y cultivó su costumbre de noctámbulo.

Editó en esa época la primera revista literaria de Hurlingham, Planteo, con corresponsales en Chile, Perú y Uruguay entre otros países.

En los años ‘70 tuvo una disquería en la Galería Parisi sobre la calle Ricchieri, también abrió la primera sala de arte en Hurlingham, la Micro-galería Dalí, ubicada en la galería de Rubén Darío en la que expusieron una treintena de artistas, entre ellos Raúl Soldi y Ricardo Carpani.

En los primeros años de la década del ‘80 formó parte del periódico Nuestra Ciudad (que dirigían Eduardo Miño y Osvaldo Grosso) y posteriormente diagramó el periódico Prensa de la Ciudad (dirigidos por Grosso y Rody Rodríguez).

Janis formó su familia, se casó, tuvo hijos y se especializó en diseño publicitario y fotografía técnica y científica, trabajando para algunas empresas de nivel nacional, como Cosmética Ponds y Osvaldo Rigamoti que producía la línea Fuyí, fue el creador de varios logotipos de grandes empresas. También colaboraba con muchas firmas locales, comercios e industrias de Hurlingham a las que les creaba un logo que después donaba. En su casa de la calle Ricchieri y Salazar, instaló una pequeña imprenta donde sólo se imprimía lo que él creaba y realizaba los modelos corpóreos de los envases diseñados.

Cuando Hurlingham se convirtió en Municipio, imprimió y regaló tarjetas personales para muchos de los nuevos funcionarios y creó algunos folletos que tenían su inigualable sello de artista. Fue el modo de homenajear la autonomía municipal.

Con la llegada del nuevo siglo, en medio de una crisis económica tremenda, muchas de las empresas que Janis atendía gráfica y publicitariamente empezaron a desaparecer. Hasta para definir la crisis del momento Janis era creativo, y cuando se le preguntaba como andaba el laburo en la imprenta decía: «Languidecen las máquinas en un sueño quizás no recuperable».

Pero esas máquinas las usó para imprimir su última creación, el mensuario Cronista de Hurlingham, que estaba destinado a la gente «que sabe leer y le interesa la información general y cultural del pueblo» según sus propias palabras.

Cuando el Loco Janis falleció hace 15 años, Hurlingham perdió a uno de sus personajes más queribles. Sus amigos no solo no lo pudieron ver más en sus caminatas nocturnas, ni escuchar sus historias, sino que también perdieron la tradición de recibir cada fin de año una tarjeta de lujo con buenos deseos y un amuleto: un ejemplar de su prodigioso trébol de cuatro hojas, una planta magnífica que Janis tenía en el jardín de su casa.

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