Javier Avalos: «Me condenaron a la ausencia perpetua de mi hijo Iago»

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Por RAUL A. CORIA

Entrevista a Javier, el papá de Iago Avalos, el pibe de 17 años asesinado por el comisario de la Federal, José Buscarolo.

Javier Rolando Avalos, es el padre de Iago, el joven de 17 años que hace unas semanas murió de un tiro en la espalda, disparado por un oficial de la Policía Federal. Javier habla del dolor comprensible por la muerte de su hijo, más la angustia de soportar la estigmatización de Iago, que pagó con su vida una travesura. «Que metan a todos en la misma bolsa es injusto, mi hijo cometió una travesura, pero los que lo conocen saben bien que es un chico trabajador, buena gente» dice Javier que, sin embargo, entiende a mucha gente que acusa sin saber, que descalifica sin conocer detalles: «Hay mucha gente que ha escrito cosas muy feas de mi hijo, pero se que la gente está enojada por las cosas que pasan, hay pibitos que salen a robar con armas, matan y lastiman o ven a una viejita y la tiran al suelo para robarle, entonces meten a todos en la misma bolsa, y eso es muy peligroso, eso se nos vuelve en contra y porque nuestro pibes son muy importantes, todos, incluso al chico que delinque porque tiene todavía una posibilidad, y hay que dársela, o sea, no porque haya hecho algo malo hay que matarlo. Mi hijo no era un delincuente, no era esa la línea de vida de mi hijo, nada que ver, pero hablo de los chicos que se equivocan, hay que darles la oportunidad, hay que buscar la forma de que se den cuenta de que el camino es otro y si lo matás no les podés mostrar nada nuevo. Mira, sé que a Buscarolo (el oficial que mató a Iago) le pueden dar cadena perpetua, pero a mí me ya me condenó a la ausencia perpetua de Iago».

Para Javier no hay dudas que el hurto de las tasas que terminó en tragedia fue una «travesura de chico, sin duda, travesura de un chico de 17 años. Yo a esa edad por ejemplo entré a un campo a ordeñar una vaca para llevarme la leche, y entretuve a unos perros para poder sacar la fruta de una granada, era otra época, porqué si te descubrían y te agarraba el dueño de la quinta, te daba unos palazos y ni siquiera le decías a tu papá porque si no encima de seguro también te pegaba. Pero ahora es distinto y te digo que si a este tipo (por Buscarolo) le sacabas dos mandarinas da la planta, reaccionaba a los tiros igual».

A la hora de reseñar como fueron los hechos, Javier comenta que «los chicos habían ido a ver unos amortiguadores y cuando volvían vieron las tasas y tuvieron la mala idea de llevárselas. Tasas que si las hubiese necesitado me las pedía a mí y se las compraba, o se las compraba el mismo, porque él tenía su plata».

Javier tomó como rutina mirar el Facebook de Iago y allí descubre y confirma con el pasar de los días que clase de pibe era su hijo. «Lo mío hoy es levantarme, entrar en facebook y ver las historias que escribe la misma gente que me encuentra en la calle y me habla de Iago».

Las historias de las que habla Javier son historias de solidaridad, de compañerismo. Son historias en las que Iago aparece ayudando al prójimo, aunque sea un desconocido. Esas historias son muy diferentes a las que a veces se quiere imponer, descalificando a los adolescentes.

«Esas cosas me duelen un montón, aunque yo se que clase de hijo tengo. Él es el más chico y si averiguás como son los chicos de por acá te van a decir que son chicos laburadores, queribles, buena gente, y es feo que se los ensucie así nomás sin conocerlos. Mi hijo no tenía antecedentes, nunca jamás entró a ninguna comisaría».

Iago estudiaba en el colegio Esteban Echeverría, y trabajaba reparando motos en su casa. Por eso Javier cada vez que escucha una bocina de moto piensa que es para Iago. «Ahí buscan a Iago, alguien lo viene a ver» dice Javier que repite cada vez que escucha una bocina. «Esto es algo que nos va a pasar mucho tiempo seguro» se resigna mientras recuerda más historias:

«Hace unos tres meses hicimos una casa en un primer piso y laburamos los dos solos, o sea él me hizo de peón, porque él te conecta un aire o lo que sea. Me acuerdo que cuando recién aparecieron los motores para bicicleta era él un precursor, tenía recién diez años y se compró uno de esos motorcitos y se lo puso a su bicicleta, de hecho una vez venía en el coche con mi madre por Bustamante y cuando lo vio a Iago andando en esa bicicleta, dice: mirá a esa chico tan chiquito andando en eso, y era su nieto, era Iago. Siempre fue fierrero, le gustaba mucho las motos. En el barrio lo conocían muy bien, si sabía que acá a la vuelta había alguien que no le andaba la camioneta él iba y lo ayudaba, él era así. En casa si tenía que sacar un tornillo mío para solucionarle algo a otro lo hacía y listo, era así. Sé que algún día la gente lo va a terminar de conocer».

No hay odio en el relato de Javier, pero claro, quiere que se haga justicia y que el crimen no quede impune: «me gustaría sentarme a hablar con él (Buscarolo), y tratar de que conozca bien lo que era mi hijo, de esa forma lastimarlo, para que sepa a qué clase de pibe mató, y que eso le duela».

Iago fondo transparente

UN TIRO POR LA ESPALDA A UN CHICO DESARMADO

El pasado viernes 12 de mayo, Iago Ávalos de 17 años fue asesinado por el subcomisario de la Policía Federal José Perez Buscarolo de 46 años. Avalos junto a otro joven habían hurtado las tazas de las ruedas de un auto que pertenecía al subcomisario. Buscarolo llegó a ver que le robaban y tomó su arma reglamentaria y persiguió a los jóvenes que conducían un Renault Sandero. Diez cuadras después, en la esquina de Cura Navarro y Republica de Siria en Villa Tesei, Buscarolo efectuó varios disparos a quemarropa de los cuales uno, según determinaron las pericias realizadas por Gendarmeria Nacional, entró por la ventana trasera del auto y acabó con la vida de Iago, quien se encontraba en el asiento del acompañante. Los chicos no estaban armados.

El subcomisario Buscarolo fue indagado por los fiscales María Silvana Bonini y Sergio Di Leo, de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) 6 de Morón, y luego se solicitó su detención formal por el delito de «homicidio agravado por su condición de miembro de una fuerza de seguridad y uso de arma de fuego», que tiene una pena de prisión perpetua. En su intento de defensa, el policía dijo que le disparó porque creyó que el joven le estaba apuntando con un arma.

Tras los disparos, Nicolás, el amigo de Iago que estaba al volante frenó el auto y le devolvió las tazas de las ruedas. Nicolás, luego de 12 horas detenido, quedó en libertad al comprobarse que no portaba armas y no poseía antecedentes penales dado que la clasificación del delito que se lo acusa es «hurto tentado con participación de un menor».

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