Samanta Schweblin: “Mi mundo literario sigue siendo el de Hurlingham”

NOTA 3 FOTO SAMANTA Schweblin
Por Luciana Souza de Agencia Paco Urondo ||

A pocos días de la presentación en la Argentina de su último libro de cuentos, Siete casas vacías, la multipremiada escritora Samanta Schweblin se refirió a la narrativa argentina actual, los modos de construcción del relato y su preferencia por el cuento, género que domina con destreza y por el que es reconocida como una de las mejores plumas de su generación.

-Algunos críticos te definen como continuadora de la tradición del género fantástico argentino, en la que se inscriben nombres como el de Borges y Bioy Casares, aunque en entrevistas anteriores mencionaste que no es tu objeto el fantástico ¿cómo considerás el verosímil?

-Trazo una línea entre lo imposible de suceder, que sería el fantástico más puro, y lo que sí es posible de suceder -pero difícilmente sucede, o nunca vimos suceder, o ignoramos por desconocimiento-. Todo esto último pertenece al mundo de lo real, aunque a veces nos sintamos más seguros negándolo o ignorándolo. Ese es el mundo que a mí me interesa narrar y, tal como lo sugerís en tu pregunta, el mundo en el que el verosímil, la sensación de que lo que se lee está sujeto a una verdad posible de suceder, es clave.

-Perteneces a una generación de post dictadura, que además atravesó fuertes procesos sociales y políticos, como la crisis de 2001. ¿De qué manera eso se manifiesta en los textos? ¿Qué inquietudes, temas o herramientas encontrás en común entre los escritores de la narrativa argentina contemporánea?

-No son temas de los que hable adrede. Pero supongo que de todas formas algo de esos climas puede deducirse, incluso cuando se trabaja en el género fantástico. Me acuerdo cuando algunos lectores asociaron el caso Cromañón con el cuento «Bajo tierra», cuando no había ningún punto intencional de conexión. A veces son cosas que se conectan por fuera de los textos. Como toda generación tenemos un abanico muy abierto sobre cómo atravesar estos temas.

-Tus cuentos se caracterizan por un estilo inquietante, poético, fundamentalmente definidos por una velocidad que sostiene la tensión de principio a fin. ¿Cuánto de esto le atribuís a tu formación en cine?

-Algo habrá tenido que ver, pero creo que se trata sobre todo de una búsqueda personal. De un ritmo, de una tensión que ahora exigen casi todas las maquinarias narrativas, se trate del cine, la música, el teatro o la literatura. La formación en el cine estuvo bien, pero por otras razones, porque la otra alternativa hubiera sido estudiar literatura, y en la Universidad de Buenos Aires todavía es una carrera muy académica, teórica -y ojo, no está mal que así sea, no es eso lo que critico-, sino que es un entorno que poco tiene que ver con el lado pragmático de cómo se cuenta una historia, y en cambio la carrera de cine sí tiene mucho para enseñar al respecto.

-En relación a los temas y los climas, hay un trabajo muy marcado con la familia, las pequeñas comunidades, los paisajes más asociados a Latinoamérica. ¿Qué te interesa de estos ambientes?

-Bueno, son mis ambientes, ese es mi mundo. ¿Por qué escribiría sobre otros? A pesar de que hace ya casi cuatro años que estoy viviendo afuera mi mundo literario sigue siendo el de Buenos Aires. Y no el Buenos Aires de capital, sino el de provincia, el de Hurlingham y el de Palomar, donde pasé la mayor parte de mi infancia y mi adolescencia. Donde todavía se podía pasar de jardín a jardín porque los fondos no estaban cercados, y había pasto en la vereda. Respecto a la familia, creo que es uno de los grandes temas de este último libro, de Siete casas vacías. Las relaciones inter familiares. Mary Karr tiene una frase genial sobre esto: «Una familia disfuncional es una familia con más de una persona». Si no hay literatura ahí…

-Tu primera novela, Distancia de rescate, aborda una discusión muy sensible, como es el uso de agrotóxicos en la producción agrícola. ¿Por qué elegiste el tema? ¿Cómo fue el proceso para construir lo “monstruoso”?

-Necesitaba que Amanda y Nina tuvieran un tipo de accidente bastante específico -por cuestiones que prefiero no adelantar-, y hay pocos accidentes que vinieran tan como anillo al dedo para eso como los que pueden ocurrir con los herbicidas a base de glifosato, que son estos agrotóxicos tan peligrosos. Además es un tema que tengo muy presente como argentina, creo que es terrible lo que está pasando en el campo argentino. Es curioso justamente cómo todo lo monstruoso que se cuenta en el libro (los cientos de abortos espontáneos, las muertes súbitas de animales, las deformaciones en los chicos y los bebés), se asocia a veces con un costado fantástico de la historia, cuando en realidad es lo que está actualmente pasando en el campo, es la realidad que rodea este sistema de producción agrícola.

-Apostás al género del cuento mientras que el mercado editorial mundial promueve la publicación de novelas extensas, y lo hacés con reconocimientos y traducciones en varios países ¿a qué atribuís esto?

-No es una apuesta heroica ni militante. Simplemente escribo cuentos porque es un género que me atrapa y me alucina más que ningún otro, como lectora y como escritora. No entiendo que pasa con los grandes monstruos del mercado editorial, creo que simplemente están demasiado grandes y pesados para reaccionar a las nuevas tendencias. Se lee mucha mala literatura, es verdad. Pero también hay cada vez más editoriales independientes de calidad, y si hacemos el ejercicio de revisar las novelas que están publicando las nuevas generaciones sorprende ver cómo más de la mitad de ellas no pasan las 150 páginas (Alejandro Zambra, Selva Almada, Nona Fernández, Yuri Herrera, Valeria Luiseli, Mariana Enríquez, Ricardo Romero, por solo nombrar algunos), mucho más cerca del cuento largo que de las novelas cortas. Creo que es un momento interesante para las formas breves.

Recuerdos de viajes desde Hurlingham “al centro”

Samanta Schweblin recordó en una entrevista al portal de noticias Infobae, como se inició su vínculo con la literatura y rememoró sus tiempos en Hurlingham donde se pasó su infancia y juventud.

Samanta contó que la biblioteca de sus padres fue su primer acercamiento a la literatura.

“Era una biblioteca que me permitió leer desde muy muy chiquita porque mis papás tenían un jardín de infantes y mi mamá era maestra jardinera, y había una cantidad de bibliografía para chicos enorme. Nadaba en libros para chicos que además no eran míos, entonces tenía una fascinación porque quizás eran libros que venían uno o dos días y después volvían a la biblioteca del Jardín de Infantes. A los 11 o 12 empezó la incursión a la biblioteca de los adultos, que tenía muchos autores del boom, muchos clásicos como Dostoievski o Kafka. Vivía en Hurlingham y era muy lindo viajar al centro para comprar libros en las mesas de saldos de Corrientes con mis primeros dineritos. Además los libros que eran baratos, los que me podía comprar, eran los bodoques, los ladrillos de las colecciones de clásicos. Después, el descubrimiento de algunos autores que me alucinaron, como Cortázar o Boris Vian, que descubrí en la biblioteca de una amiga”.

Samanta Schweblin destacó su tiempo de lectura durante el viaje de Hurlingham “al centro”. “Leía muchísimo en el tren. Típico de la gente que vive en provincia y va a estudiar a Capital y que tiene una hora y media o dos de ida y lo mismo de vuelta. Tenía todo un sistema que me permitía bajar del colectivo leyendo y sacar el boleto del tren sin bajar la mirada, porque todo ese tramo del colectivo al tren, que eran como quince minutos, me parecía una pérdida de tiempo enorme. Había sacado la cuenta y a lo largo del mes eran como ocho libros que podía leerme sino bajaba la vista en ningún momento”.

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