Gabriel «Tito» Bellante: formador de deportistas en el Defensores y símbolo de fraternidad


El domingo 11 de marzo se descubrió en el gimnasio del Club Defensores de Hurlingham, una placa con el nombre de Gabriel Tito Bellante, personaje fundamental en la historia de ese club. En el emotivo acto, lleno de amigos, familiares y varias generaciones de defensoristas que lo tuvieron como entrenador, hablaron el presidente de la institución, Jorge Reymundi, Daniel Medina, Pablo Cuello y Enrique Mujica autor de este texto en homenaje a Tito que reproducimos en aquí.

Por Enrique Octavio Mujica.

La «naranja», la «amistad», las convicciones para hacer el bien, una pelota de tenis, el amor y la fraternidad, fueron algunos de los distintos leños que alimentaron el fuego interno que animó la vida de Gabriel Bellante; el Tito o Pelado que conocimos todos.
La sumatoria de todos esos pilares que lo sustentaron en su vida y en su proceder, fue lo que de alguna u otra manera nos marcó a todos; nos formó.
El dato puro dice que nació el 28 de septiembre de 1936; que se crió en Hurlingham y de pibe de entre todos los deportes posibles, se enamoró del básquet. Y en el Hurlingham de su juventud, había un par de clubes que tenían básquet, un deporte que se popularizó rápidamente por su característica: un playón, dos aros y jugar. Era la época donde no había gimnasios, ni mucho menos piso parquet.
Según me comentaron sus compañeros, tanto en el Defensores como del Independiente de Hurlingham, Tito tenía garra. No le esquivaba al desafío. «Corajudo», me dijo uno de los consultados.
Ya para ese entonces peleaba con el problema de su rodilla. Algunos recuerdan que en mitad de un partido, la rodilla le jugaba una mala pasada, entonces Tito pedía cambio por un instante, se hacía a un lado de la cancha y se auto acomodaba la rodilla, y a seguir.
Si uno busca el cuil en el google, aparece que Tito fue empleado o trabajador metalúrgico. Seguramente lo fue, pero también trabajó manejando camiones; tuvo un almacén donde la actual Av Jauretche hace la curva (en Rubén Darío) para fundirse con la Avenida Roca, y repartía los pedidos en una bicicleta que tenía un cajón de mimbre en la parte de adelante. Algo típico para ese barrio de Hurlingham pintoresco, con casas de ingleses, de italianos y españoles que vinieron a buscar un futuro mejor, las quintas más alejadas a la estación y la Good Year que regía la vida social y laboral de la ciudad.
Debieron pasar varios años para que se consolidara como «intendente» del Defensores, y con el correr del tiempo portar ese llavero con todas las llaves del club. Era como un San Pedro, pero con las llaves de un pequeño reino.
Gabriel Bellante fue corpulento; tirando a robusto. También fue pelado desde chico. Supo ponerse cuanto ungüento haya dado vuelta por sus manos para recuperar cabellera. Pero viendo la poca efectividad, optó por llevar con dignidad su calvicie.
En las charlas que supimos cosechar nos enteramos que eligió la soltería por un amor no correspondido, pero eso no le impidió desarrollar el amor de un papá con cada uno de los chicos y chicas que entrenó. Y eso fue posible a través de ese enamoramiento o de la unión con el básquet.
Podríamos escribir miles de páginas describiendo como fue como entrenador para los chicos y chicas que lo tuvimos. Pero si podemos decir que a principios de los años ’70, Tito entrenaba a las categorías inferiores en el Independiente, cuando ya no le dieron esa responsabilidad se trasladó para el club de la Calle Cavour (hoy Delfor Díaz) y se convirtió en entrenador y también se desarrolló como intendente del Defe. La combinación de ambos sueldos hizo que creciera un trabajo casi «full time» como diríamos hoy, pero yo optaría por decir que fue el germen de esa fusión indivisible que fue el Defensores ligado al nombre de Tito y viceversa.
Y así fue que el Pela fue rey en todas las extensiones del club. Desde temprano a la mañana hasta el mediodía o media tarde en todo el club, como intendente. Y ese trabajo requería un espacio de labor: La oficina debajo del tanque de agua. Espacio pequeño si lo es, pero que llegó a albergar hasta doce pibes o más, en esas tardes in-terminables de cartas, risas, mateadas (muchos tomaron su primer mate ahí) y en los últimos años: de suculentos «giacomo capeletinis» con rodajitas de chorizo parrillero o salsa bolognesa, cocinados en una olla Essen en el eterno anafe a garrafa. Un manjar de reyes, que nunca más volvimos a probar.
La «cueva» del pelado (su oficina) no tenía nada de especial. Pero todos los pibes subíamos. Era el lugar de la complicidad, de amistad, de fraternidad que empezaba en el gimnasio y continuaba en el cuartito. El de confesar qué piba te gustaba o cualquier otra cosa. Y ahí el pelado hablaba, preguntaba, acompañaba. También veíamos incrédulos a ese Tito que en su silla empezaba a cabecear hasta quedarse dormido fruto de una profunda modorra después de cenar o almorzar. Entre risitas y miradas cómplices nos costaba entender que el gigante, en el amplio sentido de la palabra, también era un humano.
En ese cuartito había otras cosas que hacían a la personalidad de Tito. Estaban los cuadernos Arte escritos con cosas bien diferentes. En uno hacía la memoria de todas las tareas que desarrollaba como intendente en el club; en el otro, un fino y detallado memorandun de los números que salían en la quiniela. Recortaba la página de la quiniela del Diario Popular y los pegaba con cola. Que el pelado leyera Diario Popular, para mí, era una rareza en ese mundo de clase media donde por lo general Clarín batía records. Sin computadoras en ese entonces, hacía un análisis de los números más salideros o aquellos que se rehusaban a salir pero que había que estar atento porque «tiene que salir», como decía confiado y convencido. Y si la buena suerte lo premiaba con el dinero de la quiniela, el Pela invertía en un equipo de gimnasia o mejoraba la bicicleta. En ese cuarto vi también revistas de técnicas de básquet y además, estaba el Qué pasa, el periódico del Partido Comunista. A veces mechaba comentarios políticos, pero no era lo más frecuente. Tito era comunista y además un ferviente creyente en Dios. Siempre se solía ver una cadenita colgada de su cuello con una cruz. Un ejemplo más de las contradicciones que puede haber en las culturas latinas. Abrazó las ideas del comunismo desde joven, y creo que esa austeridad, esa firmeza en algunas convicciones y principios de vida, radicaban en esa adhesión ideológica.
Tal vez algunos podrán coincidir o no, pero con el tiempo elaboré una certeza del «Tito entrenador». Era una vanguardia en la zona. Era un trabajador meticuloso de la técnica. De la repetición hasta el cansancio para que cada jugador tuviera en su memoria la jugada pre establecida. Era un híper competitivo y profesional pese a no tener todas las herramientas adecuadas. Esa meticulosidad y obsesión hizo que las inferiores del Defensores jugaran siempre en la «A» y estuviera del medio de la tabla para arriba. Y esas enseñanzas fueron fruto de esas esas revistas de básquet, las cuales en su mayoría eran revistas de técnicas de jugadas y de formación del jugador. Por lo que recuerdo, estaban inspiradas en el basquetbol norteamericano.
Después, desde las cinco de la tarde en adelante, el buzo y el silbato colgado marcaban el tiempo del entrenador. Desde pre mini hasta cadetes o juveniles. El «Tito entrenador» no era el amigo con el que tomábamos mate en el cuartito. Tenía autoridad; gritaba y carajeaba como no lo vi hacer a nadie. En un entretiempo te podía recordar en diez segundos a tu madre, la de Dios, la de la madrina y la de la lora también. Todo esto por-que no marcabas bien o estabas despistado. Eran otras épocas, y hoy con esas palabras y los «papis» actuales, no hubiese durado ni tres meses en el puesto. Nosotros, lejos de odiarlo, cada día lo queríamos más. Cada reto o indicación, era la necesidad de superarse. De cada entretiempo salías cargado de nuevas pilas.
Hace un tiempo había una propaganda en la tele que recordaba que los papás de antes educaban con la vista. Y algo de esa cultura había en el «Tito entrenador». Cuando pedía que no se picara la pelota, la orden era marcial. Y siempre estaba el rebelde o el tarambana que se-guía. Al instante daba la sugerencia: «la pelota» y la mirada fulminante caía como rayo sobre el desprevenido o pavo-te. Todo eso era suficiente para no repetir la torpeza en los entrenamientos posteriores.
También habrá que recordar y destacar eso que lo hacía distinto a Tito: nos saludaba con un beso y hasta con un abrazo. Eso es algo que fui comprendiendo con el tiempo; y que me hizo entender porque uno podía pasar una tarde tomando mate en ese cuartito y pedirle una pelota para tirar al aro. Ese programa en mi adolescencia, en un día de rateada al colegio, era un combo perfecto.
Otro de los puntos que siempre se destacaba en él era como venía a los partidos. Impresionaba que siempre fuera bien afeitado, las zapatillas Adidas o Puma nuevas y el equipo de gimnasia que estrenaba cada año. Era un dandy; un comprometido con el básquet hasta con las formas del vestir.
Después de dos décadas, a fines del ’85 para ser precisos, le pidieron que diera un paso al costado, porque se «buscaba un básquet más profesional y competitivo» para el club, según se argumentó. Pero el rumbo de esa disciplina después de dar ese paso al costado, fue errático y se perdió el brillo de entonces. Algunos chicos siguieron en el club, otros se fueron. Él se enojó con la vida. No entendía mucho lo que le había pasado. Estuvo sin calzarse el buzo de entrenador bastante tiempo. El duelo de ese despido, provocó una herida profunda. Sin embargo supo escuchar. Marta, la mamá de Ezequiel, Fabián y Nico Veppo, a sabiendas que en el Defensores de Santos Lugares hacía falta un entrenador, le dijo, con esa voz calma y sencilla que la caracteriza, algo profundo: «su amor no sólo era para los chicos del Defensores de Hurlingham, y que no sólo podían recibir a-mor de los chicos del Defensores de Hurlingham, sino que había otros chicos y otros clubes que necesitaban de su amor y su tiempo». Y así fue como llegó a ser entrenador en Santos Lu-gares.
Después de dirigir a ese otro Defensores no entrenó más a nadie; ahí sí colgó el traje de entrenador definitivamente. Un día me lo crucé en Jauretche y me dijo que «los pibes de ahora no eran como los de antes» y por eso no dirigía más. Por ahí estaba con más años y los huesos cansados. También comprendí que en su vida ya había dado todo lo que tenía que dar. Una bandada de pibes y pibas habíamos recibido ese amor llano y sincero. Había cumplido con la vida, y la vida cumplió con él.
Se fue un 13 de febrero de 2009, pero acá estamos unos cuantos para seguir recordándolo.
Para que siga vivo a través de nosotros.

Share Button

También te podría gustar...

1 respuesta

  1. Marite Gomez zamar dice:

    Yo ..lo recuerdo muy educado y respetuoso..muy lindos recuerdos ..yo no jugaba básquet..pero iba siempre a ver los partidos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *