La insoportable rutina de vivir con miedo

Vivir-con-Miedo

Por Rody Rodriguez
No es nuevo. Hace muchos años que los vecinos de Hurlingham sufren el flagelo de la inseguridad. Tampoco se trata de un trauma exclusivo de esta ciudad, el conurbano en general  está afectado por índices altos de delitos.
Robos, entraderas, salideras, asaltos, se repiten periódicamente, todo acompañado por niveles de violencia que asustan.
La comunidad se siente desprotegida y de a poco se acostumbra a convivir con el temor. Hay alivio y satisfacción cuando se es víctima de un delito sin consecuencias físicas. «Me robaron pero ‘por suerte’ no me lastimaron» o peor «la saqué barata, me golpearon, pero pudieron haberme matado».

Ese patético conformismo por el mal menor es sólo uno de los síntomas de la época. Hurlingham viene protagonizando hechos tremendos de delitos con víctimas fatales como los casos de Canevari, Dubois, Claudio Aguirre (todos asesinados en la puerta de sus cesas o a metros), o el de la nena de 4 años que murió baleada en un tiroteo entre bandas en Tesei o el caso de Silvia Andrada que la mataron a golpes para sacarle la moto en Morris.
Hay muchísimos otros casos, como el intento de robo en la casa del intendente que terminó a los tiros en medio de la madrugada o podemos mencionar el asalto en el que terminó herida de bala la esposa de José Angel Trelles que hizo explotar de ira al cantante y tras contabilizar 29 asaltos en los que fue víctima, comparó a Hurlingham con Irak. Y así, diariamente nos enteramos que un conocido, un familiar, un amigo, sufrió algún tipo de delito, y si no hay heridos o no lo exige el seguro, ni siquiera se denuncia.
Existieron hechos de mayor notoriedad, que muchos sostienen no deben ser computados dentro de la inseguridad urbana, por ejemplo el asesinato de Candela. Hubo otro con menos repercusión, como el caso de Maxi Cardoso que apareció muerto a martillazos en un baldío.

Estos crímenes hablan de ajuste de cuentas, no son víctimas al boleo, pero también afectan al conjunto de los vecinos. El abogado José Luis Ferrari decía en una entrevista con El Diario que “la gente de Hurlingham está presa de grupos narcos”. Vaya entonces si estas pujas mafiosas no nos afectan a todos.

Frente a estos hechos los vecinos y comerciantes se quejan. Manifiestan su disconformidad con el accionar policial y creen que esa deficiencia nace de las propias autoridades policiales.

Mientras tanto el intendente Acuña se desentiende de su rol de representante local del Estado y reparte culpas. Como cuando hace unos meses dijo “Scioli es el rey de la inseguridad, mientras pavea con la campaña, nos matan como a perros”. Hoy “aprovecha” el miedo y la bronca de la gente para hacer campaña contra la Reforma del Código Penal, esgrimiendo los argumentos que repite Sergio Massa que fueron rebatidos con contundencia por dirigentes de diversas extracciones políticas.
Ante a una sociedad atemorizada, la obligación de un dirigente político es ser mesurado y entender que la inseguridad es una política de Estado con la que no se debe especular.
Acuña tiene por costumbre en sus discursos decir que él se “preocupa y se ocupa” de los temas sensibles para la comunidad. Es lo que debe hacer. Dedicarse, esforzarse y contribuir para que al Estado Nacional y Provincial le vaya bien en esta lucha despareja contra la delincuencia. También debe ser claro en sus anuncios. En sus muchos discursos sobre la inseguridad tuvo posiciones ambiguas respecto a la policía comunal, pero suele defender la teoría de la policía de proximidad, la policía cercana. Argumentos que aprendió cuando en los orígenes de Hurlingham como distrito, el entonces intendente Juanjo Alvarez implementó el Programa Modelo de Seguridad, basado en el Policía-Vecino.
Tal vez inspirado en aquel tiempo, hace casi un año, Acuña puso en práctica el Plan Hurlingham 24, pensando en una ciudad conectada, monitoreada todo el día. Pero solo quedó en anuncio. La base de ese programa son las cámaras de seguridad y un centro de operaciones que funciona donde antes era la biblioteca municipal, sobre el boulevard O’Brien.
Tras cada episodio delictivo los vecinos braman por que las cámaras no funcionan, o funcionan muy pocas, por ejemplo las que están instaladas en la sede de la Municipalidad que le permiten al intendente “cuidar” a sus empleados que terminan el día sintiendo que participaron de El Gran Hermano.
Mientras tanto los vecinos de todos los barrios, sin distinción de clases sociales, se acostumbraron a vivir con miedo y a perder todos los días jirones de libertad.
Es urgente terminar con esa insoportable rutina.

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