Diego “Jopo” Angeli es uno de los observadores meteorológicos más reconocidos de los medios argentinos, con una fuerte impronta en señales como C5N, Canal 9 y Urbana Play. Sin embargo, su camino comenzó lejos del “pronóstico del tiempo”, fue un pionero en la comunicación del rock en el país, liderando ciclos como El robo del siglo en la mítica Rock & Pop y El último maldito por Radio Spika, además de dejar su huella como presentador en Much Music.
Diego “Jopo” Angeli conversó en el programa ¿Cómo sigue esto? por Radio UNAHUR sobre su identidad ligada al oeste del conurbano, su drástico giro profesional y el cruce perfecto entre la ciencia y el entretenimiento. En la charla con Rody Rodríguez, Maru Pampin y Horacio “Pollo” Magnacco, recordó cómo vivió en su adolescencia el estallido del rock nacional tras la vuelta a la democracia, sus bailes en Bagón Uno y Chocolate y contó como influyó en su carrera profesional los predicadores y los pronosticadores estadounidenses.
– Dentro de tu extensa trayectoria, es imposible no destacar tu origen, ser del oeste.
Diego Angeli: Es un activo, ¡totalmente! Y con Hurlingham tengo recuerdos, ¡Si habremos ido a bailar a Chocolate o a Bagón! Hurlingham me quedaba un poco trasmano, pero Hurlingham era una auténtica meca adolescente. De hecho, recuerdo que uno de mis primeros trabajos en televisión fue en un programa que se llamaba Club de Clubes, donde cubría el deporte barrial. Me tocaba seguir los partidos de handball; y me acuerdo de los chicos de la Escuela Echeverría, que jugaban re bien. Con el paso del tiempo, cuando leo sobre transferencias de jugadores al exterior, me encuentro con apellidos que me tocó ver jugar cuando eran apenas unos pibes.
– ¿Cómo se da ese salto tan particular? ¿Cómo pasás de ser un especialista en el mundo del rock a dedicarte al servicio meteorológico?
– Hay una primera explicación para que no parezca algo tirado de los pelos: soy hijo de matemáticos y de físicos. Me pasé toda la adolescencia encerrado en mi pieza escuchando física y matemática de fondo mientras mi viejo o mi vieja atendían a sus alumnos en casa. Era el clásico hijo de la maestra del barrio. Esa lógica científica me gustaba, pero lo que me marcó ocurrió más adelante. Hubo un momento de mi vida en el que me tocaba viajar y trabajar mucho en Estados Unidos, especialmente en Nueva York. Coincidió con los primeros albores de la televisión por cable en la Argentina, que acá te la vendían como una revolución sin publicidad de apenas 16 canales. Allá yo sintonizaba MTV1, MTV2, MTV3… tenía todos los catálogos de música disponibles, tipos rapeando y bailando a toda hora. Estaba buenísimo, pero a la noche me deslumbraba en la televisión norteamericana (que para mí en muchos formatos televisivos los norteamericanos llevaban la delantera audiovisual) decía que a la noche estaban el predicador y el meteorólogo. Por un lado estaba el pastor Jimmy Swaggart con El Club 700. Yo tenía cero teología, pero me volvía loco el formato, el entertainment. El tipo entretenía de verdad; si tenía que meter un exorcismo en medio de la misa, lo hacía. Tenía una gran oratoria, mucho carisma. Yo lo miraba y decía: «Este tipo es muy bueno de verdad». Y después, en el noticiero, donde la meteorología allá tiene una cultura muy especial: el Weatherman (hombre del tiempo) hacía su propio show. No entraba a la pantalla como un columnista técnico. El tipo salía al aire y hacía su show. Venían de comentar el crimen de una abuela y, de pronto, este tipo aparecía como si nada a hablarte de la lluvia. A eso le sumé mi gusto legítimo por la meteorología, pero fue fascinante ver en acción a esos presentadores a principios de los 90, en plena explosión de la tecnología televisiva, fue determinante para mi carrera.
– Fuiste el primero en Argentina que logró romper el molde y armar ese estilo descontracturado para dar el pronóstico, que hasta ese momento era sumamente formal. Le diste una dinámica completamente diferente y creaste un estilo que muchos después intentaron copiar.
– Bueno, la realidad es que yo copié a los norteamericanos. De todos modos, es justo decir que hubo profesionales y colegas delante nuestro, cronológicamente hablando, que nos pavimentaron el camino. Ellos tuvieron que «morfarse» la resistencia inicial y las críticas de la época para demostrar que la meteorología podía ser algo mucho más relajado. Gracias a ese esfuerzo previo, nosotros pudimos venir después y permitirnos hacer algunas locuras al aire.
– Qué bueno que los medios argentinos hayan ganado un Weatherman y no un Jimmy Swaggart… Podrías haberte ido para ese lado.
D.A.: Podría haber sido un gran predicador, sin dudas. Es más, ¡todavía estoy a tiempo!.
P: Volviendo a tus raíces, ¿cómo fueron tus inicios en el rock en Castelar durante los años 70 y 80, antes de comenzar con el micrófono?
– Ya en los años 70 tenía una conciencia bastante desarrollada, pero el rock me atrapó definitivamente en los 80. Esa década es la que nos marca como rockeros. Yo era bastante chico como para haber disfrutado la generación punk de 1977, pero hubo un momento que fue determinante, no solo para mí, lo fue para todos: la Guerra de Malvinas en 1982. La dictadura militar impuso un decreto que prohibía pasar música en angloparlante en las radios. En ese momento, los programadores tuvieron que ir a las discotecas a revolver qué había de rock en castellano, a buscar todo lo que habíamos dejado de pasar. Por suerte, salieron a la luz bandas que justo tenían sus discos listos, entonces yo con 13 años en 1983, 14 en 1984, adolescente en plena explosión hormonal me toca vivir en primera persona el nacimiento de la gran era del rock nacional. Me toca vivirlo como un pibe de la secundaria en el colegio y eso es muy diferente de vivirlo de otra manera.
– En esa época adolescente, en los ochenta, ¿te acordás de algún show en particular que hayas visto en tu barrio o en la zona oeste?
– Si tengo que elegir uno solo, me quedo con el primero al que fui, y al que encima fui solo: Los Fabulosos Cadillacs en el Club Morón. Era un momento en el que los Cadillacs recién empezaban. En el público éramos un grupito; nos mirábamos entre nosotros y decíamos: «Che, escuchamos todos lo mismo». Ese show estuvo buenísimo, pero tuvo un sabor especial por el hecho de haber tomado la decisión de ir solo. Nadie me bancó y no me importó nada, me fui hasta el Club Morón y los vi. Ese es el recital que más recuerdo de mi adolescencia. Después, lógicamente, vinieron muchísimos shows con amigos para ver a las bandas de la zona. Me tocó presenciar el nacimiento de toda la escena del rock en el Oeste: ver los shows de Beso Negro —que después terminaría convirtiéndose en A.N.I.M.A.L.—, ver a El Aleph —que más tarde serían Los Caballeros de la Quema— o ver a Sumo en el Club Dorrego. Eran los auténticos albores de toda una nueva escena.
– Cambiando de tema, ¿te pasa de ir a reuniones familiares o de amigos y que lo primero que te pregunte el que te reconoce sea si va a llover mañana?
– Sí, pasa todo el tiempo. En general, noto que la gente muchas veces no sabe cómo saludar a un meteorólogo y, en los nervios de romper el hielo, termina diciendo una barrabasada. Buscan un canal de diálogo para decirte «te reconozco, quiero hablar con vos», pero arrancan con un: «Che, no la pegás nunca». ¡Es una locura! Sería el equivalente a cruzarte a un cirujano y saludarlo diciéndole: «Che, ayer se te murieron todos en el quirófano, ¿no?». A veces te terminan diciendo un disparate, y hay que tomarlo así.
– O te reclaman «Che, ¿qué onda con El Niño?», o directamente te echan la culpa por no tener primavera…
– ¡Totalmente! como si yo fuera el vocero de la naturaleza. Vienen y dicen “¡Ahí está! El Adorni del tiempo”. Pero bueno, si te dedicás a la meteorología en los medios, sabés que te va a putear, como a un referí, un crítico de cine o un ministro de economía: sabés perfectamente que en algún momento alguno te va a insultar. Hoy en día llegás a un punto profesional donde abrís las redes sociales y te insultan de forma gratuita. Hay días en los que la gente se levanta y piensa: «Qué hermosa mañana para putear a alguien… y como el clima no ayuda, echémosle la culpa a Diego».
– Por último: ¿va a seguir lloviendo mucho tiempo más? ¿Dónde quedó la primavera?
– Va a tardar un ratito más la primavera en aparecer en escena….
– Eso es culpa tuya.





