Fio Silva es una de las representantes más importantes del arte urbano argentino. Desde hace varios años, la muralista nacida en Villa Tesei, viaja de punta a punta por el planeta transformando el gris de las ciudades en enormes murales llenos de vida.
Su historia comenzó antes de cumplir los 20 años, pintando las paredes de su barrio natal. Uno de sus primeros escenarios fue el Centro Cultural Marechal. «No pedí permiso porque pensé que si lo hacía no me iban a dejar. Decidí ir un domingo que no había nadie y pinté. Después me acerqué otro día y les dije la verdad: que yo había hecho el mural. Al final, me dejaron pintar otros», recuerda Fiorella Silva, nacida en Villa Tesei en 1991.
Criada en ese entorno que decoró con sus primeras obras, hoy ya lleva recorridas centenares de ciudades en todos los continentes.
En su visita a los estudios de Radio UNAHUR, la artista pasó por el programa ¿Cómo sigue esto? y repasó sus comienzos, sus miedos y cómo fue forjando una carrera de trascendencia internacional.
—Empezaste a pintar en Tesei, una zona con pasado industrial, muchos paredones y bastante gris. ¿Cómo influyó ese paisaje en tus inicios?
—Me facilitó un montón las cosas. Me dio la libertad de pintar de un modo libre, rodeada de vecinos y vecinas que siempre recibieron muy bien lo que hacía. En el barrio se entendía que ve-nía a aportar algo a una pared que estaba vacía. Hoy, después de tantos años de viajar y conversar con colegas, me doy cuenta de que crecer en Tesei me dio la facilidad de empezar en la calle sin sufrir tanta burocracia.
—¿Y de qué manera empezó a trascender tu trabajo fuera del barrio?
—Empecé a subir a Facebook las fotos de todos los murales que hacía en Villa Tesei. A partir de ahí empezaron a salir proyectos en otras ciudades, en otros barrios y, finalmente, en otros países.
EL GRAN SALTO INTERNACIONAL
En 2015, la carrera de Fio dio un giro extraordinario tras anotarse en una convocatoria de The Spring Projects, una plataforma internacional que promueve el muralismo global. «Mandé tres fotos y me olvidé del tema. Un día me llamaron para viajar a Londres», relata Fio. Se trataba del festival Femme Fierce, donde pintó en el famoso túnel de Leake Street junto a más de 150 artistas. En ese mismo viaje, su arte llegó a Roma, Bolonia, Milán y Áms-terdam.
—La explosión de tu carrera comenzó con esa invitación hace algo más de diez años.
—Sí, totalmente. Pintar en Leake Street, en el túnel de Banksy, fue una catapulta total y un envión enorme. Era la primera vez que salía del país; tuve que hacerme el pasaporte corriendo porque nunca había viajado ni me había tomado un avión. De repente, estando allá, me convocaron de la plataforma TEDx para dar una charla en Kalamata, una isla de Grecia. Ese viaje fue la puerta de entrada a todo lo demás.
—Una puerta a todos los rincones del mundo. Ya estuviste en todos los continentes, ¿sabés en cuántos países pintaste?
—En todos los continentes seguro. ¿En cuántos países? No lo sé, perdí la cuenta… son muchos.
—Toda tu carrera avanza muy rápido. Mucho vértigo ¿no?
—Totalmente. La primera vez que salí a pintar fue hace 15 años y me dedico a esto profesionalmente hace 13. Fue bastante rápido y también tuve suerte. Una parte tiene que ver con que pintaba un montón, me obsesioné con eso y me propuse vivir de mi profesión. Pero, al mismo tiempo, siempre hay una cuota de azar y siento que en mi caso las cosas se conjugaron a favor.
—Hablamos de vértigo, pero justamente miedo a la altura parece que no tenés. Te vemos trepada a edificios altísimos. ¿Cuál fue tu récord?
—No, vértigo no tengo. (Y mientras se ríe, piensa) Creo que lo más alto que llegué a pintar fueron unos 13 o 14 pisos.
AVES MIGRATORIAS
—En tus obras siempre están presentes las aves y otros animales. ¿Por qué esa elección?
—Siempre quise pintar para sacarme cosas de adentro. Elegí los pájaros por ciertas sensaciones pesadas que cargaba y quería expresarlas de una forma liviana y libre. Además, al viajar, fui incorporando especies locales. Es loco, porque a veces me doy cuenta de que hago los mismos movimientos migratorios que las aves que estoy pintando. Por eso ahora digo, en chiste, que tengo que fijarme bien qué especie elijo, no sea cosa que termine en la otra punta del mundo.
—Más allá de los pájaros, tu foco siempre está en los seres vivos.
—Sí, siempre busco figuras orgánicas y composiciones que representen algo vivo. Es lo que más me gusta.
—¿Cuál fue el mural que más te emocionó terminar?
—¡Uf, es que son tantos! Me cuesta elegir uno y decir «este fue el mejor». Me gusta pensar que el más importante siempre es el último, por el simple hecho de ser el más reciente.
—¿Y cuál fue el último?
—Fue en Irlanda, hace unas dos semanas. La pasé muy bien, aunque fue una pared particular. Primero me habían asignado una medianera donde iba a pintar unas ardillas y pájaros de la zona. El paredón pertenecía al dueño de un hotel y el hombre tenía miedo de que las ardillas parecieran ratas y que eso se asociara negativamente con su negocio. Así que me cambiaron el lugar a último momento. El nuevo frente estaba lleno de ventanas, por lo que no podía usar el mismo diseño. Tuve que improvisar el día a día: ver qué color ponía acá, cómo resolvía allá… Lo fui armando sobre la marcha, sin una idea previa sólida.
—¿Te agarra ansiedad en esos casos? ¿Sos de las que quieren terminar el trabajo enseguida apenas arrancan?
—Depende. Influye mucho el clima, sobre todo el frío y el viento, que son los grandes enemigos.
—Y más en las alturas…
—Claro, contra el viento no podés pelear. Pero, al margen de eso, no me gusta extenderme más de cinco o seis días en un mural porque me empiezo a aburrir.
—¿Cuántos murales calculás que pintás en total al año?
—Creo que estoy promediando unos 30 murales por año. Varía según el tamaño y la complejidad, pero ese es el número aproximado.
—¿Qué dice tu familia de todo esto? Debe ser muy fuerte haberte visto pintar de chiquita en el barrio y ver quién sos hoy.
—Mi familia siempre me apoyó un montón. Obviamente al principio estaban preocupados. Vengo de una familia donde nadie se dedicó al arte, entonces no sabían cómo me iba a ir, y yo tampoco. Siempre me decían: «Bueno, pintá lo que quieras, pero tenete un trabajito o no dejes de estudiar».
—Además de la incertidumbre económica, estaba el riesgo de estar expuesta en la calle, no adentro de una casa pintando un cuadro.
—Sí, totalmente. Pero después se acostumbraron a eso y a que empezara a viajar desde muy chica. Hoy la comunicación es otra, pero en mis primeros viajes no había internet todo el tiempo en el celular. Les mandaba un mail avisando que había llegado y recién a los quince días les escribía otro.
—Hacés lo que te apasiona, pero llevás muchos años viajando y pintando sin parar. ¿Resulta agotador en algún momento?
—Nunca me canso. Para mí, el hecho de pintar en el espacio público es lo que me sostiene para seguir trabajando de esto. Me parece espectacular, nunca dejo de sorprenderme. Hoy estamos todos muy inmersos en las redes o consumiendo contenido a través de pantallas, pero en la calle pasa algo que no es el reflejo de ese mundo digital. Tener la posibilidad de pasar más de diez horas al día en calles de diferentes países me hace estar presente en la realidad real. En el trato cara a cara, la mayoría de la gente es buena, linda, le gusta conversar y ayudar. Eso es lo que pasa verdaderamente en la calle.
—¿Dónde y cuál fue el primer mural que pintaste?
—Creo que el primero fue en la esquina de Salas y Bradley, cerca de los monoblocks. Yo viví toda la vida en Einstein y Acuña, entre Salas y Acuña. El segundo lo hice en el Carrefour; todavía está en pie porque lo pinté con un extensor, usando un palo largo para que llegara bien alto. Como era una pared donde la gente solía hacer graffitis, sabía que si pintaba abajo lo iban a tapar rápido, así que busqué la altura para que durara.
—Por lo general, no suelen tocar ni vandalizar tus murales, ¿no?
—No, para nada. Se respetan un montón. Es algo que me parece una locura, me llama mucho la atención y me emociona.
—Alguna vez dijiste que cuando pintás un mural, sabés que tiene una vida efímera, a diferencia de un cuadro que está hecho para perdurar en el tiempo.
—Totalmente. El mural no sabés cuánto va a durar y eso me encanta; me fascina el hecho de que sea efímero y tenga un tiempo de vida limitado. El espacio público tiene que renovarse. Obviamente hay obras que se deben preservar y cuidar, pero, en otro sentido, creo que la calle tendría que hablar de quiénes somos hoy como sociedad. Por eso está bueno que aparezca información nueva o que el entorno se vaya complementando.
El regreso al nido. Fio Silva hizo una pausa en Villa Tesei, tras dejar su huella en Irlanda, Alemania y España, sumando estos destinos a una lista que ya incluía a Estados Unidos, México, Canadá, Bélgica, China y Vietnam, además de distintas provincias argentinas y rincones del conurbano y de la Ciudad de Buenos Aires.
Poco después de esta nota, volvió a armar las valijas para pintar en varias ciudades de Francia. Pero Fio pinta pájaros y, de la misma manera en que a veces acompaña sus movimientos migratorios, también sabe cuándo regresar al nido. Aquí, en su Tesei natal, volverá a desplegar sus colores y, seguramente, cumplirá el deseo pendiente de pintar un mural en la UNAHUR, la universidad que nació en el barrio casi al mismo tiempo en el que ella comenzaba su extraordinaria carrera internacional.





