Por Rody Rodríguez.
El Proceso de Reorganización Nacional no fue una interrupción más de la vida democrática por parte de las Fuerzas Armadas, ni siquiera fue parte de esa nefasta rutina de golpes de Estado que se sucedían desde 1930; la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976 fue la tiranía más sistemáticamente sangrienta del siglo XX en la Argentina, pero también fue el golpe más anunciado, con una complicidad explícita de buena parte de la sociedad civil.
La muerte del presidente Juan Domingo Perón el 1° de julio de 1974 lo agravó todo. Su viuda y sucesora, María Estela «Isabel» Martínez lejos estuvo de poder encausar la grave situación institucional que sufría el país.
«A la guerra ya sangrienta entre diferentes grupos del peronismo, se sumaba el accionar de grupos armados de otras tendencias. Durante 1975 la violencia se hizo cotidiana y aumentó su nivel de exposición, brutalidad y alevosía» escribió Luciano de Privitellio en Revista Ayer de la Asociación de Historia Contemporánea.
El 18 de diciembre de ese año 75, el sector ultranacionalista de la Fuerza Aérea se sublevó y llevó a cabo un fallido intento de golpe de Estado. Varios aviones despegaron de la base aérea de Morón y ametrallaron la Casa Rosada. La rebelión fue repelida cuatro días después, pero el manejo del poder por parte de Isabel pasó a ser inexistente.
El mercado financiero hizo lo suyo para que el precio del dólar escalara y la inflación comenzara a subir, aunque la situación económica en general no era alarmante. De hecho los índices de informalidad laboral y de desocupación no superaban el 8%, pero la inestabilidad del gobierno era absoluta. Los sectores más poderosos de la economía, con apoyo de la embajada de los EEUU alentaron a las Fuerzas Armadas a concretar un nuevo golpe de Estado que ellos venían planificando desde el momento en que falleció Perón.
La sociedad en su mayoría sabía que ese golpe se iba a producir, muchos incluso lo deseaban, faltaba conocer fecha y hora.

UN NUEVO GOLPE Y LA PEOR DE LAS DICTADURAS
En la noche del 23 de marzo de 1976 el intendente de Morón, el teseíno Eubaldo Merino, inquieto por lo rumores de que podía haber un golpe de Estado fue, junto a otros intendentes, a la Casa Rosada. Los recibió el ministro de Defensa José Alberto Deheza, que les dijo que había conversaciones entre la presidente María Estela Martínez de Perón y los comandantes de las Fuerzas Armadas, pero les pidió que «se queden tranquilos».
Los intendentes le hicieron caso y se fueron a cenar por la zona de Retiro. Pasada la medianoche vieron varios tanques y tanquetas avanzando rumbo a la Casa Rosada.
Merino salió del centro porteño directamente a la municipalidad de Morón. Él recuerda que apenas ingresó, un Comodoro le dijo: «La municipalidad está bajo el mando de las Fuerzas Armadas, preséntese al mediodía».
En efecto, minutos antes de las 12 del mediodía del miércoles 24 de marzo Merino llegó al palacio municipal ubicado en Brown 946 y un oficial de la Fuerza Aérea lo recibió para darle algunas instrucciones. Así lo recordó el propio Eubaldo Merino hace algunos años: «Cuando llegué me ordenó que me hiciera cargo de la intendencia. Yo le dije que no. Que bajo ningún punto de vista iba a firmar un decreto con un gobierno militar. Entonces él me respondió que si no asumía me tendría que detener. Le dije que lo hiciera, pero que yo no aceptaría. Al final ganaron mis principios y me dijeron que me fuera. A los pocos días Morón tuvo un nuevo intendente: un comodoro de la Fuerza Aérea».
El Comodoro en cuestión fue Raúl Pires Apolonia, un oficial retirado que, nombrado por el jefe de la VII Brigada Aérea y Jefe del Área de Seguridad de Morón José María Romero, se hizo cargo de la intendencia y de todas las atribuciones que ejercía el Concejo Deliberante.
Lucas Georgieff en un trabajo publicado en el Instituto y Archivo Histórico de Morón, señala que en «los meses previos al golpe, en Morón la prensa local ya reflejaba un clima político de derrumbe y cambio inminente. En ese sentido el periódico La Tribuna planteaba: ‘…el enfrentamiento dialéctico entre ricos y pobres, patrones y obreros, adultos y jóvenes, padres e hijos, profesores y alumnos, iglesia jerárquica e iglesia carismática, fuerzas armadas y pueblo, ejércitos de ‘liberación’ y fuerzas de represión… éste es el futuro que quiere para nuestra Patria la guerrilla: destruir todo aquello que nos ate con el pasado, con nuestra tradición cristiana… porque cristiano fueron San Martín y Belgrano… y cristiano fue siempre el valeroso soldado criollo, que ayer dio su vida para expulsar al ‘hereje inglés’, y que hoy la ofrece para expulsar al ‘ateo marxista’…(La Tribuna, 22 de diciembre de 1975)». Georgieff añadió que «Al día siguiente del golpe, por ejemplo, el diario local El Cóndor anunciaba: ‘Llega a su término una situación que agravia a la Nación y compromete su futuro’, y agregaba: ‘Nuestro pueblo ha sufrido una nueva frustración. Ante una irreparable pérdida del sentido de grandeza y de fe las F.F.A.A. – en cumplimiento – han asumido la conducción del Estado’ (El Cóndor, 25 de marzo de 1976)»
El viejo partido de Morón (que incluía a Hurlingham e Ituzaingó), los partidos de Merlo y Moreno, con la Primera Brigada Aérea de El Palomar, la VII Brigada Aérea de Morón y las Comisarías de la Policía Bonaerenses conformaban un circuito represivo denominado Subzona 16 de la Zona 1, que quedó bajo la órbita de la Fuerza Aérea. Dentro de esos límites se identificaron una quincena de Centros Clandestinos de Detención y una sede de la Regional de Inteligencia de Buenos Aires (R.I.B.A).

«Proceso de Reorganización Nacional», así se hizo denominar la dictadura que encabezó el Teniente General Jorge Rafael Videla como presidente de facto. En tanto el gobierno bonaerense quedó en manos del General Ibérico Manuel Saint-Jean.
Tal como señala la historiadora Graciela Sáez, «ante la desaparición de la función mediadora del HCD y los partidos políticos, la dictadura buscó ampliar su base de sustento a partir de las entidades de bien público y las asociaciones civiles vecinales y fomentistas».
La estrategia de Saint-Jean fue encontrar en el vecinalismo la forma de inserción del gobierno militar en la sociedad civil, descentralizando decisiones en los municipios y que estos fortalecieran a las «entidades de bien público».
El gobierno de facto especulaba que desde esas entidades saldrían los nuevos dirigentes, los nuevos líderes políticos por fuera de los partidos tradicionales.
Ese apoyo al fomentismo ocurría siempre y cuando, las dirigencias vecinales demostraran adhesión irrestricta al régimen imperante, de no ser así, a las entidades no adeptas se les quitaba respaldo económico o se las intervenía.
En Hurlingham el delegado de la dictadura fue Ricardo Bregante y se consolidó la influencia de la Comisión Coordinadora de Entidades de Bien Público, creada a instancias del comisionado moronense como nexo entre las sociedades de fomento y clubes de Hurlingham y los delegados del gobierno comunal e integrada por los dirigentes de varias de las entidades más representativas.
La Coordinadora recogía diversas quejas de infraestructura, casi todas vinculadas a bacheos, o limpieza, pero la mayoría de esos reclamos casi nunca eran atendidos. Por esas épocas se comenzó a escuchar la frase «Hurlingham es el patio trasero de Morón»
En un clima social en constante ebullición, la vida en Hurlingham simulaba continuar con ciertos hábitos rutinarios en esa primera mitad de la década del 70 y si se producía algún secuestro ilegal de un militante, un obrero o estudiante, no faltó el que dijera la tristemente célebre frase «por algo será».
Como en gran parte del país, las calles de Hurlingham fueron testigo de la violencia ejercida de manera clandestina por el Estado usurpado por los militares. Las razzias eran moneda corriente, igual que las persecuciones, los allanamientos ilegales y los asesinatos difundidos luego como «enfrentamientos». Como así también persecuciones a docentes y alumnos en la Escuela Esteban Echeverría o trabajadores en las fábricas de la zona como CIDEC, Scholnick, o el más emblemático caso del INTA. Apenas 5 días después del golpe, el 29 de marzo de 1976, soldados armados con fusiles y tanques de guerra ocuparon el predio en Hurlingham y se llevaron a cerca de 40 personas detenidas.
Es difícil definir un número exacto de desaparecidos en Hurlingham. Depende el criterio con el que se los contabilice. Hay varias decenas de vecinos que el terrorismo de Estado hizo desaparecer o que han sido asesinados; pero también están los que fueron secuestrados o asesinados en Hurlingham, en Morris o en Tesei sin que fueran vecinos de estas localidades o que nacieron y se criaron en Hurlingham y luego siguieron su vida en otro lugar donde cayeron en manos del régimen militar. Y también hay familiares de muertos y desaparecidos que fueron y son vecinos de Hurlingham.
Los primeros aportes para reconstruir esos datos los hicieron los periodistas Alfredo Sayús y Fabián Domínguez en el libro «Apuntes del Horror» editado en 2001.
Lo cierto es que en cada rincón del país se vivió los dramáticos años de dictadura de modo singular. Cada pueblo tiene sus vivencias de esa etapa negra de la historia.
Cada historia detrás de un perseguido, de un detenido, de un desaparecido, a las que hay que sumar las historias de los nietos recuperados, forma parte de un episodio de especial sensibilidad en la historia local.
Pasaron 50 años de ese golpe, no fue una más de las varias asonadas militares del siglo pasado, fue el punto cúlmine del terrorismo de estado.
Luego de ese período, nunca más se interrumpió un proceso democrático. Como se decía hace algunas décadas: «las botas no volverán a reemplazar a los votos», pero lo que si ocurrió, con el paso de los años fue una progresiva y lamentable desvalorización de la democracia, siempre hubo minorías que afirmaban que «con los militares estábamos mejor», pero hoy a esos sectores se suman los que niegan lo ocurrido hace 50 años, no les interesa saberlo, se burlan de los derechos humanos y desprecian a la política. La Argentina transita un momento institucional complejo y la sociedad vive estos tiempos con zozobra y confusión. Medio siglo después del último golpe de estado, resulta imprescindible poner en valor la democracia, que aún con defecciones que generan padecimientos en muchos argentinos, sigue siendo la única herramienta capaz de dar dignidad y bienestar, aunque, obviamente, la «herramienta democrática» no es solo votar de vez en cuando.





