8 de marzo, Día de la Mujer: Universos femeninos

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Ilustración: Obra de Romi Lerda, creadora de la imagen de #niunamenos

Por Gabriela Chamorro.

No tendría ni 15 años cuando recibí el mejor piropo de mi vida.

En realidad no lo recibí directamente, pero yo era la destinataria. Se lo dijo un hombre a mi mamá. Ese hombre era mi abuelo.

Yo me había arreglado para la Nochebuena: Un vestido blanco, con un volado enorme heredado de una prima que me hacía sentir protagonista de un libro y, por primera vez me había puesto brillo en los labios.

Él le dijo con ojos húmedos: «Está cada vez más parecida a tu mamá».

Se refería a Lía, mi abuela, a quien yo no conocía porque murió cuando mi mamá tenía 6 años. Pero sin haberla visto jamás, y casi alimentada con la fantasía de lo misterioso, yo soñaba íntimamente con parecerme.

Es que mi abuelo, el  hombre perfecto, había caído rendido ante ella y no sólo por su belleza, sino por su audacia para la época, por su determinación, por sus ideas vanguardistas, por la ternura con la que criaba a sus hijos,  por su no pasar inadvertida nunca…

A ese piropo, debo reconocer sin quejarme que le siguieron varios a lo largo de mi vida de todos los estilos, de esos que gustan, de esos que ofenden, de esos que uno espera pacientemente y al recibirlos se hace la sorprendida, de esos que pasan indiferentes. ..

Sin embargo con la madurez descubrí que así como ese primer piropo atípico, el más bello, el sincero, el despojado de toda conquista, fue el más lindo; el mejor para nosotras, para las mujeres no es el que recibimos del otro sino el que, llegado el momento, podemos decirnos a nosotras mismas. Y no frente al espejo, ese artefacto que se carga constantemente de egos y de frustraciones sino ese halago que podemos pronunciar en nuestro interior, cuando ya superamos el pavor a las estrías, cuando perdimos un amor pero continuamos en pie y con ganas, cuando después de noches sin dormir y miles de interrogantes de si estaremos haciendo las cosas bien, vemos a nuestros hijos convertidos en seres independientes, cuando nos perdonamos por nuestros errores, cuando elegimos con quien estar y lo que dice el otro pesa menos y están más repletos los estantes de libros y de música que de cremas y perfumes.

Porque animarnos a ver nuestra alma, a hacernos amigas de nuestras zonas más oscuras, de nuestros miedos, de nuestras contradicciones nos hermana con lo más íntimo de nuestro complicado ser femenino. En definitiva, ser mujer no tiene tanto que ver con parecernos a ninguna heroína, sino con ese contraste que nos hace únicas y nos permite reír a carcajadas con una amiga y  llorar a mares con una película; darles consejo zen a un hijo y putear al que dobló delante sin poner el guiño; tirar completa la comida que nos salió mal pero estar diez horas armando los souvenirs para nuestra nieta; dejarnos robar con el precio del rimel pero ponernos al frente del gremio cuando nos quieren bajar las horas extras. Brindemos en este Día de la Mujer por las mil mujeres que anidan en nosotras mismas, y sobre todo por día a día amigarnos y respetar a cada una de ellas en la misma medida, porque somos la equilibrada suma de todas ellas.

 

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