Carlos Battilana: «Escribir es un oficio, no es todo pasión»

Por ISAAC CASTRO.

Carlos Battilana, vecino de Parque Quirno, formó parte de la emblemática «Generación del ´90» y es uno de los poetas argentinos más destacados de la actualidad.

No abundan los escritores que tengan el privilegio de hacerse un lugar en el mundo de la literatura. Y mucho menos aún quienes logran destacarse dentro de un género tan particular como la poesía. Sin embargo, y aunque obtener notoriedad nunca fue su principal preocupación, Carlos Battilana hace tiempo que se coinvirtió en una figura destacada dentro del universo de la palabra escrita. Su obra es motivo de estudio, reeditan sus libros y pasa buena parte del año brindando charlas acerca de esa disciplina que conoce como pocos y por la que experimenta una pasión desbordante, casi monopólica, apenas amenazada por San Lorenzo, Spinetta o el Western. «Mi padre me dio la literatura a través de libros de Julio Verne y Alejandro Dumas pero, curiosamente, yo terminé leyendo lo que él no, que fue poesía. Luego, siendo adoles-cente, mi madre me envió a un taller literario y allí me fascinó conocer a gente más grande que se reunía a leer una vez por semana. Eso fue muy importante para mí porque desde ese momento comenzó una suerte de universo paralelo», dice el poeta acerca de sus comienzos, sentado en la cocina de su casa en Parque Quirno. «En esos encuentros de los que participa-ban comerciantes, maestras, amas de casa, descubrí el boom de la literatura latinoamericana, a los escritores argentinos de ese momento como Ricardo Piglia y Jorge Asís. Era la época del proceso y recuerdo que iba a la escuela y le pedía al profesor que leyéramos a Cortázar, a Borges, que eran autores que no se daban».
Tal vez por ser hijo de profesionales –sus padres eran odontólogos–, cuando terminó la secundaria, Battilana optó por seguir Abogacía, una carrera tradicional que se ajustaba perfectamente a las expectativas implícitas que recaían sobre cualquier joven criado bajo el conservadurismo propio de una década –los setenta– en que la educación era tan rigurosa como autoritaria. Pero el interés por la literatura era un fuego que ya había prendido fuerte, así que decidió pasarse a Letras. Su arribo a la Universidad de Buenos Aires coincidió con la vuelta de la Democracia y el ingreso de docentes que serían claves en la cultura nacional. Josefina Ludmer, David Viñas, Beatriz Sarlo, y Nicolás Rosa fueron apenas algunos de los profesores que formaron a Battilana. El otro nombre trascendental en su biografía fue Rodolfo Edwards, quien lo acercó al grupo La Mineta. «A partir de una invitación suya a una exposición de poemas e ilustraciones por la Avenida Corrientes, me pongo en contacto con la calle y me enamoro de eso. Y comienzo a juntarme con otros poetas cada sábado en el bar Alabama de Once. Ahí conozco a Fabián Casas, a Osvaldo Bossi, a José Villa.» Esa gente que menciona Battilana conformaría el embrión de lo que luego sería conocida como ‘la generación del ´90’, un conjunto de jóvenes autores que tras el final de la primavera democrática y en medio del aturdimiento neoli-beral, encontraron un lenguaje propio para encausar su sensibilidad y, mediante la publicación de revistas, ciclos de lectura y una fuerte política de autogestión, renovar la poesía argentina.
-¿Cómo definirías a tu poesía?
-Como la del alguien que tiene que trabajar y debe soportar el sistema. El hueco de la poesía es la resistencia a ese dolor que significa estar en el mundo.
-¿De qué modo conviven en vos la persona que enseña literatura y aquella que la produce?
-Empecé a trabajar en la facultad en una época en la que dar clases y ser poeta era visto como una suerte de escisión. Estudiar rigurosamente los textos de Sor Juana y al mismo tiempo escribir, era llamativo. Y esa idea romántica de que el poeta queda fuera de los claustros académicos es algo que, creo, no hizo mucho bien. Hoy por suerte no está eso. El estudio es importante, también hay que aprender a escribir poesía. Esto es un oficio, no es todo pasión.
-¿Sobre qué escribís?
Me interesa el frío, la nieve, el jardín, las hojas, la naturaleza. Escribí mucho sobre el amor y de qué forma sostener el vínculo con los hijos, y construir la experiencia amorosa en una institución como la familia que, en el sentido tradicional, hoy es algo anacrónico.
Pese a que proliferan los encuentros de poetas, se multiplican los sellos editoriales que se dedican a editarlos y la existencia de una nutrida escena que se renueva permanen-temente, la poesía aun sigue siendo un género resistido. «Hace unos años solía verme con gente cuya relación con la literatura era escasa. En un almuerzo pidieron que lea un poema. A partir de ahí, me encargaron que llevara textos para compartir en cada reunión. Yo hacía una selección precisa de acuerdo a ese auditorio. Y lo que les llevaba, les gustaba. Independientemente de que lo que elegía no era nada espontáneo, sino más bien efectista y fruto de una reflexión, me di cuenta de que la poesía podía conectar. Y eso pasa cuando los poemas son buenos».
Se termina le entrevista. Su esposa, Cristina, nos observa en silencio. Los chicos no están –tiene tres hijos, Marcos, Sofía y Emilia-. Me muestra algunos textos inéditos y me habla de algunos proyectos que ansía concretar. Antes de despedirme, le pregunto a Battilana cuándo un poema es bueno. Él lleva la mano a su rostro, baja la mirada, piensa un instante. «La poesía exige trabajo. Cuando hay un derrame, algo que sale de orbita, la literatura en general es buena. Es como cuando vas a ver una película y ocurre una situación inesperada. Eso te afecta físicamente. Creo que el vínculo entre el lector y el poema no es sólo de orden intelectual».

CARLOS BATTILANA nació en Paso de los Libres, Corrientes, en 1964. Sus libros de poesía son Unos días (1992), El fin del verano (1999), La demora (2003), El lado ciego (2005) y Materia (2010), Presente Continuo (2010), Velocidad Crucero (2014) y Un western del frío (2014). Sus poemas han aparecido en antologías argentinas y latinoamericanas. Ejerció el periodismo cultural, y es autor de ensayos, notas y artículos. Es docente de literatura latinoamericana en la UBA.

Parrilla

Sobre el fin de la calle
rumbo al cuartel
hay un asador:

es verano
pero corre una pequeña
brisa.

Mi padre
mi madre
nuestros hermanos
disfrutan de la cena
familiar
al aire libre.

No hay nada que temer
estamos abrazados por el campo
el mundo acontece en ese punto
minúsculo del universo. Tengo
seis años. Conozco
todo
lo que me circunda.
Somos libres
en el lugar.

Mi padre es feliz;
se rodea de sus hijos
de su mujer
tiene información suficiente
para proveernos
durante algunos años:
axiomas, libros, narraciones
de adolescencia.
Ahora que
su muerte es fresca
y reciente, recreo el instante
en que mi padre
distribuye la carne,
las achuras, las ensaladas
en derredor.
Mi madre lo roza con los ojos
y deliberadamente
lo deja hacer
deja que su fuerza crezca
allí, en ese punto
minúsculo del universo.

(de: Materia, ed. Vox, 2010)

Sueños

En la noche
sentí el olor de la nieve.

No sabía
que un inmenso invierno comenzaba
y
que desde ese momento
sucedería
una larga historia
de
exploraciones.

La nieve duerme en mi memoria.
Me habla
durante los sueños.
De vez en cuando
emite
un largo suspiro
repleto de plumas.

(de: Velocidad crucero, ed. Conejos, 2014))

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