El Indio y los que quedamos acá: Una comunidad no es una audiencia

Por Catalina Rodríguez.

El viernes 5 de junio a las 9 de la mañana falleció Carlos Alberto “Indio” Solari, en su casa de Parque Leloir. Es necesario aclarar que es muy apresurado hablar de su fallecimiento, es menos doloroso pensar que fue condenado al paraíso. De ahora en más solo lo vamos a llamar Indio, porque si lo nombraban Carlos no respondía. En cuestión de pocas horas Plaza de Mayo se colmó de gente. Lo mismo en Rosario, Jujuy, Mar del Plata, La Plata, donde se formaron Los Redondos, y así en todo el país. Una comunidad entera se encontró sin ninguna organización formal previa. La despedida al Indio va más allá de lo musical. Esto se trata de un fenómeno cultural que merece ser pensado de verdad. 

No es necesario preguntarse quién fue el Indio Solari. Eso es algo ya sabido y excede cualquier tipo de editorial. Hoy toca preguntarse qué significó para un pueblo entero, la forma en la que atravesó generaciones, y cómo el hecho de haber dejado este plano circuló, se procesó y ritualizó en tiempo real. Porque lo que genera el Indio implica muchísimas cosas, entre ellas, una experiencia casi involuntaria de cómo funciona la comunicación (y la comunidad, concepto que se va a repetir varias veces acá) en pleno 2026. Lo más destacable de todo esto es la velocidad y autonomía del duelo colectivo. Lo que pasó llegó a las redes antes que a cualquier medio tradicional, se verificó en minutos y en pocas horas ya se habían organizado distintas misas ricoteras a lo largo y ancho de Argentina. No hubo un medio que convocara o una institución que coordinara. La despedida al Míster se armó en comunidad. Una comunidad construida durante décadas alrededor de la música, de una estética y una forma de entender a este mundo cómo él nos enseñó a través de su poesía, algo que los ricoteros reconocen sin necesidad de presentaciones. 

Bourdieu decía que la juventud no es más que una palabra, que las identidades generacionales son construcciones sociales atravesadas por el poder. Pero también hay algo que esa advertencia no alcanza a capturar del todo: la intensidad con que ciertas músicas y ciertos artistas se vuelven territorio de pertenencia real, casi física. Esto sucede con Los Redondos, que lograron construir un grupo social enorme, una comunidad, en el sentido más denso del término. Porque el Indio genera eso en sus seguidores: un sentido de pertenencia. Porque los propios ricoteros lo demuestran. Los Redondos están en el encuentro, en el amor, en las alegrías, en las tristezas. En todo nuestro ser nacional, aquello que los que hoy nos (des)gobiernan intentan borrar y no pueden. 

Nunca necesitó de los medios tradicionales para sostenerse. El Indio fue (y será) la figura cultural de mayor convocatoria y menor presencia mediática. No daba entrevistas, no aparecía en televisión. Se negó a la lógica del show business tal como los medios la demandan: el artista accesible, el ídolo que se deja ver, el famoso que alimenta el ciclo de la farándula con declaraciones y apariciones. Su relación con los medios fue de desconfianza activa. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, construyó algo que ningún artista mediáticamente omnipresente logró: una comunidad que se moviliza sola, que se organiza sin convocatoria institucional, que sabe dónde encontrarse sin que nadie le diga.

Ana Wortman describía en los noventa cómo la televisión producía comunidad desde arriba, con conductores que simulaban horizontalidad desde un estudio, con programas que armaban una «barra de amigos» para que el televidente sintiera que pertenecía a algo. El streaming de hoy, como documenta Agustín Espada en su nota en Revista Anfibia hace algo parecido pero digitalizado: conversación, comunidad, clipeo. En ambos casos, la comunidad es producto del medio. Lo que pasó el viernes y el velorio del domingo 7 de junio fue otra cosa. Algunos viajaron de otras provincias para despedir al Indio en el Parque Domínico de Avellaneda, con siete kilómetros de fila, un millón de personas, bajo la lluvia y el frío. Con ellos llevaban de todo: fotos, cartas, objetos, como si pudieran devolverle algo de lo que él les había dado. Fue una comunidad que existía antes del medio, durante el medio y a pesar del medio. Que no necesitó que nadie la convocara porque ya sabía quién era.

Pero los medios estuvieron, claro. Y vale la pena mirar cómo. Los canales de televisión abierta tardaron en reaccionar. Las redes fueron más rápidas, los canales de streaming más ágiles. La misa ricotera en Plaza de Mayo se transmitió en vivo por YouTube con un alcance que ningún noticiero de las nueve igualó. Los momentos más emotivos de la plaza se fragmentaron en clips para TikTok e Instagram antes de que los informes especiales terminaran de editarse. El dolor colectivo, genuino e inconmensurable, fue también material de circulación algorítmica. No porque alguien lo haya decidido así, sino porque ese es el único formato que esta época tiene disponible para existir en el espacio público.

Lo que el fallecimiento del Indio dejó al descubierto, más allá del dolor, es algo que los análisis sobre medios y juventud muchas veces esquivan: que hay formas de comunidad que los medios no crean. Que hay pertenencias que se construyen en otro lado, con otra lógica, con otra temporalidad. Que no se trata sobre  qué tipo de joven fabrican los medios, sino qué hacen las personas con lo que los medios les ofrecen, y qué construyen cuando los medios no alcanzan o no entienden. Los ricoteros no esperaron que ningún canal los convocara. Salieron solos, en el frío de junio, con el corazón en las manos.

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