Historia de un exilio: Liliana Saro de Buenos Aires a Leipzig

Liliana Saro es vecina de Hurlingham desde hace casi 40 años. En los años ’70, después de padecer cárcel y secuestro, Liliana partió a un exilio a Leipzig, una de las ciudades más importantes de la entonces República Democrática Alemana. Su historia de vida, todo lo que genera el destierro lo cuenta en su libro «De las Margaritas 5». De ese libro y de cómo se reinventó en un país desconocido, va esta entrevista con Horacio  Magnacco.

Por Horacio Magnacco./ publicado en EL CLASICO edición de marzo 2026.

Todo comienza con una falta. En un número anterior de EL CLÁSICO, hicimos un recuento de los y las escritores/as de Hurlingham, de sus trabajos y de sus recorridos. Con más entusiasmo que rigurosidad, sabemos que siempre que hacés una reseña de este tipo, te queda gente afuera, porque te olvidaste o porque no sabías. Liliana Saro tenía un libro publicado, es suscriptora de la revista y no había estado en el recuento. Y no solamente dimos con un excelente libro, sino que lo ampliamos a una gran historia de vida.

Con una edición agotada y la editorial tratando de sortear dificultades de supervivencia, Liliana Saro me acercó una versión digital de su libro De Las Margaritas 5 (Punto de Encuentro, 2022). Es una enorme sorpresa cuando un libro desconocido cae del cielo y nos hunde en una historia, como la historia de Liliana.

A la espera de una reedición (necesaria) del libro, hoy inhallable, nos tomamos el tiempo suficiente para desarrollar en una entrevista la historia que cuenta De Las Margaritas 5, ese tiempo fue una tarde de verano en su casa. Excelente anfitriona.

Cuenta Liliana: «Siempre escribí poesía, algunos relatos. Cuando en 2012, poco antes de un anunciado viaje mío a Chile, el Payo tuvo un ACV, fui a verlo al hospital y ese fue un motor importante para contar mi historia. Comencé a escribir y ya en pandemia, casi diez años después, junté los pedacitos y empecé un taller de escritura con Oscar Marful, en la calle De Las Margaritas en Ciudad Jardín». En la calle De las Margaritas, el mismo nombre de la calle donde estaba el departamento que fue su morada en el exilio.

Nada es casualidad.

Liliana Saro en la puerta del apartamento que fue su morada en el exilio. Estaba en ubicado en «De las Margaritas 5» (de allí el nombre de su libro) a unos cien metros de Elsassstraße en Leipzig, en la vieja Alemania oriental.

Liliana es la menor en una casa de una familia tipo, «gente de laburo, vivía en Villa Adelina, éramos mi mamá, peluquera; mi papá, jardinero y mi hermano Augusto. Mis viejos vinieron de Italia muy chicos. Los dos muy laburantes. Mi mamá muy inquieta, muy lectora, autodidacta que había hecho hasta tercer grado pero tenía una garra enorme».

Comenzó sus estudios universitarios para Medicina en la UBA. Allí conoció a Mariano, que estudiaba Bioquímica. El clima de época era espeso, con mucha carga política en las calles y en particular en las universidades. En 1974, tras la muerte del presidente Juan Domingo Perón asumió como ministro de Educación Oscar Ivanissevich, marcando el pulso que tendrían las casas de estudio en el nuevo gobierno de Isabel Perón. La UBA sufrió la intervención de Alberto Ottalagano que durante 100 días de su gestión se ocupó de «depurar ideológicamente» a las universidades que eran, según él, «un nido de comunistas». Un período nefasto de persecuciones, detenciones y muertes

Cuenta Liliana que en 1975 «allanaron mi casa, a las 2 AM, entraron, ingresaron a mi habitación, revolvieron mis libros de medicina. Imaginate que en 1975 mis apuntes estaban repletos de panfletos que te entregaban en todo momento y vos metías en cualquier lado. Yo tenía guardada la insignia de Policía Militar de mi hermano, que había hecho el Servicio Militar ahí, y la guardaba de recuerdo. Con todo eso y un libro de Eva Perón me hicieron un expediente y me llevaron presa, incomunicada, en abril de 1975. Ahí nos enteramos que mi hermano Augusto había sido detenido en Santa Fe, imaginate mis viejos»

«Me llevaron a la Brigada Femenina de San Martín, donde estuve hasta una audiencia con el Juez, que me sobreseyó en forma provisoria por falta de mérito».

Una nota de color y necesaria de contar es que esa causa se cerró recién en los ´90, cuando la ley de Seguridad Nacional que le había dado origen, si bien no estaba formalmente derogada, ya había caído en desuso.

En septiembre de 1975 Liliana vuelve a ser detenida volanteando por la libertad de dos compañeros de curso de Medicina que habían caído presos en ese momento. La policía ya tenía una garita dentro mismo de la facultad.

«Me llevaron a la comisaría 19. Salí rápidamente en libertad gracias a la intervención de un funcionario amigo, y a partir de ahí no me dejaron en paz: cada vez que ingresaba a la facultad me seguían, me revisaban el bolso, literalmente me lo daban vuelta en los pasillos, en el ascensor, donde me encontraran. Todo se puso cada vez más complicado. Cuando salí de la Brigada de San Martín el abogado me dijo ‘Olvidate de vivir en la casa de tus viejos’, ahí empecé a ir de casa en casa, alquilé un departamento compartido con una desconocida que terminó siendo muy amiga, pero había secuestros todos los días por todos lados.

Cinco días después del golpe de estado de 1976 estábamos saliendo de un cine con Mariano en la esquina de Pueyrredón y Santa Fe, y vi a los mismos canas que me habían detenido en la facultad, los de la comisaría 19. Estaban parados esperándonos entre la gente. Supe después que nos habían visto entrar y nos esperaron a la salida. . Quisimos cruzar y subir a un colectivo y no pudimos. Nos siguieron, nos detuvieron, pararon un taxi -no tenían móvil porque estaban de franco- y nos llevaron directamente a un centro clandestino de detención que nunca pudimos identificar. En cuanto se enteraron por amigos que habían visto a distancia el procedimiento, nuestros viejos presentaron inmediatamente un recurso de Habeas Corpus. También recurrieron a un conocido de mi padre, un comodoro que no comulgaba con la represión ilegal, que era profundamente católico militante y que opinaba que los presos debían ser legalizados y juzgados. Esta persona hizo averiguaciones sobre nosotros. Al tercer día de nuestro secuestro escuchamos que alguien preguntaba por Mariano y por mí en la reclusión y unos cuantos días después nos liberaron, mientras nuestras heridas, golpes y quemaduras de la tortura se iban sanando. Estuvimos todo el tiempo encapuchados y mi sensación era que estábamos en celdas con un pasillo de por medio. A Mariano lo habían golpeado mucho en los riñones, a mí me abrieron el cuero cabelludo a culatazos. En un momento durante el cautiverio escuché que le decían a Mariano ‘decile que estás bien’ y él me respondió.

El tipo que mejor me había tratado durante el encierro, que me permitió bañarme cuando se lo rogué, porque era un espanto, dirigió el traslado de nuestra liberación. Nos explicó cómo nos iban a liberar, que nos pegarían y nos ordenarían que no levantáramos la cabeza del suelo hasta 20/30 minutos después de que el móvil se retirara del lugar. Y así fue. A Mariano lo liberaron cerca de un dispensario, pudo llamar enseguida a sus padres. Siguieron unos veinte minutos más de recorrido y a mí me liberaron en un pastizal, en algún lugar que creo era de zona Sur, cerca de una avenida, podía ver las luces desde donde estaba. Caminé unos cuatrocientos metros hasta allí y vi un colectivo que decía Constitución y me lo tomé. Sentía que tenía a los tipos detrás mío, sentía que estaban ahí, los podía oler. Es lo que te queda después del cautiverio. El chofer del colectivo me dejó subir sin pagar. No tenía dinero, mi estado era desastroso. Por pena o por asco me dieron el asiento, tenía la ropa manchada, el pantalón roto, la cabeza enmarañada y con sangre seca.

En ese estado de paranoia y miedo, sin poder trabajar ni estudiar, comienza la idea de salir del país. Yo tenía 21 años. Era marzo de 1976.

Los padres de Mariano eran investigadores, habían vivido en el extranjero y nos ayudaron a presentarnos para aplicar en becas de estudios en el exterior, nos inscribimos en varios países (Italia, Inglaterra, Francia, etc) y confieso que me enojé mucho cuando la primera que nos respondió fue Alemania Democrática.

La Alemania Oriental, la RDA, República Democrática Alemana, un estado socialista que estuvo vigente durante toda la Guerra Fría y que estuvo separada de Alemania Occidental por el famoso muro que se construyó en 1961. 

No sabía una palabra de alemán. Sentía que en Alemania estaba todo hecho. Yo acá militaba en el centro de estudiantes, veía que había mucho por hacer. Pero no, no era así, en todos lados había mucho por hacer. No tenía una idea clara tampoco adónde iba, sabía que iba al socialismo».

Liliana siempre tuvo recursos intelectuales para afrontar lo que le planteaba la vida, y uno de ellos fue el arte: «Me fui con una gira de folclore y tango a la Unión Soviética, un grupo de danza y música. Fui como solista folclórica, junto a un solista y una orquesta de tango y un grupo de ballet.»

Liliana Saro cantando en Moscú, Rusia, como parte de una gira de un grupo de danza y música argentina que se hizo por la antigua Unión Soviética en 1976. Liliana fue como solista folclórica.

Después de 38 horas de vuelo y varias escalas, llegó a Rusia en julio de 1976. El primer impacto fue llegar a la Plaza Roja. 21 años. Nunca antes había salido del país.

«De vuelta en Moscú, una vez finalizada la gira por doce ciudades soviéticas, un avión me llevó a la RDA, específicamente a Leipzig. Allí convergían, para el aprendizaje del idioma, los estudiantes extranjeros. Se armaban grupos de estudio en el Instituto Herder, en Leipzig. En el nuestro éramos 7 u 8, hondureñas, hindúes, mongoles, chipriotas, palestinos, peruanos que llegaban por razones políticas o convenios gubernamentales. Al principio nos comunicábamos en inglés o francés. Cursamos el Instituto de idiomas durante 10 meses, y de allí a las carreras a las que nos habíamos inscrito.

Cuando salí de la Argentina estaba por empezar tercer año de la carrera, en todo ese período de persecución no había podido rendir los finales de segundo, solo parciales. Finalmente me dieron a elegir entre rendir libres los finales o recursar segundo allí y elegí en Alemania arrancar desde segundo año.

Con Mariano ingresamos como matrimonio, para que no nos separaran, él era bioquímico, con el correr del tiempo y los avatares de esta nueva vida terminamos separándonos en Alemania, igualmente con mucho cariño de por medio».

Liliana con el cantante uruguayo Daniel Viglietti en un tranvía de Berlín Oriental en febrero de 1980, cuando se realizó el 10º Festival de la Canción Política (Festival des politischen Liedes), organizado por la Juventud Libre Alemana (FDJ).

En ese circuito inevitable del exilio, de reuniones y peñas, y ya viviendo en De las Margaritas 5, (su casa en Leipzig y el título de su libro), conoció al «Payo», Gonzalo Grondona, un músico que formaba parte del movimiento de la nueva canción chilena y que enfrentaba la salida de su país tras el golpe de Augusto Pinochet en 1973. Entre libros de medicina y guitarras, interminables giras por Europa y con la mente puesta en Latinoamérica desde la RDA se enamoraron y se casaron.

Liliana y amigos en el otoño de 1977.

«En Leipzig me relacioné con gente de todo el mundo, que están por todo el mundo, y que hoy son hermanas y hermanos.

La comunicación telefónica en esos momentos era imposible, todo era vía correo, escribíamos cartas, era una comunicación demorada porque entre carta y carta pasaba casi un mes. Y extrañaba mucho.

Mis padres estuvieron muy pendientes de todo el recorrido de mi hermano, que estuvo detenido casi siete años. Fue duro pero llevaron toda la situación de sus hijos como pudieron, con mucha garra, como era habitual.

Ellos por separado pudieron ir a visitarme en Europa, fuimos a sus pueblos en Italia, mi mamá pudo conocer Alemania. Mi papá pudo volver cuarenta años después a su pueblo.

El socialismo de Alemania era muy parecido al de la Unión Soviética, estábamos pegados, en el bloque socialista. Alemania, por la característica que tenía, -Berlín Occidental, geográficamente dentro del territorio de la RDA-, era un estado protegido y a su vez una zona de ocupación.

El socialismo tenía cosas maravillosas y otras que no lo eran. Decidimos ingresar como estudiantes, para poder salir del país. Los exiliados políticos, al igual que los alemanes orientales, no podían hacerlo, salvo a países del bloque socialista. Eso me permitió ver a mis familiares en Italia, a Mariano poder hacer un doctorado en Francia.

Realmente no entendía las quejas de los jóvenes: podían estudiar, tenían subsidiados los libros, tenían trabajo, vivienda, salud gratuita, el futuro laboral asegurado, hogares para la ancianidad, guarderías para los niños, todo sin pagar un centavo. Podías tener garantizada la educación y el futuro de tus hijos. Todo eso me parecía que no podía ser motivo de queja. Sin embargo reclamaban más libertad, había literatura que no entraba, no estaba permitida. Gran parte de la disidencia se canalizaba a través de la iglesia, pero no era tan terrible como siempre lo han contado. No era la propaganda que se vendía en occidente. Tuve compañeros que eran absolutamente opuestos al sistema y nunca les tocaron un pelo. Vos en Alemania tenías que laburar o estudiar. Eso era ley. Cuando empecé a cantar me dijeron ‘Nosotros te pagamos para que estudies, podes cantar o estudiar’. Y seguí estudiando hasta recibirme». Y en otro idioma.

«El exilio para mí fue una salvación. Muchos de mis compañeros y compañeras no corrieron con la misma suerte, Diana Oesterheld fue mi mejor amiga del secundario. Diana era la segunda hija de Héctor Germán Oesterheld, escritor y guionista de El Eternauta, entre otras muchas publicaciones. Ella, sus tres hermanas, los compañeros de tres de ellas, y su padre permanecen desaparecidos.

Hubo exilios dolorosos, gente que lo ha pasado muy mal, hijos que siguen siendo exiliados, que hoy no saben a dónde pertenecen. El exilio siempre es doloroso, pero a mí me dio herramientas.

Igualmente pienso que el exiliado sigue siendo exiliado de por vida. En mi caso, sigo extrañando mucho Alemania. Pasé allí de mis 21 a los 27, una época importante en la formación de una persona. Allí buscábamos todos una familia contenedora; pensá que en muchos casos venían de familias diezmadas, corridas por las dictaduras.

Esa diáspora sigue vigente en todos lados del mundo, las redes sociales nos han acercado nuevamente. Está claro que nos une el cariño y el tiempo compartido. Y nos une de por vida.

En la ciudad Carlos Marx hacía prácticas en los hospitales. En el último año, dos o tres guardias por semana y fin de semana por medio. Ya era una alemana más. Durante la guerra de Malvinas me quedé a cargo de una sala y los pacientes me decían cada mañana en la recorrida: ‘A ver si Argentina pone una cuota de cordura en este conflicto’.
Cuando terminé de rendir los finales en 1982, defendí mi tesis y existía la posibilidad de quedarme cuatro años más y hacer un postgrado, o volver. Si hubiera hecho el postgrado seguramente no habría vuelto. Mi hermano había sido liberado a fines de1981 y yo quería verlo. El Payo había regresado a la Argentina de paso a Chile, que le había permitido el retorno. Y yo ya quería volver…

Me encontré con un país que seguía en dictadura, en el que me costó reubicarme, con una sociedad con menos miedo, que seguía cantando las canciones de Sui Generis, las que eran parte de mi adolescencia. Eso me emocionó mucho.

La historia de vida de Liliana Saro, todo lo que genera el destierro lo cuenta en su libro «De las Margaritas 5».

En Argentina, apenas regresada, comencé a trabajar ad honorem en el Hospital Castex. Tuve que aprender de cero muchas cosas, increíblemente, el idioma médico de nuestro país, oral y escrito. Yo escribía en alemán. Además, no podía ejercer como médica hasta revalidar el título. Me mantenía haciendo traducciones para laboratorios y revistas de medicina. Cuando por cuestiones administrativas, que luego se consideraron inadmisibles, mi reválida se trabó, decidí hacer otra carrera y me recibí de traductora pública de portugués. Hubiera querido estudiar letras en la UBA, pero ya tenía tres hijos chicos y la exigencia era demasiado alta. Muchos años después pude finalmente revalidar mi título alemán en la UBA».

En el Hospital Castex de San Martin, hoy Eva Perón, conoció a Ricardo, cirujano de su misma guardia, quien fue años después el padre de sus dos hijas y su hijo. Se mudaron en 1987 a Hurlingham donde Liliana tiene una hermosa familia, es abuela, tiene una activa vida y disfruta de ella.

Liliana reflexiona hoy: «Con la caída del muro (9 de noviembre de 1989) se perdieron una excelente oportunidad de hacer un país maravilloso, porque si hubieran tomado las cosas buenas que tenía y corregido las malas, otra hubiera sido la historia; la unión de las Alemanias fue una mera anexión, no fue una reunificación, los alemanes del Este fueron absolutamente perjudicados, les expropiaron tierras, fábricas, quedaron sin trabajo, fue muy triste lo que pasó.

Yo también, como mis padres con Italia, pude volver a Leipzig cuarenta años después, a fines del 2024. No fui al mismo país, claramente. No es la misma Leipzig que conocí; ahora tiene toda la cultura occidental, sigue siendo una ciudad preciosa, pero le falta la magia de esa ciudad gris y sepia, eso que yo conocí y habité.

La casa de la calle de Las Margaritas fue demolida en el 2000, no se sabe de quién es la propiedad. Ahora hay árboles en ese espacio. Recorrí los lugares que habitaba, reconstruyendo de alguna manera mi historia. Y salvo algunos amigos contados, ya no me quedan contactos allí.

Entendí que mi generación, en pos de la militancia, y del compromiso político, pensando en el hombre nuevo, obvió hacer muchas cosas que los chicos hacían. A veces me comparaba con compañeros míos de mi edad en el hospital, que decían ‘Cuando fuimos a bailar a…’ y yo nunca había ido a bailar. No estaba en los planes. A lo sumo íbamos a peñas, a cantar, a tomarnos nuestros primeros vinos. Era totalmente diferente: veíamos una luz de cambio, pensábamos que era posible la solidaridad, la paz, la libertad, la construcción de un mundo mejor. Discutíamos si primero debía cambiar el hombre o la sociedad, discusión que nunca quedó saldada, ni siquiera en la historia.

De alguna manera, pude ver esa luz en Alemania Oriental durante mi estadía del 76 al 82. Sentía que era un paso adelante. Pero se cayó y por algo se cayó. Por algo los jóvenes festejaron borrachos y felices en las puertas de Brandemburgo la apertura de la frontera, la caída del muro. La historia siempre nos deja planteados interrogantes.»

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