El ataque a Radio Belgrano en Hurlingham como parte del Golpe a Perón en 1955

Un sabotaje perpetrado por los Comandos Civiles a la planta transmisora ubicada en Hurlingham, fue una acción central en favor de la llamada “Revolución Libertadora” que destituyó al gobierno constitucional el 16 de setiembre de 1955. Los rebeldes que participaron de ese ataque contra la radio se hacían llamar “los soldados del silencio”, porque se trataba justamente de “silenciar” lo que ellos consideraban un arma del peronismo.

A la hora 0 del 16 de septiembre de 1955 el general Eduardo Lonardi inició formalmente el levantamiento militar en Córdoba. Las guarniciones rebeldes de la Marina y el Ejército comenzaron a movilizarse con el objetivo de derrocar el presidente Juan Domingo Perón.

El golpe necesitaba que el gobierno peronista no pudiera usar la enorme potencia de las radios de Buenos Aires, como Radio Belgrano, que tenía su planta transmisora en Hurlingham. Era necesario despejar el espectro radiofónico para que el alzamiento militar tuviera éxito.

A las 2 y 5 de la madrugada del 16 de setiembre los Comandos Civiles entraron en acción, atacando la planta de la calle Pedro Díaz.

Pocas semanas después del Golpe se publicó el libro «Así cayo Perón: Crónica del movimiento revolucionario triunfante» elaborado colectivamente por un grupo acreditado como «Diez Periodistas Argentinos» coordinado por Raúl Lamas, con una editorial que llevaba su nombre, creada ese año para «escribir la historia del régimen de Perón y los detalles de su caída». La Editorial Lamas perduró poco más de un año. Sus oficinas estaban ubicadas en el centro porteño, en la calle Cangallo (que después fue Perón).

En el capítulo III de «Así cayó Perón» («La batalla de las radios») se describe el agresión armada de los comandos civiles a las plantas transmisoras de Buenos Aires.

Trascribimos el apartado «Sabotaje en Buenos Aires» que relata de manera detallada la ofensiva que tuvo lugar en Hurlingham contra Radio Belgrano:

SABOTAJE EN BUENOS AIRES

Tan importante era el papel de la radiotelefonía para las acciones de los rebeldes, que el comando de los civiles de Buenos Aires había adoptado desde hacía cierto tiempo las medidas necesarias para lograr la paralización del funcionamiento de algunas transmisoras del Gran Buenos Aires o la disminución del alcance de sus ondas. Se prepararon inteligentes y arriesgados planes para cumplir ese objetivo.

Se sabía que el logro de esa disminución de la potencia habría de resultar vital para la marcha de las operaciones, si se tiene en cuenta que de ese modo resultaría muy difícil para las transmisoras realizar las interferencias ordenadas por el Comando de Represión con el propósito de incomunicar a la ciudad con las radios de Montevideo o con cualquier otra emisora revolucionaria.

Un grupo de técnicos tiene a su cargo esta tarea, al mando del ingeniero Carlos Burundarena, que planifica el silencio de las once estaciones de radio cuando llegue el instante oportuno. Se asigna un equipo de diez hombres para cada planta transmisora en Pacheco, Florida, Ciudadela y otros sitios. Estos equipos fueron convenientemente preparados para el trabajo en común, y al cabo de algunos días de práctica conocían perfectamente su cometido, los hombres se habían conocido bien y cada uno sabía qué podía esperar de sus compañeros y de sí mismo.

Llamadas telefónicas, rápidos mensajes, señales convenidas, convocaron a los soldados del silencio para el día 15 a las 19. Se dio la orden general de ¡alerta! Pasadas dos horas, la junta de comando civil recibió una comunicación radiotelefónica, merced a la intervención de algunos aficionados complotados, en la que se anunciaba que el levantamiento se iba a producir en Córdoba a una hora determinada.

A partir de ese momento entraron en acción los grupos de radios, a cuya arriesgada labor se debió uno de los primeros triunfos de la revolución, logrados con el coraje, primero, y con el recio espíritu de sacrificio, después, como consecuencia de la privación de la libertad que sufrieron muchos de los participantes en la acción.

El grupo de radios del norte fue dividido en secciones de tres hombres cada una. Una de ellas recibió esa noche la orden de trasladarse con todas sus armas, y en el automóvil puesto a su disposición, a un sitio determinado, donde debían encontrarse con otros siete participantes. Todavía no sabían cuál era su objetivo. Reunidos los diez miembros del grupo y apretujados en el interior del coche, se enteraron a último momento de que su misión consistía en volar la antena de la transmisora de Radio Belgrano, ubicada en los alrededores de Hurlingham. Para esta operación, que tenía por objeto disminuir la capacidad de la emisión y alcance de esa broadcasting, cuentan con armas largas, un fusil ametrallador y unos cuantos cartuchos de gelinita que tendrán que hacer explotar con mechas.

Apiñados en el automóvil se fueron acercando lentamente al sitio de la operación, sin que por el momento se produjeran contratiempos importantes. La nerviosidad era general.

A una orden, el coche se desvió de la ruta principal y su conductor se dirigió por un camino de tierra que uno de los miembros del grupo conocía, hasta un sitio desde donde se avistaban las luces de balizamiento de las antenas. Allí se detuvo el coche.

Tres de los hombres, armados de pistolas y con sus cartuchos de gelinita listos, descendieron del automóvil, que continuó la marcha con las luces apagadas. Los encargados de la colocación de los cartuchos sabían que debían dirigirse a pie hacia su objetivo. Se había fijado la hora 2.30 para la colocación de los explosivos.

Mientras tanto los ocupantes del coche, tomando un camino más largo, se acercaban a la transmisora por detrás de una quinta de las inmediaciones cuyos terrenos colindan con el campo de la estación. Lo que más preocupaba a los miembros del grupo, era que no sabían a ciencia cierta si la radiodifusora contaba con personal de guardia. En ese caso, su reducido armamento y su escaso número los hubiese colocado en una notable inferioridad de condiciones para el factor sorpresa.

Los comandos civiles fueron grupos de ciudadanos organizados de manera clandestina en células secretas que actuaron como fuerza de choque urbana para derrocar al presidente Juan Domingo Perón durante el golpe de Estado de septiembre de 1955. Respondían de manera oculta a mandos militares golpistas que les proveían de armas y logística. Sindicados como jefes de los comandos de Buenos Aires figuraban el capitán Walter Viader y el ingeniero Carlos Burundarena. También participaron figuras que luego tendrían gran relevancia pública como el periodista Mariano Grondona, el hermano marista Septimio Walsh (primo de Rodolfo Walsh), Francisco Trusso, Raúl Puigbó y miembros de familias terratenientes y de la élite local (como los hermanos Lanusse, los De Vedia o los Rodríguez Larreta).

Todo era silencio en las inmediaciones. Era una noche sumamente obscura y la zona estaba desierta. Protegidos por unos árboles, y a pocos metros de la casa quinta, los ocupantes del coche se detuvieron. Uno quedó al volante. Los seis restantes, armas en mano, descendieron. Sigilosamente cruzaron el breve espacio ocupado por la quinta, saltaron el alambrado que la separa de los terrenos de la emisora y comenzaron a avanzar arrastrándose para llegar lo más cerca que pudieran a los edificios. El pasto húmedo y la obscuridad les ponían los nervios de punta. Ni siquiera tenían la seguridad de que sus tres camaradas estuvieran ya al lado de la antena. El reloj marcaba las dos y cinco de la mañana del día 16. Faltaban diez minutos para la hora señalada y estaban suficientemente cerca de las edificaciones como para que el fuego de sus armas pudiera resultar atemorizador y más o menos destructivo.

Los minutos pasaron lentamente hasta que por fin, repentinamente, la noche se iluminó con el estallido del primer cartucho de gelinita, que fué seguido de inmediato por otros tres. El estruendo resonó extrañamente en la soledad del campo.

Ya en plena acción los miembros del grupo, con su fusil ametrallador perfectamente emplazado y cuerpo a tierra con las armas largas en posición de tiro, inician un fuego cerrado contra las instalaciones. Los perros de los alrededores con sus ladridos y el estampido de los disparos, siembran la alarma. Comenzaron a iluminarse las ventanas de las pocas casas de los alrededores. Uno de los hombres había permanecido cerca de la casa quinta con orden de detener a cualquiera que pretendiese salir al exterior o adoptar cualquier actitud adversa a la operación. Ese hombre ha quedado bastante separado de sus compañeros y la soledad no contribuyó a tranquilizarlo, ciertamente.

No obstante, a los tres o cuatro minutos de fuego nadie ha salido de su casa y los atacantes consideraron que no iban a ver obstaculizada su retirada. Siguieron haciendo fuego durante unos quince minutos, sin que de los edificios de la radioemisora se contestara el ataque. El objeto del fuego había consistido en la destrucción de todos los elementos técnicos posibles, tales como luces de balizamiento, instalaciones eléctricas, faroles, equipos, etc., y principalmente como factor intimidatorio para las fuerzas que hubieran podido estar a cargo de la defensa de los edificios de la radio.

Una vez que el jefe del grupo hubo dado por cumplida la misión que había tenido por objeto disminuir el alcance de las instalaciones de Radio Belgrano, se inició un ordenado repliegue hacia el automóvil. Una vez en el vehículo, el grupo retornó hacia el norte, con la consiguiente alegría. Los tres hombres que habían efectuado la colocación de los cartuchos de gelinita no habían sido recogidos, por cuanto había considerado más seguro que se buscaran otros medios para regresar a la capital que les debían ser asequibles, ya que conocían perfectamente la topografía del lugar y sus inmediaciones.

Los siete hombres retornaron a sus casas particulares para dejar sus armas y se dirigieron a cumplir el resto de su misión en la zona portuaria. El coche fue detenido por la policía caminera, que previa revisión les permitió continuar la marcha. No obstante, al llegar a la altura de la avenida Madero y su intersección con la calle San Martín, advirtieron un movimiento inusitado. Personal de la Prefectura Marítima hizo detener en ese momento el coche, y tras de una revisión más prolija que la anterior, se produjo el hallazgo de un revólver en el asiento del automóvil y de un proyectil que había quedado olvidado. Los miembros del grupo fueron inmediatamente detenidos y no pudieron llegar al Arsenal Naval, que era su destino.

Los detenidos fueron a engrosar el grupo de civiles que había sido arrestado en las cercanías del Hospital Naval Central y no recuperaron la libertad hasta después de la revolución.

Tal es en síntesis el relato del ataque a las instalaciones de Radio Belgrano, que si bien fué coronado por el éxito, constituyó una operación sumamente riesgosa desde todo punto de vista, como lo fueron las similares que se cumplieron en Radio Splendid y en Radio Pacheco, en condiciones parecidas.

Esta fue la lucha de los conspiradores civiles porteños, conocedores de la importancia extraordinaria que habría de asumir para el movimiento la actividad radiofónica. Ellos participaron en las acciones de la gran batalla de la radio, campo de combate intenso y difícil, donde el triunfo también coronó los esfuerzos de la revolución.

Y fueron esos grupos de radios justamente los que, como señaláramos en otro lugar de este mismo capítulo, hicieron lo imposible por conseguir que la red de radiodifusoras controladas por los leales no pudieran interferir las voces de la libertad. Ese objetivo fue ciertamente logrado.

Aporte documental del Gabriel Alfieri.

Publicado en EL CLÁSICO edución de setiembre.

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