Una guerra contra el frío, contra el hambre, contra los ingleses y contra nosotros mismos

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Por RAÚL A. CORIA y RODY RODRIGUEZ.

A Gustavo muchos lo conocían desde chico como Pelo Sáez. Por sus rulos o por esa revista mítica de los 80 dedicada al rock. Mientras hacía su secundaria en el Echeverría le tocó el 546 en el sorteo por la colimba, y junto con sus rulos, tuvo que dejar la guitarra para aprender a usar las armas. «La idea de hacer el Servicio Militar siempre era para todos una pesadilla que a mí se me cumplió. La verdad una porquería, y encima en esa época… con las botas re contrafirmes en el poder».

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Gustavo Pelo Sáez, estuvo destinado al Regimiento de Infantería Mecanizado 3 ‘General Belgrano’ en La Tablada. «Cuando me faltaban apenas dos semanas como mucho para irme, salta lo de Malvinas. Ese 2 de abril yo estaba de guardia en el regimiento, en un puesto alejado, y empezamos a sentir el rumor de que se tomaron las Malvinas. Ahí ya me dije, esto va mal, muy mal».  Gustavo, como la mayoría de los chicos, no estaba familiarizado con las Islas Malvinas. «Para mí era hablar de otro planeta, como los planetas nuevos que descubrieron ahora, a 39 años luz de la tierra. En el regimiento nos estaban preparando para otra cosa, nos preparaban para reprimir la movilización que se estaba organizado para el 30 de marzo en Plaza de Mayo. Nos estaban preparando con los fusiles y las bayonetas en las puntas de los fusiles para ir a reprimir esa movida, donde seguro me iba a encontrar con gente amiga. Finalmente no sé qué pasó que decidieron mandar un par de tanques con suboficiales y a nosotros nos dejaron en el regimiento». Horas después de que una multitud se animara a expresar su repudio a la Dictadura, hubo lo que Sáez considera «una euforia inexplicable» por la toma de Malvinas. Euforia que también se daba en no pocos soldados. «Yo tenía compañeros que ya se sentían Rambo, eran Rambo, mientras otros locos decíamos ‘nos van a matar a todos».

El 2 de abril fue el desembarco en Malvinas y regimiento de Tablada viajó el día 11. Antes, Gustavo tuvo la ingrata labor de ir a notificar la reincorporación de algunos chicos que ya habían tenido su baja. «Por ejemplo el soldado Martín Bava que ahora es Juez Federal en Azul, y que vivía a metros de la iglesia (Sagrado Corazón), le llevé yo la carta, me sentí mal por eso. Años después me lo encontré y me dijo vos no tenés la culpa de eso, quédate tranquilo», recordó Sáez.

El 11 de abril de 1982, a las 11.30 hs, en la Base Aérea de El Palomar, con muchísimo calor, los soldados del Regimiento Tablada, estaban esperando ser trasladados a las Malvinas. «A las 7 de la tarde nos subieron en un 707, un jet chiquito, inclusive ese avión no tenía ni butacas, fuimos sentaditos en el piso y de ahí volamos hasta Rio Gallegos y ahí hicimos trasbordo también en otro jet que si tenía butacas y era más cómodo, era un avión de línea con el Capitán diciendo ‘buenas noches, vamos a volar a las islas Malvinas, estamos a tal altura, etc.» y nos deseó un buen viaje y toda esa gilada, increíble… ¡buen viaje! y nos llevó a la guerra, la puta que lo parió».

Pelo Sáez recuerda esas primeras horas en Malvinas, cuando se trasladando desde el aeropuerto al sudoeste de Puerto Argentino «esa se suponía era la primera línea donde se esperaban los ataques de los ingleses, que efectivamente llegaron al continente por ese lugar, pero después dieron la vuelta y entraron por atrás de lo que esperábamos. O sea, nos abrocharon por atrás, y ahí muchos murieron. Si llegaban a entrar por ese lado moríamos primero nosotros, indudablemente. Para fortuna de nuestro regimiento no fue así».

«La primera noche teníamos que empezar a hacer pozos, algunos armaron las carpitas y nosotros la primera noche dormimos debajo de una piedra, y nos cagamos de frio, a ver, nos recontra cagamos de frio, y así fue desde que llegamos. Cuando terminamos los pozos, algunos conseguimos unas chapas para tapar los pozos, y dormíamos ahí. Eran pozos de este ancho (hace señas de no más medio metro), y profundidad de más o menos de metro y medio, como para que entren dos personas, no más. Además eran difíciles de cavar porque había zonas de piedras. Y nos tocó dormir con medio pozo con agua, o sea, todo el culo adentro del agua. Era una cosa muy angustiante, era mucho, mucho frio y por ahí nos asomamos de esa piedra y estaban las estrellas, grandes y redondas todavía, o sea, era de noche, una noche larga, y nos tuvimos que abrazar entre nosotros porque era mucho el frio que sentíamos, mucho, mucho. Y nos asomábamos y las estrellas seguían ahí, y no terminaba nunca esa noche. Durante el día también seguía el frio, pero después de un par de días ya empezamos a acostumbrarnos. Además había un poco de sol y al principio comíamos un poco: unas sopas con fideos, un poco de polenta, un poco de pan, no muchas más».

Gustavo Sáez ya había pasado «todo un maldito año» como soldado, pero muchos de los que fueron a Malvinas, lo hicieron con apenas algunas semanas de instrucción. «A mí me entrenaron para manejar la MAG, que era una ametralladora calibre 7,62 igual que un FAL, un arma semi pesada, más grande, más polenta, y a esa arma la armaba y la desarmaba con los ojos cerrados, y además hacía carrera march, el corra para acá o corra para allá, lo hacía con ese arma encima, y si el fusil pesaba 5 o 6 kilos esa arma pesaba unos 12 kilos. Lo ridículo es que cuando llegamos a Malvinas me designan como el radio operador, o sea, estuve un año con una ametralladora encima y me designan radio operador. Mi armamento provisto era sólo una pistola 9 milímetros, ¿qué podía hacer con eso? convengamos que era para suicidarme».

Desde el 1° de mayo hasta el final del conflicto bélico, las posiciones del Regimiento 3 de La Tablada fueron blancos permanentes de bombardeos navales, terrestres y aéreos. «A la noche los Sea Harrier pasaban cerca de nuestras cabezas. Los ingleses usaban bengalas que transformaban durante un rato la noche en día, y eso te hacia fruncir el cerebro».

El 11 de junio, el día de la visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina, Gustavo Sáez y sus compañeros del Regimiento sufrieron los más duros ataques. «Esa madrugada los ingleses nos atacaron toda la noche. Yo estaba en el pozo con Sánchez, un chabón del que nunca me voy a olvidar, y al lado caían las bombas. Era como la serie Combate, era eso (imita los ruidos de metrallas y disparos). En un momento yo me quise ir a la mierda del pozo, y Sánchez me dice ‘¿qué hacés boludo?’ y me grita ‘¡quédate acá!, quédate acá y ponete el casco’, y en ese momento recapacité, me puse el casco y me quedé en el pozo. Y me salvó la vida».

Más allá de los sangrientos combates con los militares ingleses, para Pelo Sáez, también fue muy grave las agresiones de las propias Fuerzas Armadas Argentinas para con sus soldados.

«Fue terrible lo vivíamos a diario, el maltrato de nuestro ejército para con nosotros, para la propia tropa. Maltrato productos de los golpes, de los estaqueados, me acuerdo de un soldado que se llamaba Márquez, de la clase 63 y que se había escapado a comprar comida al pueblo, cuando volvió el Sargento Primero Mesa lo estaqueó todo un día. Una crueldad sin límites. La tensión que se vivía con estos milicos, con el propio ejército, era diaria. El maltrato era permanente, había un soldado que todas las noches lo ponían de guardia y se dormía, entonces todos los días sistemáticamente lo cagaban a palos. No me los olvido más, el cabo Arce lo cagaba a palos, un maldito hijo de puta, y el cabo Torrecino otro maldito hijo de puta, dos lacras destacadas junto con el sargento primero Messa, eran la maldad hecha persona».

Para muchos chicos que estuvieron en Malvinas, el enemigo a vencer no solo eran los ingleses, el hambre jugó un papel aterrador: «Nosotros hasta el último día de abril comimos, mayo se hizo difícil y junio imposible. Descubrimos un pastito dulzón rojo, eso comíamos. Lo sacábamos de la tierra y comíamos eso. El día de la rendición encontré tirada una cebolla y me la comí como una manzana».

prisiones argentino en pto argentino foto bbc

Fueron 2 meses y tres días que para Gustavo Sáez fueron eternos, la lucha contra el frío, contra el hambre, contra el maltrato de los propios superiores y el miedo constante del ataque enemigo. «Había días que no escuchabas tiros y otros que escuchabas tiros no muy lejanos, pero siempre estaba eso de que vienen, en cualquier momento vienen, donde van a aparecer… el frio y el hambre fue muy, muy cruel, queríamos que todo se termine, que nos maten o que matemos a todos, pero basta de eso, era insoportable. A nosotros dos semanas más nos mataba el hambre y el frio, no los ingleses, el hambre y el frio. Yo vine con catorce kilos menos y vino gente con menos kilos todavía».

A los relatos naturalmente dramáticos que acompañan siempre las historias de guerra, se suman historias absurdas, dramáticamente absurdas. «Yo he visto aviones argentinos derribados por el propio Ejército Argentino, yo vi dos, un día un Mirage luego de atacar a un avión inglés fue derribado por un antiaéreo argentino y desapareció en el mar. Después un Súper Etendard también lo derribó el Ejército Argentino pero en ese caso el piloto se eyectó y es probable que se haya salvado». Para Sáez hay una explicación: «el Ejército argentino es un ejército inoperante».

En esos 64 días, Pelo Sáez recuerda alguno de sus compañeros, al citado Sánchez que le salvó la vida, al Pepe Basualdo, «con el que no nos llevábamos muy bien, él era medio huraño y yo medio pelotudo, era una combinación fatal»«Me acuerdo de Álvaro Simonetta un pibe que lo atravesó una munición de FAL en el pecho, una cosa terrible». La Compañía a la que pertenecía Gustavo no tuvo bajas «pero tuvimos que lamentar que el soldado Renato Ruiz perdió una pierna, la perdió por una mina que piso que puso el propio Ejército argentino, fue a buscar unas cosas y le explotó la mina».

También recuerda al sargento primero Mesa: «Ese tipo era un imbécil, una basura, un cagón, un sorete, que cuando tuvo que estar para la lucha me entregó el fusil y se fue».

Eso ocurrió el último de la guerra, el 14 de junio. «Ese día fue terrible, hubo ataques despiadados en todas partes. Esa madrugada por el teléfono tipo combate que teníamos, -porque la radio que yo tenía no andaba porque las baterías nunca funcionaron- nos avisan que nos teníamos que preparar, que teníamos que ir a combate, entonces levantamos el equipo y nos fuimos para el pueblo, en medio de tropas que iban y veían, ataques, los helicópteros que trasladaban a los antiaéreos, bum, bum, bum y en ese momento viene mi jefe el sargento primero Messa y me dice ‘tenga solado’ y me da su fusil y desapareció. Yo me puse contento, porque además de la 9 milímetros tenía un fusil, dos cargadores, y además esa mierda de equipo de radio, que era un aparato que llevamos al pedo pero por lo menos me protegía la espalda».

En medio de ese caso, Gustavo Sáez y dos o tres compañeros deambulaban por Puerto Argentino. Fue cuando decidieron ir a una casa de un kelper: «pum, pum, golpeo y nadie. Cargo el fusil y volé la cerradura, patee la puerta a lo Charles Bronson y entramos y estaban las hornallas encendidas, o sea, o estaban arriba o en un sótano, nosotros tampoco sabíamos bien que hacer y con qué carajo nos íbamos a encontrar. Como te decía estaban las hornallas prendidas y comida haciéndose, y por supuesto atacamos a la comida, había verduras y papitas, obvio que nos comimos todo, en la alacena había cerecitas enlatadas, un budín, glup, nos comimos todo. Encontramos una botella de White Horse y la vaciamos. Nos comimos todo. Lo único que había comido en días era una cebolla. Estábamos cagados de hambre, pero ahora sí, si quieren cagarnos a tiros que lo hagan, total teníamos la panza llena. Salimos de la casa, y escuchamos que se dio la rendición. Se terminó todo y ahí reapareció el milico Messa de nuevo, y de la emoción me terminé abrazando con ese sorete»

Luego de la rendición la mayoría de los soldados permaneció en las islas un par de días más. El 16 de junio Gustavo sale de las Malvinas en el trasatlántico Canberra, «un tremendo buque que se suponía lo habíamos hundido, y estaba ahí, vivito y coleando. Nos trataron muy bien, éramos cuatro o cinco en un camarote, con calefacción y música funcional. No teníamos colchones, porque se los habían llevado para ellos, pero te imaginas todo era un lujo después de dormir 64 días dentro de un pozo con el culo en el agua helada, pasar a dormir en un camarote, con calefacción, baño privado, jabón, toallas y hasta pastillas para las náuseas. El enemigo nos trataba así, entendés, y cuando tenían que entrar al camarote golpeaban la puerta y después entraban. Cuando bajé del Canberra en Puerto Madryn les di la mano a dos soldados ingleses. Respeto total al que nos respetaba».

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Como para que el buen trato no se haga costumbre, cuando los soldados argentinos llegaron a Puerto Madryn, volvió el estilo de los militares argentinos: «Llegamos a Madryn y volvió el calvario, el grito de los milicos, los maltratos, el ‘a ver soldado, carrera march, cuerpo a tierra’. Los milicos son así, son cabezas irracionales. Después fuimos a Trelew y de ahí a la base de El Palomar, y de ahí a la Escuela Sargento Cabral en Campo de Mayo y al otro día muchas familias sabían que estábamos ahí y fueron a vernos, yo pude ver a mis viejos».

 

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1 respuesta

  1. Juanete dice:

    Hambre, frio, inferioridad ? Lo mismo que sintieron los soldados de San Martín y Belgrano. Escribir contra nosotros mismos? Somos esto. Que pensabas Pelo?

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