
El 3 de mayo de 1951, a los 44 años moría Nicolás Manzione más conocido como Homero Manzi, Fue uno de los máximos poetas del tango, pero también sobresalió como un temperamental político, de origen yrigoyenista, fundó FORJA junto a Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini, Ortiz y como ellos formó parte del primer peronismo. Hace varios años, la revista cultural “La Maga”, publicó una nota en homenaje a Manzi, escrita por el poeta Julián Centeya en 1966, que a continuación se transcribe
Escribe: Julián Centeya
Antes de entrarle a Boedo, y en su confesado meridiano de San Juan, donde le advirtió antigüedades de muros y totalidad de cielo, Homero Manzi que vivía entonces en la casita de Garay y Danhel, había hecho su aprendizaje de calles en Pompeya. De ahí que, necesariamente, su recuerdo, forma única de recuperarlo, se enmarque de alta luna asomada sobre el raleado caserío, el potrero echado, ramas de vientos estrangulándose en cañaverales, desoladas esquinas pobres, el corralón, luces amarillas de almacén tajeando el lomo de barro de la calle angosta con márgenes de zanjas, el zaguán penumbroso, el patio rectangular con laterío plantero, el turbio bodegón, la cantina gringa-codillo en aquél y murra en ésta-, el carro de media changa con baranda sentenciosa, farol de barrera, el blanco organito de Rinaldi, innúmeras lagunas, albas con coros redoblados de sapos, el decir de la guitarra desvelada, la lonja de la vereda de ladrillo, el puente de madrea, el colegio Luppi en la calle Esquiú, El Alba, en Sáenz, el boliche del griego en la calle Teuco, todo el sol de la mañanita en la calle Ventana y la lanza maestra de Almafuerte pasándolo de costado al Patronato y al vivero, el terraplén, el brotado monólogo gutural del bandoneón, la denunciada sirena de La Pilarica, un formativo en un patio de Famatina y el pregón del boletinero de última hora.
Cuando Homero llegó, Boedo era otra cosa y otro era su espíritu. La esquina de la cortada San Ignacio era la tribuna de Penelón a medias con el racimo de soldados del Ejército de Salvación ; estaba Pedro Zanetta- un Giovanni grasso de extramuros-, en el Alegría saltaba Richard Talmadge, lloraba Laura la Plante y suspiraba Silvia Sydney. Estaba en columbres La Balear y la muerte esperándolo a Eufemio Pizarro. En los altos del biarritz, José González Castillo encendería las luces de Pacha Camac y en su ancho veredón moriría de balas La Chancha; no estaba el Los Andes, pero sí la ruidosa estación del 55, y a la librería de Munner-Boedo 841- caían Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Enrique González Muñón, Roberto Arlt, Facio Hebecquer, Roberto Mariani. Había pasado, definitivamente por el barrio, Gustavo Riccio. El paraje tenía huecos para la calesita, los chiquillos y el cielo. El café Dante era la sucursal del San Lorenzo de Almagro de los Monti, Lujambio, Omar, Sarrasqueta, Gianella, Larmeu, Carricaberry… A la vuelta estaba el Bristol y se contaba que esa casita, de una sola habitación, enclavada en Independencia, vecina al actual edificio del Banco de la Nación, la había mandado a construir el mazorquero Cuitiño.
Entonces Boedo observaba tres fisonomías. La inicial, que le venía del cruce de Rivadavia. Tramo ancho, familiar, íntimo. Pedazo de calle para estarse. De Independencia a San Juan era para que lo taquearan las muchachas, y de ahí, hasta el corte de caseros-Boedo muere en cruz-, su tercer rastro era de hombre solo. Aún le queda, a esa altura, el último corralón inútil- el de San Vito-, pero otro es el café La Puñalada, que también se llamó La Paz y Huracán. Se fueron los inquilinos mayores de la vieja esquina brava: el abuelo Capurro, El Guego, Carmelo Laurino, Amadeo, Cecilio Natale, Pedrito García, Tolampa, Chingolo, El Ruso. Está, todavía, Borrás con su zapatería, pero el tiempo borró la herrería de Vicente. Frente a la escuela está la casa vacía-poblada de sombras- de los Carbonari. Puede decirse que Boedo y Chiclana no existe.
Homero Manzi se fue debiéndole su tango al almacén de San Juan y Loria, que fue su paradero inicial en el barrio. En torno de la mesa de codillo nos reuníamos con él, el taciturno Sebastián Piana, Antonio Sureda, Hugo Mac Dougall, Jerónimo Sureda, Cátulo Castillo. El Loco Papa, Hugo Castillo… Alguna vez había recalado en ese almacén José Betinotti, esperando la vuelta de María la Cigarrera, que venía de La Sin Bombo trayendo en el rostro todo el cansancio de la fábrica. No era extraño Curlando ni forastero del Todo Cazón, que gustaba evocar aquello que le había pasado a Vázquez con el negro Gabino Ezeiza.
En este turbio almacén de San Juan y Loria, Homero meditó los versos de su primer vals con música de Antonio Sureda: A su memoria, y allí concretó los versos de Viejo Ciego, tango cuya música trazaron Sebastián Piana y Cátulo Castillo.
El nuevo barrio le dio nostalgia y para limar tristezas volvió a Pompeya con el lírico pretexto del tango, el vals y la milonga. No consiguió -menos aún lo deseó- evadirse del extremo sur que fue su país. Desde antes de 5ta. Edición y después de El último organito , tango éste en el que colocara el ciego que le pidió prestado a Evaristo Carriego, su delación más concreta es, sin dudas, Sur, página con la que entiende saldar una deuda con la excusa de verse ¡todavía! Apostando en la vidriera”…y esperándote”.
Nunca más tendrá el viejo barrio-Pompeya- un narrador más sincero y más profundo. Así como inevitable. Ni tan pleno de amor. ¡ni tan él! Puesto que en Homero Manzi se dan las supremas coincidencias que es necesario padecer y el rigor de todo destino, y además, cierta resignación, que como Fierro, le haría decir, ese almacén de humo agrio y ochava, como afiche:
“Es triste dejar los pagos/ y largarse a tierra ajena”
Habitante nostálgico, muchos años después, del café Ateneo, de Petrone y Nicolás Viola, de Daniel Belluscio y Samuel Eichelbaum, de Elías Alippi y Magaña, del rengo Gatica y El Quique Roldán; nochero de la cortada Carabelas de Tulio Rosso y Torino, de Raúl riganti y El Quiso-patrón de Milloro-; hombre de la Crítica del ruso Lima y Madre Querida; Homero Manzi, cuya muerte ocurrió un 3 de mayo, habíase refugiado en una casita de la calle Oro en el Palermo que ya no puede ser aquel de Nicolás Paredes. Desde esa soledad, hecha de quietas mañanas y tardes dulcemente echadas, el poeta de “Farol de esquina, ronda y llmada,/lengue y piropo, danza y canción,/truco y codillo, barro y cortada,/pibe y glicina, fueye y malvón./Café de barrio, dato y palmera,/negra y caricia, noche y portón,/chisme de vieja, calle Las Heras,/pilcha, silencio, quinta edición.”, construyó los últimos temas que se debía a sí mismo y que la ciudad esperaba. Aníbal Troilo- Pichuco- fue el compositor que prefirió. Lo combinado entre ambos está en la mejor -por digna- antología de la memoria. Y anda en silbos y tarareos anónimos, bajo el sol de su Boedo, a la luz de la luna de Barracas, bajo la lluvia de Pompeya, como si todavía anduvieran las chatas playas que al alba dejaban-buscando el puerto- el corralón de Pisso. Su palabra-fondo, color y forma-, historiadora de pesares y leyendas, fue el recurso que necesitó para ubicarse, con talento que no se discute, frente a sí mismo, a la vida que le tocó vivir, y a la ciudad, que amó entrañablemente.
Estaba demorado en el féretro, en el hall de Sadaic, y era la última noche de su vida y la primera de su muerte. Aníbal Troilo fue con Barquita. Pichuco puso una mano temblorosa sobre la frente fría del amigo muerto. Barquita dijo:
-Esto no tiene reposición.





