Astor Piazzolla, por José Angel Trelles

Este 11 de marzo se cumple un siglo del nacimiento de Astor Piazzolla uno de los músicos más importantes del siglo XX. Entre las muy pocas voces que tuvieron el privilegio ser elegidas por Piazzolla se destaca la de José Ángel Trelles, que en las muchas ocasiones que fue entrevistado por El Ciudadano siempre hizo referencias al gran artista marplatense al que acompañó cantando en los mejores escenarios del mundo. A modo de homenaje recopilamos algunos recuerdos que el cantor, vecino de Hurlingham, hizo sobre su maestro. 

 

Por José Angel Trelles.

Tuve la suerte que Astor Piazzolla estaba en la casa de mi maestro José Carli el día que yo canté por televisión. Era un programa de intérpretes desconocidos que cantaban con la orquesta de Carli. Piazzolla fue a cenar a la casa de él y Carli le dijo «mirá, ahora hay un programa que canta un alumno mío». Esto fue en el año 1969.

Al otro día en las oficinas de la RCA. Yo estaba con José Finkel que me dice que Piazzolla comentó que yo era la mejor voz del país. Me lo quería presentar, yo no quería, me daba miedo. Para mí Piazzolla es Mozart. Ya me estaba yendo, y me lo crucé. «Che, Pibe (y me dio un bife de esos que te aflojan las muelas) te felicito, te vi ayer en lo de Pepe Carli, cantás fenómeno… no te enviciés  eh? No tuerzas la jeta, seguí cantando así, algún día se va a dar. Y seis años después, en el 75, mandó una carta a ver si me interesaba cantar con él…

Yo tenía 30 años, a punto de colgar los guantes como cantante, no tenía laburo, no tenía nada. Y llego la carta del hombre.

La experiencia de trabajar con Astor fue enriquecedora artísticamente obviamente, pero en lo personal fue algo maravilloso.

Siempre me di cuenta que el que estudia gana, el conocimiento es el arma más formidable que se pueda tener en la vida. Yo cantaba y cantar forma parte de la música, tenés que ser músico entonces, porque vas a cantar un idioma, hay que cantar el idioma, hablar el idioma, leer el idioma sino estás lejos, eso le pasa algunos músicos que no saben música, ¿cómo hacés, te tenés que aprender de memoria las melodías?

Pero cuando me llamó el viejo y mandó los arreglos de lo que había que cantar casi me muero. Yo estudiaba, pero leer eso era tremendo. Piazzolla no te mandaba las partituras con la voz solamente, te mandaba todo, con todos los arreglos que hacía en la orquesta, era muy difícil.

El hijo de Astor, Daniel Piazzolla, me dijo «vos no te preocupés, vení a casa, yo te paso los temas, lo vas a entender, los vas a estudiar y los vas a aprender»,  y me decía «mirá que mi viejo es jodido en esto, hacelo, no le digas que no», obvio que no le iba a decir que no, ni loco. Astor vino a los cuatro meses de haberme mandado las partituras, y yo ensayando esos cuatro meses, todos los días, los doce temas que me había mandado, dos en portugués, dos en italiano…

El primer ensayo se hizo en el teatro Tabarís. Llegué, miré a los tipos que tocaban con Astor, era ver la selección del mundo.

Horacio Malvicino en guitarra, Adalberto Cevasco en el bajo, Enrique Roizner en batería, Santiago Giacobbe en órgano, Juan Carlos Cirigliano en el piano, Daniel Piazzolla en percusión, Antonio Agri en el violín y el monstruo en el bandoneón.

Yo más verde que una plaza, ahí, delante de ellos. Astor me había mandado a estudiar con una alemana, Gerga Eistein, hacia cuatro meses que estudiaba con ella. Llegué al primer ensayo y lo primero que veo es que no había micrófono, estaba todo sonorizado, pero no había micrófono para cantar, porque el sonidista pensaba Piazzolla no ponía cantante.

Le digo a Astor que no tengo micrófono, y me dice «no importa, cantame en la orejita», entonces la primera parte era con guitarra y ahí yo entro a tirar todo lo que había aprendido con la alemana, con todos los tonos, ahí canto y de golpe se para y me dice «Nene, vení, ¿vos sabés porque te llamé? Yo te escuché cantar y me paraste los pelitos, así que parame los pelitos de nuevo o te vas a tu casa. La alemana sirve para cuidar el instrumento (y se señala la gola) pero para cantar hay que poner los huevos».

Ese trato riguroso lo tuvo siempre, porque por otro lado era con el único que lo podía tener. ¡No se lo iba a decir a Malvicino!, se le iba a la mierda, entonces se la agarraba conmigo. Fue Malvicino el que me lo advirtió: «vas a ser puching ball, van a ir todas para vos, preparate, ponete un cabezal para aguantar».

Arrancó la primera gira, que termina en el Carnagie Hall en Nueva York. Yo estaba parado ahí y no entendía nada. Yo ahí me avivé, que de ahí en adelante en todos esos teatros que me tocó cantar y que yo no soñé con pasar ni por la puerta, había que ir cuatro o cinco horas antes. Si la función es a las ocho, iba al mediodía, para quedarme en el teatro, caminarlo, acordarme de toda la gente que ha pasado por ahí y entonces más o menos me animo…

Después de esa gira yo grabo para la EMI El gordo triste, un tema de él y Horacio Ferrer. A los quince días de salir el disco me llamó por teléfono, y me dijo «¿Qué carajo hiciste con El Gordo Triste? ¿Cómo me grabás El Gordo Triste en Mí menor?»

Después de putearme me preguntó si lo iba a acompañar a Cuba, porque ahí sí, iba a cantar El Gordo Triste.

Un mes antes de ir a Cuba  nos encontramos para preparar el repertorio con el quinteto: Pablo Ziegler en piano, Oscar López Ruiz en guitarra, Fernando Suárez Paz en violín, Héctor Con-sole en el bajo, y él. Ensayamos y cuando tengo que cantar El Gordo Triste, veo la partitura, y está en sol menor, o sea, me subió un tono y medio, y pensaba acá me muero, y Astor me dice «escuchá el arreglo, escucha la introducción, no lo cantés, mentalmente llévalo, a ver si lo entendés».

Se emocionaba cuando hablaba de Aníbal Troilo. Antes de esa presentación en La Habana me dijo «el gordo Pichuco es el Che Guevara, entonces cuando vos vas a hablar del gordo el teatro tiene que sentir que vas a nombrar a una inmensidad, por eso no podés arrancar en Mi menor, tenés que arrancar con una nota que cuando digas ‘por su pinta poeta’ tiemblen».

El técnico cubano me regaló la grabación y ahí está cuando empiezo: «…Por su pinta poeta…» y se escucha a Piazzolla atrás diciendo «¡Yes Pepito, yes…!» está grabada su voz diciendo eso. Cuando terminamos el tema, dejo el bandoneón a un costado, me abrazo y después siguió el show.

El tipo vivía probándome, te decía «¿ves que podés llegar hasta acá?, bueno también podés llegar hasta acá». Te corría el límite, vos aprendías cosas que te parecía imposible de aprender. Sabía cuando te daba una piedra, una cosa jodida, él sabía perfectamente. Un día voy a la casa a preparar una gira que hacíamos por Lainoamerica, y me trae una cosa nueva, un tema que se llama Existir, que era una cosa larguísima, imposible de cantar, un arreglo estrafalario, era un quilombo.

Me pidió que lo estudiara y me lo grabo en el piano. Me voy corriendo a ver a la alemana, pero al día siguiente voy a la casa de Astor y apenas lo vi le dije: «esto no va maestro, no lo puedo hacer». Me miró mal, hasta con desprecio y me dice «mirá pibe, la música es fácil o imposible, un cantante lírico para poder salir en una girita por dos o tres teatritos está tres años con un repertorio, vos sos un cantante popular, una canción por ahí la aprendés en una hora, dos horas, una semana, un año pero tiene que terminar siendo fácil, sino tenés que poner un kiosko, una verdulería o dedicarte a otra cosa, así que estudiá porque lo vas a tener que cantar».

Teníamos tres meses de gira en Brasil, después tres meses entre Colombia, Perú, Ecuador y no me acuerdo por donde más. Llegamos a Brasil, prueba de sonido, número cuatro, tema  Existir, veo la partitura era una sábana, así de gigante y Astor dice «esta mejor la vemos mañana».

Pero al otro día tampoco la vimos y empezamos la gira y el tema seguíamos sin hacerlo. En el último show, en Belo Horizonte, nos avisa que el cuarto tema es Existir, yo a todo eso vivía cantando el tema, en el baño, cuando comía, todo el día, no hacía otra cosa que cantar Existir, no había otra cosa para mí. El tema duraba siete minutos, sin repetir letra, era un libro, pero yo me lo sabía todo. En ensayo, Suárez Paz le dice a Astor «vemos como sale Existir», y yo empiezo con toda la letra, tararan, tararan, tararan, y terminé. Piazzolla me dio un abrazo, un beso y me grito al oído «Así se canta esto hijo de puta, hermoso está, hermoso». Yo no sabía si reír o llorar, y me animé a decirle «Maestro… este es el único arreglo suyo que no me gusta, me molesta, no me deja cantar», y me dice «tenés razón, es una mierda, vamos a hacer otra cosa».

Quedé paralizado y me grita «viste boludo, era fácil o imposible». Todos los músicos cagándose de risas, todos cómplices, porque Existir no se iba a cantar nunca. El tema era probarme a mí.

Algo parecido me pasó con el tema Mi loco bandoneón. Lo escuché en el piano, vi mi parte y no podía cantar esto, era irrespirable. Otra vez corriendo a ver mi maestra alemana, Gelda pone la parte del piano y después de ensayarlo me dice que es complicada la respiración pero que con el tiempo podía arreglarse. El problema era que tenía que cantarla frente a Astor al día siguiente.

Era un drama sin solución. Me fui a la casa del viejo y lo primero que me pregunta es «¿Cómo viene Mi loco bandoneón?» y me sinceré: «no viene maestro, ni vendrá, no se puede respirar cantándolo». Se sonrió y empezó tocar el bandoneón y me dijo «escuchá los descansos, cuando respira el bandoneón, respirás vos, te sobra tiempo», me sonreí. Era así. Me dio una palmada y me dijo «ahora andá y ponele lo tuyo».

Un maestro.

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