Gertrude Hallet, la enfermera pionera

Por Rody Rodríguez.

Una de las primeras mujeres en graduarse como enfermera en la Argentina fue Gertrude Hallet, una inglesa radicada en Hurlingham, casada con John Ravenscroft. Gertrude fue la que donó los terrenos para que se haga la plaza de Hurlingham. Falleció a los 85 años el 6 de mayo de 1956.

Gertrude Ann Hallet Nació en 1871, en Rockbeare, un muy pequeño pueblo de Devon, al sudeste de Inglaterra, desde niña tuvo una sensibilidad especial hacia las personas más vulnerables, por eso no sorprendió su deseo de estudiar en la Escuela de Enfermería que Florence Nightingale había fundado en el St. Thomas Hospital de Londres. Pero eso no pudo ser, al menos en su tierra natal.

Gertrude llegó con sus padres a la Argentina a finales del siglo XIX. Se radicaron en Hurlingham como muchos de sus coterráneos.

En Buenos Aires se habían abierto dos escuelas de enfermería: la impulsada por Cecilia Grierson que comenzó en 1886 y la otra escuela creada en 1890 en el Hospital Británico de Buenos Aires, Gertrude decidió estudiar en ese Hospital porque allí podía alojarse (los estudiantes vivían en esa escuela que era como un anexo al hospital).

La otra gran razón es que esa escuela pionera, era dirigida por Isabel Eames, discípula en Inglaterra de su admirada Florence Nightingale.

Cuando se creó la escuela Miss Gertrude Hallet tenía 18 años. Ella formó parte de lo que fue la primera promoción.

En 1893 Gertrude completó el curso de tres años, fue la primera en hacerlo y por lo tanto la primera enfermera recibida en esa escuela y una de las pioneras en la enfermería argentina.

Dos años después, el 8 de mayo de 1895 se casó con otro vecino de Hurlingham John Ravenscroft. Ella tenía 24 años, él 39. La fiesta se hizo en en Hurlingham Club, la institución que había impulsado su flamante esposo.

El 3 de setiembre de 1896 nació su primer hijo, de nombre John como su padre, pero, afectado de septicemia, murió tres años después el 8 de octubre de 1899.

Gertrude volvió a quedar embarazada, aferrada a la esperanza de superar la muerte de su pequeño hijo. En 1901, mientras estaba de visita con su esposo en Inglaterra, nació Roy, pero otra vez la vida de la joven enfermera era castigada con una nueva tragedia. Apenas unos meses después del nacimiento de Roy, falleció su esposo John. Era muy joven, solo tenía 46 años, pero una cirrosis letal terminó con su vida.

Comenzaba el nuevo siglo. Gertrude era todavía una veinteañera, con un matrimonio que había durado apenas 7 años, que había sufrido la muerte de su primer hijo cuando tenía 3 años, y enfrentaba la vida, absolutamente sola, viuda y con un bebé de un año.

EL MODELO DE NIGHTINGALE

Cuando se desató la primera guerra mundial, en 1914, tomó la determinación, como muchos británicos radicados en Hurlingham, de brindarle sus servicios a su país, en este caso como enfermera. En esa decisión hubo también una fuerte inspiración en Florence Nightingale y su heroica actuación en la Guerra de Crimea.

Cumplió esa labor durante los 4 años que duró el conflicto bélico. Por sus heroicos servicios fue condecorada por el Rey George V con la Royal Red Cross Medal en una ceremonia en el Palacio de Buckingham. La medalla que recibió tuvo para ella una recompensa adicional: era la misma distinción que Nightingale había recibido de manos de la Reina Victoria.

Tras la guerra Gertrude volvió a Hurlingham. Más sola que antes. Su hijo Roy se había radicado en Cambridge.

Su difundo esposo llegó a tener -en su corta vida- una muy buena posición económica. Sus bienes fueron heredados por Gertrude, que pudiendo tener un muy buen pasar, no tuvo hábitos suntuosos, muy por el contrario, fue una mujer por demás austera. Rara vez se la veía con vestidos o zapatos nuevos. De hecho, desde que había enviudado en 1901 nunca dejó de vestir ropa de luto.

Cuando Roy volvió a la Argentina, se fue a vivir a Hurlingham, cerca de su madre, pero otra vez la desgracia dominó la existencia de Gertrude: Roy Ravenscroft murió en 1937, a los 36 años. Esa dolorosa soledad hizo su carácter cada vez más taciturno, aunque los que la trataron destacaron siempre su sencillez, sus buenos modales y su humildad.

Muertos su marido y sus hijos, Gertrude no tenía familiares, solo el afecto de vecinos y socios del Hurlingham Club y la compañía esporádica de algunos pocos amigos.

Uno de ellos era Délfor Díaz, que además de amigo era su médico, con él y su señora Aída Pasquini solía tomar el té algunas tardes, era una de las pocas actividades sociales que realizaba. Nunca fue a reuniones o a las fiestas del Hurlingham Club, aunque sí la institución creada por su marido, fue el lugar de residencia en los últimos años de su vida.

LA PLAZA RAVENSCROFT

Entre los bienes de Gertrude había varios terrenos, entre ellos una manzana comprendida entre las calles Las Heras (actual Av. Roca); Bartolomé Mitre (actual General Martín de Güemes); Hamilton (actual Isabel La Católica) y Sir William Pitt (actual O’Brien). Ese predio era utilizado por feriantes de frutas y verduras.

Su amigo Délfor Díaz le sugirió que donara ese predio del que casi no sacaba provecho, para poder destinarlo a una plaza. Hurlingham, a diferencia de lo que ocurre en la gran mayoría de los pueblos, no tenía una plaza central, había una en el barrio hoy conocido como casco histórico, ubicada en las calles Victoria y Mustoni.

Gertrude Hallet que siempre tuvo una constante conducta solidaria en la ciudad, estuvo de acuerdo con la donación y el 23 de julio de 1938, un año después de la muerte de su hijo Roy, hizo pública esa decisión en una carta que le había dirigido al Dr. Díaz, en el que señala: «Ratifico por la presente, lo que le manifestara personalmente, que accediendo a su pedido cedo en donación a objeto que se construya una plaza pública, la manzana en terreno de mi propiedad cita en el pueblo de Hurlingham, en el Partido de 6 de Setiembre».

En la misiva Gertrude puso en claro algunas clausulas: «Impongo como condición para hacer efectiva esta donación que la construcción de la Plaza debe iniciarse dentro de los tres meses de la fecha de transmisión del dominio y concluirse dentro un plazo no mayor de un año a partir de la misma fecha. Impongo como condición que dicha plaza lleve el nombre de John Ravenscroft en memoria de mi esposo e hijos y que dicho nombre no podrá ser cambiado por ninguna causa»

Obviamente los requisitos de la viuda de Ravenscrof fueron cumplidos y en un cartel en esa plaza quedó señalado que «Esta manzana fue donada por Doña Gertrude Hallet de Ravenscroft en el año 1941 en memoria de su esposo John Ravenscroft, británico radicado en Hurlingham a fines del siglo XIX, impulsor del naciente pueblo».

El 6 de mayo de 1956, a los 85 años, Gertrude Ann Hallet falleció en el Hospital Británico, el mismo lugar en el que se había recibido de enfermera hacía más de 60 años. La institución quiso homenajear a su primera egresada y bautizó el salón de conferencias de la Escuela de Enfermería con su nombre. Debería haberse llamado Gertrude Hallet, pero le pusieron Salón Ravenscroft, sin su nombre de pila y solo su apellido de casada.

Del libro Retratos. Volumen 1. Paisanas y Paisanos de Hurlingham.

Publicado en EL CLÁSICO #16. Edición de mayo de 2026

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