
Las páginas de una vieja publicación de arquitectura abren las puertas de una propiedad mítica en la esquina de Paderewski y Pedro Díaz (William Morris). Marcelo Fiori Quercetti nos propone un recorrido que une el paisaje de aquel ayer con la historia de los Mihanovich y los ecos del presente.
El país lejano que vuelve en una canción
Por Marcelo Fiori Quercetti.
“Vengo con tanta nostalgia de un país lejano que ya quedó atrás. Traigo tan pocas palabras que apenas me sirven para recordar”, canta Sandra Mihanovich en “Como el juez a la verdad”.
El pasado se parece bastante a un país lejano. De vez en cuando, algo nos permite visitarlo.
Esta vez fue un viejo número de la revista Nuestra Arquitectura. En sus páginas estaba la casa de María Antonia Beláustegui Mihanovich de Cullen Paunero, antigua vecina de Hurlingham.
El número 157, de agosto de 1942, no sólo mostraba la residencia desde distintos ángulos. También nos invitaba a visitar su interior: la galería, el living, los jardines, la planta. Por unas pocas páginas, aquel Hurlingham volvía a abrirnos una de sus puertas.
El proyecto llevaba la firma de Aslan y Ezcurra, según consta en el sumario de la propia publicación. Cuatro años antes, el estudio había proyectado el estadio de River Plate, inaugurado en 1938.
La construcción de la residencia estuvo a cargo del ingeniero civil Antonio R. Lanusse y, según el epígrafe original, las plantaciones fueron obra de los ingenieros agrónomos Neira y Ezcurra.

La primera imagen ofrece una vista general. Según la publicación, la galería “se extiende a dos frentes” y está “separada con mosqueros”. Cerca, una “pequeña pileta para los niños”. En otra imagen, dedicada a la fachada norte, Nuestra Arquitectura precisa: “Revoque rústico blanqueado en fresco. Madera dura a la vista, hachuelada”.
Las fotografías permiten seguir recorriendo la residencia. La revista se detiene en la entrada principal y en la galería, de la que describe el “piso de mosaico calcáreo con alambrillas” y la “tirantería del techo hachuelada y barnizada”.
El plano de la planta baja permite ir un poco más allá. Nuestra Arquitectura definía su distribución como la de una “casa de campo”, levantada “en un terreno muy amplio”. La torre circular no sólo albergaba “la escalera y el tanque de agua”, sino que servía de separación, en ambas plantas, “entre las partes principales y las dependencias”. La publicación señalaba además que abajo se habían dispuesto comodidades para un cuidador en las épocas en que la casa estaba “deshabitada”, mientras que arriba se encontraban las dependencias para el personal de servicio.
También nos deja entrar al living room: “Piso de tablones de caldén, paredes y cielo raso, enduidos y pintados al aceite”. Allí había “nichos decorativos con fondo de vidrio y malla metálica y cortinas coloniales para tamizar la luz que entra a través de la galería”.
Las páginas de Nuestra Arquitectura nos muestran la casa. Pero detrás de los nombres de sus habitantes aparece otra historia.
María Antonia Beláustegui Mihanovich estaba casada con Alberto Cullen Paunero. Era hija de Alberto Juan Alejandro Beláustegui Justo y de María Elena Mihanovich Balestra. Y es precisamente su madre quien nos lleva algunos años más atrás en la historia de Hurlingham.
La iglesia católica de Hurlingham había comenzado a levantarse con el siglo. Una nota publicada por la revista El Hogar en marzo de 1945 recordaba que su piedra fundamental había sido colocada el 20 de abril de 1900. Las obras, sin embargo, atravesaron distintas etapas.
Años más tarde, según relata Rody Rodríguez, una visita a Hurlingham de monseñor Juan Nepomuceno Terrero dio un nuevo impulso a su construcción. Hortensia Aguirre Herrera de Leloir realizó una importante donación y se conformó una comisión de damas destinada a reunir fondos para continuar las obras. La Sra. de Leloir quedó como presidenta honoraria e Isabel Alcira Casares y Lumb de Nevares como presidenta efectiva. Entre sus integrantes estaba María Elena Mihanovich de Beláustegui.
Pasaron los años, pero su vínculo con la iglesia no terminó allí. En 1927, María Elena vuelve a aparecer entre las integrantes de una comisión de damas que reunió fondos para una amplia reforma del templo. Héctor Javier Cornejo Elizalde señala que, con lo recaudado, se refaccionó “completamente el aspecto interno y externo” de la iglesia. El Hogar, años después, también recordaría aquella reforma y la participación de esa comisión.
Aquellas contribuciones también podían verse dentro del templo.El Hogar recordaba algunas de ellas: el altar de San Expedito había sido donado por la señora Delia de Finocchieto; el de Santa Rosa de Lima, por la señora Sara Bonorino de Yrigoyen; y el Calvario, por Elena Mihanovich de Beláustegui.
La propia revista mostraba una fotografía de aquel Calvario y explicaba que sus tres imágenes de talla policromada habían formado parte del primitivo altar mayor antes de la reforma de 1927.
Pero el apellido Mihanovich permite retroceder todavía una generación más.
María Elena era hija de Nicolás Mihanovich y Catalina Balestra. Su padre había nacido en Doli, en la costa dálmata, en 1846. Llegó a Montevideo en 1867 y, poco después, a Buenos Aires, donde comenzó trabajando junto al capitán Juan Bautista Lavarello. Con los años terminaría convirtiéndose en una de las grandes figuras de la navegación argentina. Su trayectoria también le valió numerosas distinciones internacionales: el emperador Francisco José I de Austria-Hungría le concedió el título de barón, con carácter hereditario.

De aquellos primeros trabajos en el puerto surgiría una empresa que llegaría a tener más de 300 embarcaciones, reconocibles por la letra M blanca sobre sus chimeneas negras. En 1909, con capitales británicos, se constituyó The Argentine Navigation Company (Nicolás Mihanovich) Limited: para entonces, quien había empezado modestamente en el puerto controlaba una flota de 256 barcos.
Una nota publicada por el diario La Nación el 25 de mayo de 1910 permite verlo precisamente en el apogeo de aquella empresa: junto al retrato de don Nicolás aparecen la casa central y algunos de sus vapores, entre ellos el Colonia, el Viena y el Londres.
De Nicolás y Catalina nació, en 1884, María Elena Mihanovich Balestra: la misma María Elena que, décadas después, encontramos entre las vecinas vinculadas a la historia de la iglesia de Hurlingham.
María Antonia era, entonces, nieta de Nicolás Mihanovich. Y aquel apellido que habíamos encontrado en las páginas de una vieja revista de arquitectura nos lleva también hasta el presente: María Antonia era prima hermana del abuelo paterno de Sandra Mihanovich.
Así, después de recorrer una casa, una iglesia y varias generaciones de una misma familia, volvemos casi sin querer a aquellos versos con los que empezamos.
El pasado se parece bastante a un país lejano, decíamos al principio. A veces, para visitarlo, alcanza con abrir una vieja revista.





