Hurlingham Club, el club que dio origen al nombre de la ciudad, cumplió 130 años

Por Rody Rodríguez.

La gran mayoría de los habitantes de Hurlingham no conocen el Hurlingham Club. Nunca entraron. Desconocen su historia y su existencia les resulta absolutamente ajena. Y es verdad que la larga trayectoria del club fundado por los ingleses poco tiene en común con la contemporánea historia del pueblo que rodea la vasta extensión del club.

Pero su influencia es innegable. Como no ocurre en casi ningún otro lugar del mundo, el club fue el que bautizó a la ciudad. En 1888, a Hurlingham se lo conocía como Paso Morales, y ya hacía unos veinte años que era habitada por varias familias de chacareros. Por esos tiempos, el inglés John Ravenscroft que estaba afincado en la estancia “Tres Cueros” en Puan, en el suroeste bonaerense, se propuso crear un club a imagen y semejanza del que fue fundado en 1869 en Fulham, al sudoeste de Londres, al borde del río Támesis, llamado Hurlingham Club, que sigue siendo hoy uno de los más exclusivos y lujosos de Inglaterra.

Ese club inglés se caracterizaba por la práctica de diversos deportes hípicos, como las clásicas carreras y la caza de zorros, también el cricket, football (fútbol), polo, golf, bat fives, raquets, tennis (tenis), bowls (bochas de césped) y shooting (tiro).

Ravenscroft buscó terrenos en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires, también en Vicente López, hasta que Mr. Hills, uno de los gerentes del «Pacific Railway» (hoy ferrocarril San Martín) en ese entonces propiedad de los ingleses, propuso ubicar el club en alguna zona cercana a la nueva vía férrea a cambio del apoyo económico de capitales británicos. Fue entonces que Hugh Scott Robson, poderoso ganadero de descendencia escocesa (aficionado al polo) ofreció un campo que cumplía con ese requisito. Era su tambo de 34 hectáreas cerca de la estación Pereira, que formaron parte de La Estanzuela, por la que pasaba el «tranvía rural» de los hermanos Lacroze que era tirado por mulas, que había sido construido en esos tiempos para transportar mercancías y funcionaba una vez al día. 

Luego el club tendría una notable expansión hasta llegar a las 74 hectáreas que posee actualmente.

A esa zona solo se podía llegar a caballo, pero tal como pedía Mr. Hill estaba muy cerca de dónde pasaba las nuevas vías del Ferrocarril Pacífico.

Elegido el lugar, Ravenscroft decidió armar una sociedad anónima, logrando el suficiente apoyo financiero y político para concretar la creación del club soñado. El 6 de octubre de 1888, se reunieron en Asamblea Constitutiva los principales aportantes, casi todos escoceses o de origen escocés: el mencionado Robson; los estancieros Walter y John Dawson Campbell (cuñado de Robson); David Methven; los dos John Drysdale -el tío y el sobrino- (propietarios de grandes extensiones de campos en la provincia de Buenos Aires y en La Pampa); B.W. Gardom (pionero del golf en Argentina); Alexander Hume de la poderosa empresa Hume Brothers que, entre otras cosas, construyó en la argentina más de 5000 kilómetros de vías férreas, David Bankier, M.G.Fortune (uno de los fundadores del Buenos Aires Law Tennis) y el irlandés Edward Casey, (también fundador del Jockey Club y promotor del turf en el país). Todos ellos redactaron los Estatutos de la «Sociedad Anónima Hurlingham Club».

Gobernaba en esos tiempos Miguel Juárez Celman, que llegó al poder de manera fraudulenta y ejerció su presidencia de la forma más corrupta. Fueron tiempos (uno de tantos) de especulación financiera, festival de privatizaciones y de absoluta condescendencia con el poderío de las inversiones inglesas.

En ese año 1888, Inglaterra destinaba a la Argentina más de un 40% de todas sus inversiones mundiales. Un estudioso de ese tiempo, el economista alemán Gerhart von Schulze-Gaevernitz, en su libro El imperialismo británico y el libre comercio inglés señalaba: «la Argentina se halla en una situación tal de dependencia financiera con respecto a Londres, que se la puede casi calificar de colonia inglesa».

En ese contexto cualquier pedido al gobierno de destacados hacendados británicos no sufría ningún tipo de traba burocrática. No tardó nada Juárez Celman en aprobar y firmar los estatutos de la nueva institución, hecho que ocurrió el 22 de noviembre de 1888, fecha en la que se estableció la fundación del Hurlingham Club.   

Para llevar adelante la construcción de la nueva entidad, las autoridades del club decidieron contratar a William Lacey, un inglés eximio jugador de cricket que estaba radicado con su familia en Canadá, el Hurlingham lo contrató bajo el pomposo cargo de «Gerente». Acá, lo del cricket fue lo de menos. Lacey se convirtió en un «todoterreno» que debió encargarse de «armar» el club y darle «vida deportiva». Cuando llegó a Buenos Aires, comprobó que el club en el que había sido nombrado «gerente» no era más que un campo desierto, sin un solo árbol, lleno de desniveles y lodazales. Ese paisaje desolador era «capaz de desalentar al hombre más emprendedor» escribió la revista Handicap en 1938, agregando que era necesario una «persona que fuera capaz de realizar el milagro de convertir aquello en el sueño dorado de todos los socios». Y evidentemente el hombre del milagro fue este joven de 28 años.

Para dentro y fuera del Hurlingham Club, William Lacey (que a poco de instalarse se hizo llamar Guillermo), era conocido como «El Mago». Así lo apodó Elvira Ocampo de Shaw, en su libro «Hurlingham». Para la autora Lacey fue quien hizo el club.

En los primeros años, los socios que querían viajar en el Ferrocarril Pacífico se paraban al costado de la vía y hacían señales al maquinista del primer tren que pasaba y, si bien no era reglamentario, los maquinistas con la anuencia de los gerentes, frenaban los trenes en ese lugar para subir a los pasajeros. Pero obviamente no fue difícil para un club de ingleses que el ferrocarril inglés accediese a crear en poco más de un año una estación cerca del club. Así fue como en 1890 se habilitó la estación Hurlingham con un solo servicio por día a Palermo.

El historiador Alejandro Braile aporta el dato que el gobierno nacional le prohibió a Federico Lacroze utilizar locomotoras a vapor para impulsar sus tranvías rurales, evitando así la competencia contra el ferrocarril inglés.

De entrada el club priorizó el desarrollo de deportes hípicos. Roy Hora en su libro La historia del turf argentino, señala que “fueron los miembros de la comunidad británica de Buenos Aires quienes primero concibieron a los equinos como algo más que un medio de transporte”, y agrega que en “el censo de Buenos Aires de 1881 señala que todavía entonces, luego de dos décadas de expansión del riel, la primera provincia argentina contaba con un promedio de 4,4 equinos por habitante; veinte o treinta veces más caballos per cápita que las sociedades europeas”.

Por eso, una de las primeras decisiones de las autoridades del club fue la de instalar una pista de carreras de caballos, siendo la primer hipódromo de césped del turf argentino y en paralelo acondicionar la cancha de polo.

La importancia del caballo para el club quedó patentizada con el escudo de la institución, que copia el modelo del escudo del Hurlingham Club de Londres, pero en lugar de que el centro sea ocupado por la cabeza de una paloma (porque en Londres hubo una fuerte tradición de caza de estas aves), está la cabeza de un caballo.

El club tuvo su hipódromo hasta 1910 cuando el Gobierno Nacional promulgó la ley que prohibía las carreras de caballos en días de semana. Hasta ese entonces el Jockey Club subvencionaba con fuertes sumas de dinero la actividad turfística en Hurlingham.

FIEL A LAS TRADICIONES

El Hurlingham Club además de ser pionero en muchas disciplinas deportivas, se transformó en una especie de casa de campo de empresarios británicos y funcionarios de la embajada que solían recibir con beneplácito a los representantes del poder político de turno, como el siempre influyente Julio Argentino Roca, Miguel Juárez Celman -mientras fue presidente- y sus sucesores Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña y José Figueroa Alcorta, entre otros.

En esos primeros años del club, el Hurlingham copió hasta las tradiciones más cerradas de la entidad inglesa. Fue creado como un ámbito reservado casi exclusivamente para hombres, a punto tal, que las pocas mujeres que se acercaban, (generalmente a tomar el té y a jugar al Bridge y la menos a practicar tenis por ejemplo) ni siquiera podían utilizar la escalera principal que subía a las habitaciones. Las mujeres tenían que usar una pequeña escalera trasera. Y eran varios los ambientes en los que las damas no tenían cabida. 

Para los hombres también había exigencias. En el restaurant era costumbre que todos los hombres solos, se sentaran en una mesa grande comunitaria llamada «Bachelors’s table» (Mesa de solteros) y los códigos de vestimenta eran muy estrictos.  No se podía ingresar en el comedor sin saco ni corbata (aún en verano).

En cuanto al deporte, la actividad tuvo un crecimiento sostenido. El primer partido de cricket en Hurlingham se jugó el 6 de enero de 1890; el 1° de junio de ese año Hurlingham debutó en rugby perdiendo contra BAFC (Buenos Aires Football Club) y ese mismo mes hubo fútbol en Hurlingham: un combinado de Buenos Aires venció a Montevideo.

En 1891 el club formó parte de la primera Argentine Association Football League pero al año siguiente el club desistió de practicar el más popular de los deportes y no participó de la conformación definitiva en 1893 de lo que hoy es la AFA.

El 26 de junio de 1892 se jugó el primer torneo de golf y en octubre 1893 se jugó el primer partido de lo que sería el Campeonato Abierto de Polo más antiguo del mundo.

El periódico anglo argentino The Standard publicó el 29 de marzo de 1889 una nota sobre los avances en las obras del club británico: «Los terrenos se pueden ver desde el ferrocarril y el tranvía rural, bien cercados con cercas de alambre y los edificios están subiendo rápidamente. La cabaña está siendo cubierta y la cancha de las raquetas y las cinco canchas ya están avanzando hacia un estado de finalización, mientras que el alojamiento del pabellón, la construcción de ladrillos y los establos se están comenzando».

El 2 de agosto de 1902, John Ravenscroft, el fundador, murió a los 47 años de cirrosis hepática. Su temprano fallecimiento lo privó de ver, tal vez, la etapa más brillante del club, sobre todo en logros deportivos.

CUNA DEL POLO

Fue el polo, fundamentalmente, el que le dio al club repercusión internacional y un reconocimiento entre las capas más altas de la sociedad. Hurlingham es la cuna del polo en la Argentina. El club fue sede de la creación de la Asociación Argentina de Polo, en 1982 y su primer presidente fue Albert M. Hinds (que años después también sería presidente del Hurlingham Club). Fue también el primer equipo que ganó el Abierto de Polo con una formación integrada por Francisco J. Balfour, Frank Furber, C. J. Tetley y Hugo Scott-Robson.

El Hurlingham Club se consagró campeón en 15 ocasiones. Solo es superado en logros por Coronel Suárez, el extraordinario cuarteto que brillara en las décadas del 60 y 70, liderado por Juan Carlos Harriot que ganó el título en 25 oportunidades.

La primera gran figura que tuvo el Hurlingham Club en las primeras competencias de polo fue Hugh Scott Robson, el tambero que había vendido el predio sobre el que se edificó el club, pero sin dudas su estrella máxima fue Lewis Lawrence Lacey, el hijo de William Lacey (el factótum del Hurlingham Club).

Lewis Lacey (que luego fue Luis) fue uno de los más grandes jugadores de Polo del mundo. Hijo de ingleses, nació en Canadá y desde los 3 años vivió en Hurlingham. Brilló como polista desde la década del ‘20 hasta su retiro, en 1937, ya con 50 años, dándole al Hurlingham Club, el último título nacional. Además de deportista Lacey fue empresario textil, creador de ropa deportiva con el logo que luego popularizo Ralph Lauren con la marca “Polo”.

 

THE SPORT OF KINGS

Al polo se lo llama “el deporte de los reyes”, la denominación es literal y así queda demostrado con las habituales visitas de la realeza al Hurlingham Club. La más renombrada (por ser la primera tal vez) fue la de Eduardo de Windsor, Príncipe de Gales, en agosto de 1925. En su homenaje bautizaron la calle que iba desde la estación de Hurlingham hasta el club, con el nombre de su abuelo, Eduardo VII, y plantaron rosales en ambos costados de la calle. El príncipe jugó en el field del Hurlingham el 22 y el 29 de agosto de 1925, participó de un almuerzo en honor a aviadores argentinos y además asistió a la boda de Luis Lacey, jugador al que admiraba. Eduardo, que tiempo después fue rey por un año (Eduardo VIII en 1936), visitó nuevamente el club en 1931 acompañando a su hermano Jorge, el Duque de Kent.

También jugó polo en Hurlingham, el maharajá de Jaipur, de la aún opulenta y lujosa realeza de la India y en 1930, la princesa Marie Louise, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, llegó hasta el club para tomar “the five o’clock tea”.

La monarquía inglesa siempre demostró cierta debilidad por “la sucursal” argentina del Hurlingham Club. El Príncipe Felipe de Edimburgo, el esposo de la actual Reina Isabel, jugó al polo en el club, en 1966. En 1970, la princesa Alejandra (prima de la Reina Isabel) y su esposo el caballero Angus Ogilvy, no solo visitaron el Hurlingham Club, sino que se hospedaron en la casa del presidente del club, John Bruton, en Richieri 1221. Más cerca en el tiempo, Hurlingham Club recibió la visita de otros representantes de la Corona británica, por ejemplo Carlos de Gales, el hijo mayor de la Reina Isabel, vino a jugar al polo en 1999, donde su equipo Windsor enfrentó al Hurlingham Club.

En el 2003, el príncipe Harry, el hijo de Carlos y Lady Di, también visitó el club, pero sin jugar. Aprovechó la visita para comprar unas botas en Casa Fagliano, sobre la calle Tambo Nuevo.

Y obviamente no podía faltar en el vínculo entre el club y la monarquía, la relación con la Reina de los Países Bajos, la argentina Máxima Zorreguieta. El club bautizó al campeonato de polo de damas con el nombre de la ahora monarca holandesa. Su marido, el rey Guillermo, visitó el club en tiempos en los que era Príncipe de Orange. 

La presencia de reyes y príncipes en el Hurlingham Club, enorgullece a los socios del club e irrita a otro sector de la sociedad, que califica de cipayos a los vecinos que se alegran por la visita de a los miembros de la monarquía.

Pero además de monarcas, en el Hurlingham Club se jactan de haber recibido la visita de otras estrellas. Tal el caso del actor escocés Sean Coonery en 1990, del futbolista holandés, Marco Van Basten en 1994, que jugaron golf, como también lo hicieron Carlos Menem y Fernando de la Rúa cuando ocuparon la presidencia de la Nación.

Y obviamente por tener las únicas canchas de tenis de césped del país, no hubo ningún tenista famoso que no haya pisado el court del Hurlingham Club, desde Enrique Morea hasta Juan Martín del Potro, pasando por otras de las máximas estrellas argentinas como Guillermo Vilas, Gabriela Sabbattini, José Luis Clerc y David Nalbandián, entre otros.

El tenis es un deporte en el que Hurlingham tuvo sus propias estrellas, como Dorothy W. Boaddle, apodada “La Nena”, campeona en 8 oportunidades del abierto del Río de la Plata entre 1906 y 1917 y de destacada actuación en Wimbledon.

LA INFLUENCIA DEL CLUB EN LA CIUDAD

Pero más allá de lo deportivo, el club inglés tuvo una notable influencia en la identidad de la ciudad en las primeras décadas del siglo pasado. Ya de por sí, que por medio del club se haya abierto la estación de trenes a la que se le haya puesto el nombre del club, hizo que el nombre se extendiera a todo el pueblo. Ya en los finales del siglo XIX todos conocían a esta localidad moronense, como Hurlingham, y muchos la pronunciaban en inglés (Jarlingam).

Para esa comunidad inglesa, (de origen o descendencia) el crecimiento del club y la nueva estación ayudaron a crear una gran oportunidad inmobiliaria. Muchas familias inglesas que se habían radicado en la zona comprando terrenos a precios convenientes, vieron notablemente revalorizadas sus propiedades. Los Drysdale, Boadle, Cassells, Thompson, Shaw, Windingham, entre otros, habitaban las inmediaciones del camino que iba desde la estación hasta el club en construcciones pintorescas (los típicos chalet de estilo inglés) y en algunos casos mansiones muy lujosas.

En los primeros años del siglo XX, había una ciudad que crecía al margen del barrio inglés. De ese progreso del pueblo, -más allá de las residencias de algunos de sus socios-, el club no formó parte, salvo en los inicios del club, con la participación del gerente del Hurlingham, William Lacey, en la fundación de la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos, una entidad fundamental en la historia de la ciudad, de la que el fundador del Hurlingham Club John Ravesncroft fue socio honorario en 1897.

Pero luego, cuando la mayoría de los vecinos aunaban esfuerzos por dotar a la ciudad de servicios esenciales, en el Club organizaban kermeses para reunir fondos a favor de los Aliados durante la guerra, y se organizaban también para el envío de comida a los prisioneros de guerra ingleses y para la Cruz Roja. Eran dos mundos.

Sin embargo, el paisaje urbano del centro de la ciudad permitía la fantasiosa idea de que Hurlingham estaba más cerca del Támesis que del Río Reconquista. Por mucho tiempo la nomenclatura de algunas calles fortaleció esa identidad británica, nombres como Victoria (por la reina), Sir William Pitt, Hamilton, Londres, Winston Churchill, George Canning, y la más conocida, Eduardo VII (en la actual Av. Jauretche), son algunos ejemplos. En 1941, Gertrude Hallet la viuda de John Ravenscroft, donó una manzana ubicada a unos 200 metros del club, para que se instale allí la plaza del pueblo que lleva el nombre de su difunto esposo. Entre la Plaza Ravenscroft y la actual Av. Vergara y la Av. Eduardo VII, estuvieron las principales residencias de la colectividad británica, y rápidamente esa zona se la conoció como “el barrio inglés”. La posterior instalación de colegios como St. Hildas College, el Colegio Británico o desde mediados del siglo pasado el St.Paul’s College, marcaron aún más ese british style.

JARLINGAM

Los tiempos cambiaron. La comunidad británica, fundadores originales del Club, se redujo por distintas circunstancias. Por ejemplo, muchos residentes británicos en Argentina fueron a la primera guerra mundial entre 1914 y 1918 y a la segunda entre 1939 y 1944, muchos descendientes ingleses también fueron de voluntarios. La mayoría no regresó. La decisión del gobierno de Juan Domingo Perón de nacionalizar los ferrocarriles en 1948 también provocó el éxodo de ingleses que trabajaban en el Pacific Railway que luego fue ferrocarril San Martín. De ese modo la nacionalidad y la etnia de los socios fue cambiando gradualmente a través de los años. De ser un club exclusivamente de ingleses, imperceptiblemente pasó a ser primero club de «Anglo Argentinos», y luego a club de «Tradición Inglesa». 

De acuerdo al último censo, Hurlingham tiene aproximadamente 190 mil habitantes, menos del 6% de la población es extranjera, y la gran mayoría de ese porcentaje, más de 48 % son paraguayos, y le siguen, lejos, los italianos con el 18%; después los bolivianos con el 10%, y después le siguen uruguayos, chilenos, españoles, peruanos. Los ingleses andan por el 0,01%. En Hurlingham hay más chinos que ingleses. Pero para algunos viejos vecinos de las zonas céntricas de la ciudad, para los socios del club o para los que concurren al Abierto de Polo y no conocen este municipio, se mantiene en el tiempo la idea de una ciudad con estirpe anglosajona.

Esa prosapia, ese apego a la tradición británica generó una fuerte tensión en 1982, en tiempos de la guerra de Malvinas. Hubo un lógico brote anti inglés con movimientos vecinales que exigieron el cambio de nombre en algunas calles y querían además, cambiarle el nombre a Hurlingham, proponiendo que la ciudad se llame 2 de abril, Malvinas Argentinas, Capitán Giachino, entre otros y algunos fueron más allá y arrojaron una bomba molotov contra la puerta del Hurlingham Club, sin provocar demasiados daños…

Con el tiempo no quedó vecino que llamara jarlingam a la ciudad.

A propósito los nombres de los pueblos y sus pronunciaciones, José María “Tito” Gómez (columnista de El Ciudadano) rescata la anécdota que siendo presidente Domingo Sarmiento llegó al pueblo cordobés de Fraile Muerto, localidad a la que sus habitantes llamaron así por siglos. Asqueado por el rústico nombre, Sarmiento conoció a los hermanos Bell, pioneros del lugar y decidió que el pueblo pase a llamarse «Bell Ville». Los vecinos no respetaron la fonética inglesa y lo pronuncian «Belviye», arrastrando la primera “e” con la inconfundible tonada cordobesa.

EL CLUB HOY

El Hurlingham Club siguió haciendo historia al convertirse este año en una de las sedes de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, en el que representantes de 32 países disputaron la competencia de golf en la que la italiana Alessia Nobilio culminó como líder entre las mujeres, y con destacada actuación de la argentina Ela Anacona. El Abierto de Polo sigue manteniendo su vigencia y su prestigio, pese a que gran parte del abierto de Hurlingham (su etapa inicial) sufre la paradoja de disputarse en Pilar y no en Hurlingham.

Sus canchas de polo, de tenis, su campo de golf, siguen estando entre las más importantes del país, pero eso no pudo impedir que en los últimos años, el Club atravesara graves problemas económicos. Juicios laborales, deudas impositivas millonarias, colocaron al Hurlingham Club al borde de la quiebra.

El Club está conformado por una Asociación Civil que preside Fernando Kelly, y por una Sociedad Anónima que tiene como titula a Federico Jeremías Pinckney Simpson.

En la primera semana de diciembre ocurrió un hecho singular. El presidente de la Asociación Civil, Fernando Kelly participó en la Audiencia Pública realizada en el Concejo Deliberante en la que se debatió el Código de Ordenamiento Urbano. Claro que esa presencia obedeció a necesidades que hoy tiene la institución para poder hacer frente a sus problemas económicos. En el final de la Audiencia Pública, -luego de escuchar las 5 horas de debate- Kelly subrayó la importancia de los 130 años de historia y afirmó: “Nosotros somos conscientes de la delicadeza, de la sensibilidad, la importancia de lo que se está tratando” y luego dijo que “a riesgo de ser subjetivo, creo que el Hurlingham Club otorga muchísimo valor agregado a la ciudad” y enumeró los principales eventos deportivos que tiene al club como escenario, dándole visibilidad a Hurlingham.

Kelly hizo su aporte en la Audiencia “tratando de integrarnos a la problemática de la ciudad, ser uno más de la ciudad”, para luego plantear que “contar con la posibilidad de un nuevo Código de Ordenamiento Urbano nos permitiría resolver situaciones que datan de 80 a o 90 años. Hurlingham no tiene indicadores urbanísticos y necesita un tipo de desarrollo inmobiliario para poder sobrevivir para poder sustentarse”. Con un nuevo COU, el Hurlingham Club aspira a poder comercializar una parte de su predio y así contar con recursos genuinos que le permitan mantener su costosa instalación. “Mantener 73 hectáreas del club tiene un costo enorme, se nos hace cuesta arriba; las personas cambian y hay menos nivel de compromiso” se sinceró Kelly y en ese sentido reconoció que “hay un interés particular en la aprobación del COU, pero con la certeza que se trata de un instrumento para el bien común, es un herramienta que tratada con profundidad, con responsabilidad y buscando los consensos será un instrumento de modernidad”

La participación del Club en la discusión de cosas públicas del municipio, o el formar parte del Consejo Social Comunitario de la Universidad Nacional de Hurlingham, son parte de una política de intento de apertura del club hacia la sociedad casi inédito.

Esa misma apertura tratan de tenerla en actividades abiertas a todo el público. Por ejemplo los

Organizadores del abierto de Polo suelen convocar a «las familias de Hurlingham a disfrutar de una jornada distinta, en un lugar maravilloso, con un costo más bajo que una entrada a un partido de fútbol».

No es una tarea fácil. Son 130 años de historia de un club que categorizó la exclusividad como su principal valor, y eso hizo que para la gran mayoría de los vecinos de Hurlingham, ese predio gigante sea un lugar ajeno a la comunidad, aunque objetivamente su historia sea parte inescindible de la historia del pueblo y aunque haya sido el club el que dio, nada menos, origen al nombre de la ciudad.

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2 Respuestas

  1. Hugo C. Solari dice:

    No fuí socio, fuí vecino, durante muchos años, viví con mis padres y hermanos, sobre la calle San Ana. Disfrutaba con mi padre, por las mañanas, el cantar permanente de miles de pájaros, ya que estábamos frente a las canchas de golf. Nos resultaba gracioso, todos los días, recoger pelotas de golf, en el jardín de nuestra casa, al frente de la misma (había muchos pricipiantes). Épocas, muy afectivas. A excepción de mi madre, toda mi flia., nació en Hurlingham (Incluyendo mi abuelo paterno (fines del siglo XIX ). Me trae, entrañables recuerdos. Conocí el Club por dentro, participé de diversos agasajos, por ser Gerente del Banco de Hurlingham, en los 70. Suerte!

  2. Horacio Shaw dice:

    Un lujo. Fui socio
    Pero me fui a otra provincia

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