El combate de Morris. Una historia

El 7 de setiembre de 1970 en un enfrentamiento en una pizzería de William Morris murieron dos militantes de la recién nacida organización Montoneros. José María Gómez recrea esa jornada con un texto en el que, con una perfecta aplicación del llamado periodismo literario o narrativo, enriquece aquellos sucesos que tuvieron una significativa relevancia histórica.

 

Por José María Tito Gómez

 

Sabemos que esta larga lucha por la Independencia

Nacional es dura, que todavía el pueblo ha de sufrir

más bajas, pero no es hora de llorar sino de retomar las

armas de los caídos, para continuar la RESISTENCIA

ARMADA junto a las organizaciones hermanas por el

Retorno de Perón en una PATRIA LIBRE, JUSTA Y

SOBERANA

PERON O MUERTE

VIVA LA PATRIA

 

MONTONEROS

Septiembre de 197

 

Estación Hurlingham

Tomás nunca había estado en Hurlingham. A través de la ventanilla del tren San Martín, mira la humeante chimenea de la fábrica Goodyear y el enjambre de bicicletas colgadas al lado del portón de entrada, un paisaje suburbano que contrasta con las viejas mansiones de los ingleses.

El guarda camina por el pasillo del tren anunciando la llegada a la estación. Entonces Tomás se levanta del asiento de cuerina marrón, camina hasta el estribo y se baja con un salto, seguido de un trotecito por el andén para vencer la inercia del tren aún en movimiento. Tiene el diario de hoy en la mano. Se acomoda el traje azul bien planchado mientras se dirige a la salida de la calle Remedios de Escalada.

Llega hasta un banco de cemento, mira alrededor y se sienta. Abre el diario, lee la fecha: lunes 7 de septiembre de 1970. Busca y encuentra la tapa del suplemento de deportes y la deja bien a la vista: es la clave para que la persona que va a ir a encontrarse con él lo reconozca.

El verdadero nombre de Tomás es Luis Enrique Rodeiro, es cordobés, y pertenece al grupo revolucionario descabezado en La Calera por la policía brava cordobesa.

El reloj de pulsera marca las siete y media de la tarde y es casi de noche. Un Peugeot 404 bor-dó estaciona en la calle que rodea la estación. Baja un muchacho alto, veinteañero, pelo oscuro corto, traje gris, corbata azul y roja. Se acerca al banco de cemento, mira el diario que lleva Tomás y dice, con seguridad, pero con la mano cerca de las pistolas que lleva en la cintura:

-Tomás. Vení, vamos al auto. Subí atrás por favor.

Tomás obedece. El muchacho de traje gris, Fernando Abal Medina, se acomoda en el asiento del acompañante  y le ordena al conductor, Carlos Gustavo Ramus, que arranque. Gustavo lleva una ametralladora Uzi y una granada de mano. Tiene puesto un traje gris y tiene casi la misma edad de Fernando. Éste va indicando el camino a medida que sortean las tortuosas calles de Hurlingham. Observa las mansiones, y murmura algo sobre los «oligarcas hijos de puta» pero ninguno de los compañeros le contesta.

Fernando y Gustavo vienen inmersos en una vorágine que arrancó cuatro meses antes con el secuestro y fusilamiento del ex dictador Aramburu, una audacia que implicó ir a buscar al propio general a su casa en pleno centro de Buenos Aires y llevarlo a un campo de la familia de Gustavo por caminos rurales. Un golpe inesperado para la actual dictadura, que dedicó todos sus esfuerzos para cazar a los secuestradores, cuyas identidades fueron descubiertas por la policía en un allanamiento en Córdoba.

Toman la avenida Roca, un asfalto angosto flanqueado por banquinas de tierra. Ya se hizo totalmente de noche y unas pocas luces van salpicando la oscuridad. A medida que se alejan de la estación aumentan los baldíos, hasta que el paisaje se convierte decididamente en descampado. Fernando pide doblar a la izquierda, y luego de transitar de unas cuantas calles de tierra cruzan nuevamente las vías, a la altura de la Estación William C. Morris.

Llegan a la calle Villegas, aunque los vecinos todavía la conocen como Moctezuma. Estacionan en la puerta de una farmacia, en la esquina de Potosí. Enfrente, un farol alumbra el nombre de una pizzería: «La Rueda»

Son las ocho y cinco de la noche.

 

William Morris

 Carlos Capuano Martínez maneja el Fiat 1500 blanco por la calle La Tradición rumbo a William Morris. Esquiva los pozos de ese largo camino de tierra que transcurre entre quintas abandonadas y pastizales. Cuando pasa debajo de las líneas de alta tensión de Segba sabe que están cerca de «La Zeta», o sea que falta muy poco para el lugar de la cita. Carlos tiene 21 años y algo de acné en la cara. A su lado está José Sabino Navarro, morocho, largo bigote negro, pistola 9 milímetros en la cintura. A medida que se acercan al punto de encuentro, el Negro Navarro se va poniendo tenso, casi nervioso. Observa autos que se cruzan, puentes que sortean arroyos, paradas de colectivo, siempre buscando posibles vías de escape.

Van a encontrarse con Fernando, Gustavo y Tomás en la pizzería «La Rueda». Todos son integrantes de Montoneros.

Estacionan el Fiat en la calle Villegas. Son las ocho y diez de la noche

El farmacéutico de la calle Villegas está acostumbrado a los robos. También a que los vecinos le pidan prestado el teléfono, uno de los pocos que hay en Morris. Cuando ve estacionar un auto bordó con gente desconocida, interrumpe la charla sobre el costo de vida que animadamente sostenía con un cliente que fue a comprar un tubito de Redoxón. Mira por sobre los anteojos de leer a los dos extraños que bajaron y entraron al bar. Se queda más preocupado por el que se quedó al volante, como fuera a  hacer de campana de un posible asalto. Cuando un segundo auto frenó con otras dos personas, no duda: le cobra al cliente, lo despide, levanta el teléfono y disca el teléfono de la comisaría Cuarta de Morón.

-Policía, buenas tardes

-Sí, de la farmacia de Morris llamo. ¿Quién habla, Hernández?

-Sí, Hernández habla, ¿qué dice?

-Escúcheme, viejo, pararon dos autos acá enfrente y unos tipos entraron al bar y otros se quedaron como vigilando

-¿Puede ver si están armados?

-No, no pude ver. Son cinco tipos en total. Un 404 bordó  y un 1500 blanco.

-Muy bien, ya le aviso al comisario.

-Listo, Hernández, buenas noches

Dentro de «La Rueda», dos paisanos comparten un Cinzano, un sifón de soda y un platito con maníes. En otra mesa, una mujer fuma nerviosa mientras su acompañante le pone un cubito de azúcar al café. El dueño está parado del lado de adentro del mostrador, junto a la caja registradora. Botellas de bebidas que nunca serán servidas se acomodan en estantes de vidrio y se duplican en un espejo gastado y pringoso. Tomás y Fernando miran el piso de baldosas blancas y negras, mientras entran al bar por una puerta que da a la esquina. Fernando señala a la derecha y se sientan a una mesa al lado de la ventana que da a la calle Potosí. Parado al lado de la silla, de espaldas a la pared, Fernando observa cuidadosamente alrededor, se desabotona el saco y se sienta. Tomás advierte las culatas de sendas pistolas en la cintura de Fernando, sin sorpresa, pero con inquietud. No sabe manejar armas y no porta ninguna.

El metro ochenta de Navarro irrumpe en el bar, se dirige a la mesa de Fernando y Tomás y no bien se sienta acomoda ostensiblemente su propia arma.

-¡Buenas!

Levanta la mano y llama al mozo.

El mozo se acerca y pasa un trapo húmedo sobre la mesa y saluda.

-Buenas noches, ¿qué se van a servir?

Se escucha el vozarrón de Navarro:

-Tres cafés.

Son las ocho y cuarto.

Comisaría

El cabo Roque Hernández cuelga el teléfono, levanta sus cien kilos de anatomía y se dirige a la oficina donde el comisario Tuzio y el principal Haas hablan de los partidos de fútbol del día anterior y fuman relajados.

-Llamó el dueño de la farmacia de Villegas y dice que pararon dos autos con desconocidos, unos entraron al bar de la esquina y otros se quedaron en los coches de campana – informa Hernández.

-Andá a ver qué pasa, Haas.– ordena el comisario – De paso traete unas grandes de muzzarella que ya son más de las ocho.

-A la orden, comisario ¿Cuantos NN, cabo?

-Cinco, mi principal, tres entraron a La Rueda y quedó uno en cada auto.

-Muy bien, agarre la metralleta y venga. Carusso y Bravo, conmigo, al patrullero.

 

Haas toma una escopeta Itaka de un armario y el personal de la comisaría va saliendo y se acomoda en el Ford Falcon negro y blanco. El cabo Mario Bravo se sienta al volante, Hernández a su lado, el cabo Rodolfo Carusso y Hass van atrás, éste vestido de civil y sacando el caño de la Itaka ostensiblemente para afuera de la ventanilla. Arranca la patrulla, no sin esfuerzo, y Bravo inquiere:

-¿Adónde vamos, mi principal?

-Villegas y Potosí. Sin sirena ni baliza.

El Falcon da vuelta por la plaza Finocchieto, doblan por Garibaldi. Al pasar por la esquina de La Puñalada, los policías reciben una sonora puteada

-Ya no se respeta a la ley, carajo – murmura Haas.

La patrulla estaciona sobre Villegas, aunque la trompa queda casi sobre Potosí. Dice Haas:

-Carusso y Hernández, bajen y observen. Me comunican las novedades antes de proceder.

Sentado al volante de su Peugeot, Gustavo Ramus ve llegar a la policía, carga su ametralladora y controla que las granadas se encuentren a mano, mientras se oculta deslizándose hacia abajo en el asiento. Son las ocho y cuarto de la noche.

 

La Rueda

El aroma de los cafés que el dueño de La Rueda, José Sabadino, sirve en la mesa que comparten «Tomás», Fernando y Sabino, rompe un poco el persistente olor mezcla de pis de gato, desinfectante y grasa que invade el lugar.

-Tomás, la situación de la organización en Córdoba después de lo de La Calera es desesperante. No podemos cometer más errores que puedan comprometer la existencia misma de la organización

-Pero, Fernando, fíjate que estamos charlando a cara descubierta en un lugar público…

-Tranquilo, estamos muy bien cubiertos por los compañeros que están afuera. Hablando de combatientes, queremos que Sabino se integre en Córdoba, y él y vos se pongan al frente.

-Upa. – interrumpe Sabino

 

Los policías Hernández y Carusso se presentan en la puerta del bar, el primero con una metralleta colgada del hombro, la mano en la culata, el dedo en el disparador. Carusso entra y barre con la mirada las caras de los clientes con la indiscreción suficiente como para que los tres jóvenes forasteros se alarmen. Un instante eterno cruzan miradas. Luego Fernando simula tranquilidad, mientras por debajo de la mesa la mano se acerca a las 45 y pretende seguir con la charla

-Como te decía, Tomás…

Mientras se acerca al dueño del bar, Carusso saluda, con voz potente y segura:

-Buenas noches, Sabadino, ¿Cómo anda?

Luego se acerca a la punta del mostrador, casi como invadiendo el lugar sagrado del dueño, bajando ostensiblemente el tono:

-Poneme a marchar tres grandes de muzzarella, haceme el favor.

-Hecho.

El susurro entre policía y dueño aumenta la tensión en la mesa de los tres jóvenes, que no suponen que se trata del habitual mangazo; tensión que no parece aflojar aunque Carusso salga del bar y junto con el cabo Hernández vuelva al patrullero. Tomás mira la hora en el reloj del bar, que tiene la publicidad del café: ocho y veinte.

El cabo sabe que esos tres les van a causar problemas. Resignado ante la imposibilidad de evitar la confrontación con ellos, se acerca a la patrulla y le habla a Haas, que no se ha movido del asiento trasero.

– Hay tres tipos de traje, mi principal. Al resto de los clientes los conozco a todos de por acá.

-Identifíquelos. Que Hernández se quede en la puerta. Cabo Bravo, usted identifique al del Fiat.

-A la orden – dicen los agentes, con una mezcla de temor y resignación, en un coro cacofónico y a destiempo.

Con el aplomo que le otorga su profesión, y la seguridad de la enorme escopeta que lleva en su mano derecha, Haas sale de la patrulla y se dispone a cruzar la calle Villegas, la vista fija en el Peugeot 404 bordó y la silueta oscura de Gustavo al volante.

Desde el auto, Gustavo Ramus ve al policía de civil caminando en su dirección. Siente la corriente de adrenalina en la espalda y aprieta los dientes. Por un segundo piensa en la situación adentro del bar y comprende que los compañeros están encerrados en una trampa mortal. Los policías no tardarían en reconocer a Fernando, cuyo rostro la dictadura se ocupó de difundir profusamente desde que lo identificaron como uno de los que secuestró al general fusilador. Comprende que la tormenta que empezó en mayo es imparable y en este momento la opción es una sola y no duda. Guarda una de las granadas de mano en el bolsillo del saco, toma la ametralladora, abre la puerta del auto, apoya el arma en el techo, y dispara una primera ráfaga contra el policía, que resulta ileso. Haas no puede creer que ninguna bala le haya tocado, retrocede unos pasos y trastabilla. Mientras cae, trata de apuntar al agresor y dispara, sin demasiada precisión. Algunos de los perdigonazos impactan a Gustavo en el hombro, que se retuerce de dolor, pero no cae. Siente el sabor metálico en la boca, el hedor acre de la pólvora, las manos que sudan al contacto con el metal del arma, el dedo apretando el gatillo disparando una, dos, infinitas ráfagas de proyectiles que agujerean al patrullero, destrozan las ventanillas y levantan nubes de polvo al clavarse en la calle de tierra. El policía Haas consigue refugiarse detrás del Falcon.

El policía Carusso había entrado al bar y se dirige resueltamente a la mesa de los tres muchachos, pero no alcanza a caminar tres pasos cuando lo sorprende el tiroteo que ocurre en la calle.

Fernando Abal Medina, la vista clavada en Carusso,  levanta su metro noventa de la silla y en el mismo movimiento tira la mesa con los pocillos de café que estallan contra el piso.  Toma su arma de la cintura y dispara tres veces. Un disparo hiere a Carusso en el hombro y otro en la pierna. El policía cae y vuelve arrastrándose a la puerta del bar, dejando una estela de sangre en las baldosas blancas y negras.

El otro policía, Hernández, que se encuentra entre las ráfagas de la metralleta de Gustavo y las balas de Abal Medina, acciona su propia arma y dispara primero hacia afuera del bar y luego hacia adentro. Sabino Navarro, con una pistola en cada mano, comienza a disparar contra Hernández. Estallan los vidrios de puertas y ventanas, revientan las botellas de las repisas y vuelan astillas de mesas y sillas.

Tomás, ojos desorbitados de pánico, las manos protegiendo la cara, corre buscando refugio detrás del mostrador. Allí ya estaba el dueño del bar,  en cuclillas, tapándose los oídos.  Los otros clientes se arrastran o gatean hasta el mismo lugar, en medio de los disparos.

Sabino se parapeta detrás de la débil madera de una de las mesas caídas y vacías los cargadores de sus dos pistolas contra los policías de adentro y de afuera.

-¡Me quedé sin balas!, le grita a Fernando.

Se arroja por el ventanal, que estalla en mil astillas, sale a la calle Potosí y huye, por los techos de las casas. El Fiat 1500 de Capuano ya no está.

Fernando avanza hacia la puerta, hacia la seguridad de su amigo y compañero Gustavo. Pero también agota sus municiones, y mientras cambia el cargador, el cabo Mario Bravo sale de la patrulla y le dispara. El primer tiro impacta en la boca de Fernando, el segundo en el oído, el tercero y cuarto en el pecho. Fernando se da vuelta, dos disparos más le dan en la nuca y cae fulminado en la vereda.

Afuera, en la calle, Gustavo dispara su último tiro, arroja la metralleta y saca la granada. En ese momento, Haas dispara implacable y certeramente un escopetazo contra Gustavo que, ya muerto, deja caer la granada, que explota marcando el final del tiroteo y dejando la noche en silencio.

A lo lejos, comienzan a ladrar los perros.

Epílogo

Todavía había olor a pólvora en el aire cuando una ambulancia se lleva al hospital a Carusso. El policía tiene catorce heridas de bala pero milagrosamente sobrevive. De los otros policías, sólo Hernández tiene una herida leve. El cuerpo inerte de Ramus yace junto a su auto. En la puerta de La Rueda está el cadáver de Abal Medina, sobre un charco de sangre en la vereda amarilla. Llegan más policías y se llevan detenido a Tomás, luego de la correspondiente golpiza.

A una cuadra de la escena, El Negro Sabino Navarro se acomoda un poco el traje y  se sacude tierra de mangas y rodillas. Nota que las manos le tiemblan  mientras prende un cigarrillo.  Levanta la vista y mira las ambulancias y patrullas que se acercan a «La Rueda».

Por una calle lateral se acerca el Fiat de Capuano, despacio y con las luces apagadas. Navarro advierte el auto sin sorpresa, tira el cigarrillo y sube. Capuano arranca y maneja en silencio. Al rato, Sabino suspira.

-Qué se le va a hacer, compañero. Esto recién empieza.

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