Murió Taty Almeida, la «Madre parida por su hijo»

La presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora falleció este domingo a los 96 años, tras permanecer varios días internada en estado grave. Su familia informará prontamente los detalles del velorio. Taty acuñó una frase que se convirtió en doctrina para el activismo argentino: «Yo siempre digo que Alejandro me parió. Las Madres fuimos paridas por nuestros hijos»
Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, ícono indiscutible de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, se encontraba internada desde hacía varios días con un cuadro de salud muy grave y reservado que finalmente derivó en su deceso.
Desde su entorno familiar informaron que en las próximas horas se darán a conocer los detalles, el horario y el lugar del velorio oficial, donde se espera una movilización masiva para despedirla. Su partida física deja un vacío inmenso en la historia democrática del país, tras cinco décadas de militancia inquebrantable contra la impunidad.
Del dolor íntimo a la plaza colectiva
Nacida en 1930 en el seno de una familia de origen militar, la vida de Taty dio un vuelco absoluto e irreversible el 17 de junio de 1975, cuando la organización paraestatal Triple A secuestró y desapareció a su hijo Alejandro Almeida, un joven de 20 años que cursaba el primer año de Medicina y trabajaba en la agencia Télam.
En un principio, Taty acudió a los conocidos uniformados de su entorno creyendo que la ayudarían, pero solo cosechó silencios y desprecio.
Para 1980, superando los prejuicios de su propia crianza, se integró a las Madres de Plaza de Mayo. Allí descubrió que el destino de Alejandro estaba entrelazado con el de miles de jóvenes militantes. En 1986 participó activamente en la conformación de la Línea Fundadora del organismo, apostando siempre al valor de la justicia institucional, la recolección de pruebas y el avance de las causas judiciales contra los genocidas.
Una madre parida por su hijo: la anécdota que cambió su historia
Hay una entrañable y cruda anécdota que la propia Taty solía relatar con una mezcla de nostalgia y profunda transformación política, que grafica su incondicionalidad absoluta con los derechos humanos. Antes de la desaparición de Alejandro, Taty admitía haber vivido en una especie de «burbuja» debido a su crianza en un hogar de raíces fuertemente militares y conservadoras.
Ella recordaba con humor y emoción que Alejandro, conociendo el pensamiento de su entorno, solía abrazarla por la espalda y decirle en un tono de complicidad: «Ay, qué gorilita es mi mamá, pero cómo la quiero». Taty reconocía que, en ese momento, estaba «ciega» frente a la persecución política y la realidad que sangraba en el país.
Sin embargo, tras el secuestro del joven, el dolor mutó en una lucidez inquebrantable. Taty no solo rompió con los mandatos e ideologías de su propia familia para salir a luchar a la intemperie de la plaza, sino que acuñó una frase que se convirtió en doctrina para el activismo argentino: «Yo siempre digo que Alejandro me parió. Las Madres fuimos paridas por nuestros hijos». Ese giro absoluto en su identidad demuestra que su entrega por los derechos humanos no fue una herencia cómoda, sino una elección incondicional nacida de la transformación más profunda.
Las poesías de Alejandro y la docencia de la Memoria
El motor invisible de su militancia se encendió de una manera nueva cuando, revisando viejos papeles en su departamento, descubrió de forma casual una agenda manuscrita donde Alejandro había ocultado 24 poemas. En esos textos, el joven plasmó su amor, su compromiso político y su premonición de un trágico final. Taty convirtió esas poesías en su bandera pedagógica: publicó el libro «Alejandro, por siempre amor» y llevó la voz de su hijo a cada aula, feria del libro y unidad penitenciaria que visitó.
En sus últimos meses de vida, Taty se plantó firmemente frente a los discursos negacionistas y las políticas de ajuste que amenazaban las conquistas históricas. En abril pasado, al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires (UBA) rodeada de su familia y una multitud militante, dejó en claro que el tiempo no doblegaba su voluntad: “A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”.
Una herencia que ya pertenece al pueblo
Taty Almeida se fue sin poder cumplir su deseo físico de abrazar o tocar los restos de Alejandro, pero con la certeza absoluta de haber cumplido la promesa de mantenerlo presente en las calles. Su pañuelo blanco ya no le pertenece solo a ella; es un faro de dignidad transgeneracional que las juventudes argentinas recogen hoy con el compromiso inquebrantable de continuar su lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

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