Vecino destacado de Hurlingham y uno de los actores más requeridos de la industria audiovisual iberoamericana, dialogó en el programa “¿Cómo sigue esto? por Radio Unahur. Un repaso por su extraordinario presente, sus proyectos internacionales, un reestreno en teatro con su grupo de toda la vida y una radiografía sobre la crisis cultural y el contraste con el modelo uruguayo.
Archivó su título de abogado para dedicarse por completo a la actuación. El tiempo, el circuito cinematográfico y una sucesión ininterrumpida de éxitos internacionales le dieron la razón a aquella audaz decisión. En su filmografía reciente se acumulan hitos como La sociedad de la nieve (2023), la megaproducción de J.A. Bayona, y la multipremiada Los delincuentes (2023) de Rodrigo Moreno; ambas obras elegidas para representar a España y Argentina en los premios Oscar. También actuó e Muere, monstruo, muere (2018) de Alejandro Fadel; Un mundo misterioso (2011) de Rodrigo Moreno,
El público masivo además lo reconoce por sus roles televisivos en Manual de supervivencia, María Marta: el crimen del country y por su descollante interpretación de Claudio Navarro en la segunda temporada de la exitosa comedia División Palermo (2025) en Netflix.
Sin embargo, el éxito global no le quita el norte. En charla con Rody Rodríguez y Maru Pampín en Radio Unahur, Bigliardi recorrió sus múltiples identidades profesionales, defendió la potencia de la industria cultural local y reafirmó su identidad. «Soy nacido y criado en Hurlingham, así que es parte de mi ADN», define con orgullo.
UN ECOSISTEMA DE AFECTOS Y AVENTURAS
Al ser consultado sobre qué lenguaje artístico le genera una mayor plenitud, Bigliardi evita las respuestas encorsetadas y prefiere hablar de procesos humanos. «Mirá, es lo mismo y distinto a la vez. Son formas de trabajar distintas, pero en el fondo estamos contando historias y representando humanidades de alguna manera», reflexiona.
Para el actor, la diferencia radica en la mística de los entornos. En el último tiempo, su relación con las tablas estuvo ligada casi exclusivamente a la «Compañía del Silencio», el colectivo teatral que integra desde hace más de dos décadas junto a figuras de la talla de Pilar Gamboa, Esteban Lamothe y Susana Pampín, bajo la dirección de Romina Paula. Este mes, el grupo reestrenó la icónica obra El tiempo todo entero en el Paseo La Plaza, sobre la Avenida Corrientes. «Hay algo de esa familia que armamos que es muy hermoso: poder trabajar con gente que conocés desde hace tanto tiempo, con tanto amor y tanto conocimiento de lo que hacemos», confiesa.
Por el contrario, la pantalla grande representa la fascinación por lo desconocido: «El cine para mí es más aventura. Es conocer un equipo nuevo, muchas veces viajar a lugares lejos de casa y hacerlo en otros ecosistemas».

PASIÓN SIN ESCALAS: DE HOLLYWOOD AL CINE DE AUTOR
Una de las grandes virtudes de Bigliardi es su maleabilidad para saltar de un set de dimensiones gigantescas al calor de una filmación independiente. Esa versatilidad lo llevó a trabajar bajo las órdenes de directores de renombre como Santiago Mitre en La cordillera (2017) o María Alché en Una familia sumergida (2018), pero también a protagonizar proyectos autogestivos de realizadores locales de Hurlingham, como Nicolás Tacconi en Bigli (2021) y Los Rayos, el indispensable documental cinematográfico que reconstruye la vibrante escena del rock local antes de la llegada de Luca Prodan.
«Yo la verdad que trato de centrarme más en el equipo con el que voy a trabajar, los directores, las historias que se van a contar, más que estar tan pendiente de si es una gran producción o algo chico», explica con simpleza. Para Esteban, el motor del rodaje es siempre el mismo: «La gente que se dedica a esto trabaja con muchísima pasión y amor. Se pone el mismo cariño en una película de presupuesto ínfimo que en una megaproducción. A todos nos gusta de golpe hacer algo enorme y, al tiempo, filmar un corto con gente que recién está empezando».
Esa misma búsqueda lo ha transformado en una cara habitual del cine de género y terror en el Cono Sur. Su último trabajo en esta línea es Dulce Violencia, una perturbadora producción uruguaya dirigida por Jeremías Segovia que acaba de ser seleccionada para el prestigioso festival de cine fantástico FrightFest en Inglaterra. «Es la historia inspirada en un asesino serial tristemente célebre en Uruguay en los años ochenta, hijo de diplomáticos españoles, que mataba mujeres», adelanta sobre este thriller psicológico donde él fue el único actor argentino del elenco.

EL «MILAGRO» URUGUAYO Y EL CONTRASTE LOCAL
La experiencia de Bigliardi en Uruguay no fue aislada; en el último tiempo encadenó tres películas consecutivas en el país vecino. Entre ellas se destacan Matarifes, de los hermanos Bernardo y Rafael Antonaccio —un drama histórico ambientado en la veda de la venta de carne de 1971—, y La casa del perro/Príncipe, una ácida comedia negra dirigida por Federico Borgia que actualmente se encuentra en etapa de postproducción.
Este éxodo de talento y producciones hacia la otra orilla no es casualidad, y el actor lo analiza desde una perspectiva estrictamente política y económica: «Gracias a Dios, el gobierno uruguayo se preocupa porque sus artistas puedan trabajar y generar estímulos para las artes. Dan muchos beneficios y muchas producciones argentinas se van a filmar ahí».
El intérprete destaca que las políticas públicas de fomento trascendieron los colores partidarios en Uruguay, convirtiéndose en una verdadera política de Estado: «Allí la izquierda hizo la ley de cine, la promulgó y la puso en acción. Cuando la izquierda dejó el poder y pasó a gobernar una administración de centro-derecha, no le tocaron una sola coma. ¿Por qué? Porque le sirve al país».
Al trazar el paralelismo con la actualidad argentina y el desfinanciamiento del sector audiovisual por parte del Estado nacional, Bigliardi es tajante: «El cine es también un gran negocio. Las producciones que llegan a Uruguay son gigantes; Jennifer López estuvo filmando una megapelícula ahí con una cantidad de recursos que le dejan ganancias líquidas al país. Acá se lo están perdiendo porque no les interesa. Tampoco les importan los lazos culturales o la identidad; si hablás de eso se te ríen en la cara. Pero si lo único que les importa es el dinero, también se lo están perdiendo. Es pura saña».
LA RESISTENCIA CULTURAL EN LAS SALAS LLENAS
A pesar del complejo panorama macroeconómico que asfixia los bolsillos de la clase media y trabajadora en la Argentina, Bigliardi encuentra una luz de esperanza en la inquebrantable respuesta del público local. La fidelidad de los espectadores funciona como un escudo de resistencia cultural.
«El teatro sigue vigente y tiene una energía en vivo que, con la cantidad de estímulos digitales que hay hoy en día, te hace sentir que hay esperanza», sostiene entusiasmado. El fenómeno se replica en la boletería: «Es impresionante lo que está pasando en un momento donde la economía familiar está totalmente golpeada. Nosotros salimos a estrenar la obra y las cuatro primeras funciones ya estaban totalmente agotadas. Hay un amor por el teatro y por la cultura que demuestra que esto no es solo recreación. La gente gasta la plata que tanto le cuesta conseguir porque los teatros son espacios de encuentro necesarios».

El futuro inmediato de Esteban Bigliardi seguirá repartido en las pantallas de todo el mundo. Entre sus próximos proyectos se encuentra el estreno de Pepita la pistolera, el film de Lucía Puenzo protagonizado por Luisana Lopilato. Además de desembarcar en los prestigiosos festivales de San Sebastián y Toronto con Glaxo, la esperada nueva película de Benjamín Naishtat (Rojo, Puan) donde comparte cartel con Lali Espósito y su eterno compañero de ruta, Esteban Lamothe. En el terreno de las plataformas, aguarda el lanzamiento global a través de Netflix de Coolie, una ambiciosa miniserie bilingüe e histórica filmada en República Dominicana que narra la rebelión de la comunidad china en la Cuba del siglo XIX contra el Imperio Español.

Con una agenda internacional que marea, Esteban Bigliardi no olvida de dónde salió. Aunque sus padres ya no residen en el distrito, la casa familiar sigue en pie y el actor se hace escapadas recurrentes para visitar amigos y respirar el aire de su barrio natal. Hurlingham no es solo el lugar donde nació; es la patria chica que formó su mirada antes de salir a conquistar las pantallas del mundo.





