
Por Hugo Corrias*.
Con el Gran Hurlingham tuvimos una especie de vida paralela.
El cine se empezó a construir en 1954 y yo nací en 1954, es decir que mientras Hurlingham estaba pariendo un cine, en Hurlingham mi vieja me estaba pariendo a mí.
Vivíamos cerca del cine, sobre Isabel La Católica, pero del otro lado de la Av. Roca. Mi viejo empezó a trabajar en el cine apenas se inauguró, vendiendo caramelos, trabajó allí unos pocos años, después se fue a laburar «al centro» o sea a Capital.
Hasta que en 1964, yo tenía 10 años, un amigo de mi papá, Juan Gómez, que tenía la concesión de las golosinas en el cine, vino un día a mi casa buscando a mi papá que todavía no había vuelto del laburo…
El amigo de mi viejo, respiró profundo me miró y me dijo: «¿y vos no te animás a darme una mano?, hoy hay mucha gente en el cine, dan una película de Walt Disney». Yo con la mirada y la sonrisa ya le había dicho que sí, pero la miré a mi mamá buscando la aprobación. Don Gómez formalizó el pedido y le dijo a mi vieja: «¿no me lo presta un ratito para que me ayude en el cine?»… y mi mamá que ya sabía mi respuesta dijo «bueno… si él quiere».
¡Cómo no iba a querer!, para un chico de 10 años vender golosinas en el cine era el mundo ideal.
Don Gómez me puso una cajita con golosinas y me anotó los precios en una lista. Yo me subí arriba de un cajoncito porque no llegaba y ahí empecé a vender caramelos en el cine, los Sugus confitados, el maní con chocolate, el chocolate Aero de Noel o los Chicles Adams y no paré, y seguí vendiendo caramelos hasta 1975.
Mi viejo también se había sumado a trabajar los fines de semana, cuando la sala explotaba de público.
Por eso, toda mi infancia está ligada al cine y a ese Cine Gran Hurlingham.
Yo me siento un poco la historia Cinema Paradiso. Ese olor al celuloide caliente de la cabina y el ruidito de la máquina de proyección todavía los tengo en mi memoria.
Claro… cuando empezaba la película yo no vendía caramelos, entonces subía a la cabina y le daba una mano a Martínez, le cebaba unos mates y hasta me dejaba rebobinar los rollos.
A veces me subía arriba de las latas con los rollos de las películas, me asomaba a la ventanita cuadrada de la cabina y veía las películas desde ahí. No era tan cómodo como verlo desde una butaca, pero había otra sensación, tenía más magia.
Mi infancia, mi adolescencia, la viví en esa magia, en ese mundo de ficción, de esas fantasías de las películas… era mi mundo paralelo, que yo unía con mi mundo real, de cierta forma los juntaba, porque cuando iba a jugar a la pelota en la canchita o en la escuela, a mis amigos y a mis compañeros les contaba las películas, con todos los detalles, así nació, sin dudas, esta vocación de andar contando historias o de ser actor.
Hoy 70 años después de su inauguración, cuando paso por el que fue el Gran Hurlingham me asomo, espío por las rejas del cine y miro y siento fantasmas que andan por ahí, como «Los fantasmas del Roxy» de los que habla Serrat en su canción, yo siento que esos fantasmas siguen andando por ahí, está Julio Vignau, el que trabajaba en el correo y por la tarde laburaba en el cine en la boletería vendiendo las entradas y anda Pedrito Coronel, que era uno de los acomodadores y si miro bien no se si no andarán Humphrey Bogart charlando con Hugo del Carril, fumándose un cigarrillo antes de que empiece una nueva función.

*Corrias es actor, docente de teatro y narrador oral.
Nota publicada en la revista digital EL CLÁSICO N° 15 edición de abril 2026.





