El avance del anteproyecto oficialista para desregular el sector editorial genera un fuerte rechazo en los comercios de barrio. Aseguran que la eliminación del precio único destruirá a los locales independientes y favorecerá los monopolios de las grandes superficies.
El sector cultural se encuentra en estado de alerta ante el avance de un anteproyecto oficial que busca derogar la Ley 25.542, conocida popularmente como la Ley del Libro. Esta normativa establece el precio único de venta al público, garantizando que un mismo ejemplar cueste exactamente lo mismo en una pequeña librería barrial que en una multinacional. Para los trabajadores de la industria, su eliminación representa una amenaza directa a la supervivencia del sistema editorial independiente.
LA VOZ DE LA EXPERIENCIA EN LIBRERÍA DE BARRIOS
Gustavo Rodríguez, propietario de la tradicional Librería Rodríguez —con sucursales en Hurlingham (Jauretche y Solís) y en Ciudad Jardín—, expresó en el programa “¿Cómo sigue esto?” de RADIO UNAHUR, su profunda preocupación. Con 45 años de trayectoria en el rubro, explicó «la ley de precio fijo es lo que nos defiende para poder competir con las grandes superficies. Si se quita, estas corporaciones van a bajar los precios temporalmente para sacar a la competencia del medio, generarán un monopolio y después manejarán los valores a su antojo», advirtió Rodríguez.
EL ESPEJISMO DE LA DESREGULACIÓN
Desde los sectores que impulsan la reforma, vinculados a las propuestas de desregulación del economista Federico Sturzenegger, se argumenta que la libre competencia permitirá abaratar los costos de los libros. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra lo contrario. El comerciante citó un caso paradigmático: «Esto ya pasó en Inglaterra. Hizo desaparecer muchísimas librerías de cercanía y, al final del camino, el precio de los libros volvió a subir mucho más de lo que estaba antes».
Además del precio único, la propuesta oficialista contempla la derogación de los artículos de fomento del libro y de la asistencia estatal a las bibliotecas populares para la adquisición de material. Según Rodríguez, esto rompe un ecosistema vital: «Las grandes superficies no se interesan por los libros de venta no masiva. Sin las librerías de barrio y las editoriales chicas, muchos autores locales nunca llegarían a editar ni a ser descubiertos por el público».
UNA CRISIS PREEXISTENTE Y LA RESISTENCIA DEL PAPEL
La amenaza de desregulación llega en un contexto económico ya sumamente complejo para el mercado literario argentino. Rodríguez reconoció que la industria arrastra graves problemas debido a la brecha entre los altos costos de producción y los bajos salarios de la población, lo que dificulta el acceso democrático a la lectura.
A pesar de las dificultades y de las viejas predicciones que aseguraban que los formatos electrónicos destruirían al papel, el librero se mantiene optimista respecto a la vocación de lectura de los argentinos: «El libro sigue firme y latente. Todas las librerías buscamos la manera de llegar al lector con ferias o mesas de saldo. Damos la pelea porque la gente quiere seguir leyendo».
Hacia el cierre, al ser consultado sobre qué leer en estos tiempos, Rodríguez dejó una recomendación con identidad local: «El buen mal», la aclamada obra de Samanta Schweblin, autora criada en Hurlingham y consagrada internacionalmente. Un ejemplo claro del talento literario que nace y se expande gracias al impulso de la cultura barrial.





