Gaviota Tejada: El verdadero After Chabon

Por Laro Bialobrzeski.

Gabriel Alberto Tejada, construyó un personaje llamado Gaviota, de esos personajes que ayudan a que Hurlingham sea única.

Es una tarde más en Hurlingham. Una tarde más de un febrero abrasador, que si echás un huevo en la avenida Jauretche tendrías un omelette en segundos. Algunos choferes de la Empresa del Oeste creen comandar una Fórmula 1 doblando como vienen en la esquina de de Riccheri, que alguna vez fue sucursal de Casa Biagio.

Mientras tanto, enfrente, los parroquianos del Bar San Martín apuran el café antes que se enfríe y se vean obligados a consumir otro más. Las ventanas del bar te invitan a ver, recordar, imaginar, una ciudad que ya casi no existe, con bares pintorescos y notables y una opulencia fabril que mutó en deteriorado decorado. Adentro, hay unos ancianos con vermú sin hielo que hablan a los gritos; el mozo, joven, esboza sonrisas y hace saber que se quiere ir aunque le falte un buen rato. Acá hay aire acondicionado, que compite con ventiladores de extraño origen y motores fundidos. Nuestro invitado llega a los gritos y saluda a todos: conocidos y desconocidos.

Las palabras «caballero» o  «muchacho» son pronunciadas no menos de 20 veces en 10 minutos. Se abraza con uno, se da la mano con otro, sabe que no pasa desapercibido, su voz y su risa llena todo el espacio del bar. Vestido de sí mismo, se saca los lentes de sol, pide un vaso con limón y una soda («para limpiar, ¿viste?» dice y se ríe).

Nos saludamos. Nos fundimos en un abrazo de hermanos, amigos que la ciudad hizo allá a la distancia del siglo pasado. Nos acomodamos en una mesa donde el mantel corrido y quemado por cigarrillos nos va a tener de protagonistas un buen rato. La mesa elegida esta cerca de una ventana y de vuelta sucede el ritual del saludo; el que no pasa por la vereda del San Martín y entra a saludarlo, pasa en coche por Jauretche, lo reconoce y le grita desde el auto. Es que ese personaje que supo construir Gabriel Alfredo Tejada, llamado «Gaviota» se granjeó un respeto, cariño y hasta admiración de propios y ajenos. «Hay veces que me saluda gente que cruzo por la calle y no se quienes son», dice perplejo y riendo con los dientes apretados.

Gaviota tiene tatuado en el cuerpo su vida: el tatuaje del Gallito de Morón (el club que abrazará por el barrio) los colores de Boca a quien le dio su corazón. Tiene al amigo «Oso» que ya no está; tiene un pájaro en el cuello y así podríamos seguir eternamente.

El verdadero «After Chabon» es este personaje encantador de la ciudad de Hurlingham, quizá la mejor ciudad del mundo. Gaviota es un vecino característico de esos que ayudan a que la ciudad, nuestra ciudad, sea única. Vecinos que no pasan desapercibidos y que por su forma de vida ayudan a crear un mito en el barrio, en la ciudad. Existió un Alejandro Sokol, un Giorgio Gauto, existe un Marcelo Fiori Quersetti quien en un acto de amor hacia la ciudad mandó a hacer una estatua del Bocha para emplazarla en el jardín de sus abuelos primero y gracias a la gestión municipal en 2023, llegó a la esquina de Jauretche y Remedios de Escalada.

Gaviota sigue contando su historia como alguien que sabe que tiene una gran historia, además sabe contarla. Lo hace de forma que los 8 o 9 clientes del bar que aún están, se den vuelta a escuchar o directamente se sumen a la charla. Los años en que fue asistente de Sumo y en especial de Alberto «Superman» Troglio, los 90’ y el Rock como forma de vida, porque según nuestro entrevistado el es un «Rolinston» y vive como tal, también fue punk y «Osbourne», todo esto le enseñaría que se puede vivir esa vida sabiendo los peligros que existen y si de esquivar peligros se trata, este buen hombre sabe hacerlo.

La vida le regaló un hermano llamado Jorge «Oso» Bojanich, otro vecino con un corazón que no le entraba en el cuerpo, un ser del bien; que se fue riendo como vivió y Gaviota lloró su partida, se tatuó su nombre, lo sigue llorando, y aunque hoy su recuerdo lo ponga en un lugar más feliz, el solo pronunciar su nombre le produce congoja y nostalgia.

También Gaviota iba a la puerta de Cemento, el reducto de rock de la historia argentina, se paraba en la puerta junto a Omar Chabán, el dueño del lugar al que le decía: «de acá (señalaba la puerta del lugar) hasta mitad de cuadra entran todos a ver a Las Pelotas», entre los gritos de Chabán y la gente que entraba, la risa de Gabriel podía escucharse hasta el cansancio.

Luego vendrían los hijos con su compañera Gisele Lezcano, la partida de su padre y la vida misma que seguía golpeándolo de a poco. Pero estos personajes hurlinguenses, se nutren de estas situaciones donde todo lo que sucede, sucede por qué tiene que suceder. El presente de Gabriel lo encuentra trabajando, con el camión hace logística de frutas y verduras, con el camion-cito hace fletes y más; con la moto viaja, sale y dice: «Me siento vivo».

Atrás quedó el recuerdo de las noches de rock y trabajo de asistente en el Parakultural, en Die Shulle también de Chaban, que para Gaviota era «un asco, una trampa mortal ese lugar». Le pregunto por Luca Prodan y es cortante su respuesta: «siempre lo escuché a Luca, pero no fui su amigo;  y tampoco le respondía ‘¿en serio lo que contás?’ porque siempre le creí».

Recuerda que la primera vez que lo vio «fue en el supermercado Davi, ahí en Vergara y había cortado el tráfico para hacer cruzar una mariposa…». De vuelta la risa llenando todo el bar mientras Gaviota afirma: «Luca era un ser con una luz única».

Habla de Sokol y el flaco Pepe Luí y recuerda con satisfacción cuando los dos laburaban de asistentes de Las Pelotas. Habla de Miguel, el de: «El bar de Miguelito», ahí dice que aprendió códigos que aún conserva y usa y que le sirvieron para llegar hasta el día de hoy siendo una buena persona. Recuerda subir al viejo tren San Martín y vender turrones, recuerda lo picante y horroroso de esa línea férrea en esa década perdida de los 90’, de ahí también se acuerda del cariño y respeto que le brindaron los demás vendedores (también picantes).

Lo que más le gusta hablar hoy y donde se encuentra el mejor Gaviota, es cuando habla de Gisele, su compañera de vida, con la que está hace 21 años. O cuando habla de sus hijos y del placer que le provoca tomar café negro con Ginebra Bols «50/50» y aclara «... ya no la tomo sola como antes a la ginebra, las cosas se terminan».

Así nuestro protagonista podría estar hablando días enteros de lo qué pasó hasta acá con su vida; pero también le gana la humildad y no habla de más, nunca lo hizo ni lo hará, pero si afirma y repite cada vez que puede: «Yo sé lo que envenena y nunca banqué a los caretas».

Publicado en la edición de marzo de EL CLASICO

 

 

 

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