El 17 de setiembre de 1925 fallecía a los 78 años, Benigno Ocampo Samanés, destacado vecino de Hurlingham, secretario del Senado de la Nación por más de 40 años, asistente de Domingo Faustino Sarmiento y secretario privado de Nicolás Avellaneda cuando ocuparon a presidencia de la Nación.
Hace un siglo, el 17 de setiembre de 1925, en su residencia de la calle Canning (actual Crucero General Belgrano) al lado de la Iglesia San Marcos, falleció a los 78 años, Benigno Ocampo Samanés.
Hacía 10 años, el 1° de setiembre de 1915, había creado la Comisión de Fomento Hurlingham, después del Cosmopolita, la entidad más relevante en el pueblo en los principios del siglo XX.
Muchas de las primeras obras de infraestructura que tuvo el centro de Hurlingham se deben al accionar de esta comisión, por ejemplo, la creación de la Cooperativa Argentina de Electricidad, que adquirió el terreno ubicado en Humberto 1° (actual Riccheri) 1556, donde luego se construyó un barrio cerrado llamado «El Mirador». Esta cooperativa firmó un contrato con la Municipalidad de Morón, para efectuar el suministro de alumbrado público y privado, desapareciendo a partir de entonces los faroles a kerosene o carburo.
Casado en 1880 con la uruguaya Manuela Abella Peyrallo, Benigno tuvo dos hijas: María Carlota Ocampo en 1882 y Elvira Justa Vicenta Ocampo en 1887, que fue la autora del primer libro sobre la historia de la ciudad. Vivieron unos años en la casa ubicada en la esquina de la ex Canning y las vías del Pacific Raiwals (luego Ferrocarril San Martín), sede desde hace 70 años del Club El Retiro.
Benigno se recibió de abogado y desde muy joven ingresó a trabajar en la presidencia de la Nación. Allí llegó a ser en 1870 asistente del presidente Domingo Faustino Sarmiento, se ganó su confianza y terminó siendo uno de sus secretarios. El sucesor del sanjuanino en la presidencia de la Nación fue Nicolás Avellaneda que también adoptó a don Benigno como su secretario privado y lo mantuvo a su lado durante toda la gestión, desde 1874 a 1880.

El Dr. Ocampo Samanés era un joven ilustrado, inteligente y además contaba con un especial carisma y mucha habilidad. Por eso no sorprendió que tras su paso por la secretaría privada de la presidencia, fuera nombrado Secretario del Senado de la Nación, lugar que ocupó ¡43 años!
La distinción estética de Samanés fue muy destacada en la época, por ejemplo Pilar de Lusarreta en su libro «Cinco dandys porteños» así subrayó la elegancia del hurlinguense: «A su porte naturalmente distinguido unía la ciencia del vestir. Sin cálculo ni esfuerzo era sumamente elegante» (…) Fue el más personal de los dandys porteños a comienzos del siglo». Su vestimenta no era de un lujo extravagante, todo lo contrario, él priorizaba «la mesura». «Despreciaba a los que se empapaban en aguas de olor. Una pulverización de ‘colonia water’ -eso sí de marca acreditada- una pizca de ‘talcum-powder’ -como él decía invariablemente- le bastaban. Un olfato vulgar, nada discernía y en eso estaba el quid».
Logró permanecer incólume en un lugar clave como es la antesala del despecho del presidente del Senado durante cuatro décadas. Lidió, acordó, convivió con personajes tan diversos y tan relevantes como Julio Argentino Roca, Miguel Juárez Celman, Bartolomé Mitre, Dardo Rocha, Aristóbulo del Valle, Marcelino Ugarte, Miguel Cané, Carlos Pellegrini, Bernardo de Irigoyen, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza, Pelagio Luna, Elpidio González, más los nombrados Sarmiento y Avellaneda, entre otras figuras que se destacaron como senadores e incluso varios de ellos como presidentes.
En los ratos libres que le dejaba su actividad laboral, Don Benigno se dedicaba a una de sus pasiones: el arte culinario. Una de sus especialidades «era el pollo macerado tres noches en cognac, con salsa de hongos; o los caracoles con salsa de tomate y grasa de ganso» según cuenta Lusarreta.
Muchos de los ingredientes para sus manjares eran enviados a su domicilio en Hurlingham directamente desde Europa. Por ejemplo los primeros pomelos (que en esos tiempos se los llamaba «grappe fruit»), que entraron al país venían consignados a su nombre.
En 1921, aprovechó su obvia ascendencia en el Congreso para gestionar una partida de 25 mil pesos para la construcción de un puente sobre el arroyo Morón para facilitar el camino a El Palomar, la calle que se dirigía a ese puente (actual Centenera) y el mismo puente llevaron el nombre del Dr. Benigno Ocampo Samanés.
El lunes 14 de setiembre de 1925, el doctor Ocampo llegó a su domicilio de Hurlingham sumamente afectado por los graves conflictos que se vivían en la Cámara Alta con enfrentamientos internos de los radicales (entre personalistas y antipersonalistas) y las pujas dentro de los conservadores. Además Benigno sabía que sus días en el Senado estaban contados. Eso afectó severamente su salud. Desde el lunes mismo, quedó postrado en su lecho, atendido siempre por su médico, el Dr. Vitterman.
Finalmente, el jueves 17 a las 10.30 de la mañana un infarto terminó con la vida del abogado.
Horas después de su deceso, el diario Crítica publicaba en primera plana: «La amargura de los últimos sucesos políticos provocó hoy la muerte del doctor B. Ocampo», el popular vespertino daba cuenta que un sector de Senado «proyectaba su exoneración». Para Crítica «su estado de salud sufría las alternativas de la veleta política, que terminó con sus días».
En la misma edición publicó: «Baja a la tumba después de una brillante actuación en el Senado. En pleno fragor de las pasiones políticas, acaba de rendir su tributo inocente a ellas, víctima de una encrucijada injusta, un antiguo funcionario de la Nación. El doctor Benigno Ocampo, fallecido hoy al mediodía, era la figura representativa de una época que ha ido perdiendo sus ejemplares más notorios. Reunía en su espíritu la distinción tradicional del gran señor porteño, la jovialidad de las maneras, el culto de la hidalguía, el sello de las viejas normas que han dado carácter a varias generaciones envueltas en el fervor del viejo ideal porteño».
Por disposición del presidente del Senado, Elpidio González, y con la aprobación del presidente Marcelo T. de Alvear, sus restos fueron velados en el Senado con los honores correspondientes al rango de Senador de la Nación.
«Texto extraído del libro RETRATOS, Paisanas y Paisanos de Hurlingham (2024) de Rody Rodríguez.






Hombres honorables probos digno representante de un pueblo educado y culto con valores incuestionables.
Lamentablemente hoy el Congreso de la Nación no está representado como debiera falta educación, respeto , valores y verdadero Amor por la Patria con deseos de bien para todos , con crecimiento económico y rescatando los valores y virtudes que siempre reflejaron los hombres de bien… gracias