La hurlinguense Samanta Schweblin vuelve a encantar al mundo con un nuevo libro

Samanta Schweblin: Foto de Iván Giménez de Seix Barral.

por Camila Villafañe.

Una madre que sigue el último paso de Virginia Woolf, dos hermanas que se aventuran a entrar en casas ajenas por las noches, un gato cuyo fallecimiento provoca una pena tan grande como la pérdida del hijo de una antigua amiga o un niño que se traga una pila son algunos de los personajes de «El Buen Mal» el último libro de Samanta Schweblin, una de las autoras argentinas contemporáneas más premiadas y elogiadas en el mundo.

«Yo no hago literatura autobiográfica, pero estas historias suceden en espacios que he habitado», dijo Samanta Schweblin en una entrevista el mes pasado en Barcelona cuando presentó su último libro de relatos, «El Buen Mal», seis cuentos descriptos por la crítica como «Magnéticos e irresistibles»
La autora oriunda de Hurlingham siguió reflexionando sobre «el espacio» que es escenario de su obra: «…es muy personal y quizá en el fondo haya un poquito más de mí de lo que yo soy consciente». Es que para la autora argentina su país es siempre «el espacio» que le interesa pensar y con el que está constantemente conectada.
Radicada en Berlín, Alemania, hace más de una década, el mundo literario para Samanta es el de Buenos Aires, pero aclara: «No el Buenos Aires de Capital, sino el de provincia, el de Hurlingham y el de Palomar, donde pasé la mayor parte de mi infancia y mi adolescencia. Donde todavía se podía pasar de jardín a jardín porque los fondos no estaban cercados, y había pasto en la vereda».
Su anterior libro fue la novela «Kentukis» y la escritora contó que su infancia en Parque Quirno fue parte de la inspiración de ese texto: «Yo en Hurlingham, vivía de espaldas a un potrero al que nunca pude ver por dentro, aunque vivía a pocos metros. El kentuki tiene que ver con esta fantasía, de navegar sin ser persona. ¿Cómo será, por ejemplo, pasearse por los cuartos vacíos de una coreana que trabaja todo el día fuera de su casa? Pensaba ese tipo de cosas, y tardé en advertir que estaba frente a una idea literaria».
Samanta contó que la biblioteca de sus padres fue su primer acercamiento a la literatura. «Era una biblioteca que me permitió leer desde muy muy chiquita porque mis papás tenían un jardín de infantes y mi mamá era maestra jardinera, y había una cantidad de bibliografía para chicos enorme. Nadaba en libros para chicos que además no eran míos, entonces tenía una fascinación porque quizás eran libros que venían uno o dos días y después volvían a la biblioteca del Jardín de Infantes. A los 11 o 12 empezó la incursión a la biblioteca de los adultos, que tenía muchos autores del boom, muchos clásicos como Dostoievski o Kafka. Vivía en Hurlingham y era muy lindo viajar al centro para comprar libros en las mesas de saldos de Corrientes con mis primeros dineritos. Además los libros que eran baratos, los que me podía comprar, eran los bodoques, los ladrillos de las colecciones de clásicos. Después, el descubrimiento de algunos autores que me alucinaron, como Cortázar o Boris Vian, que descubrí en la biblioteca de una amiga».
Samanta Schweblin destacó su tiempo de lectura durante el viaje de Hurlingham «al centro». «Leía muchísimo en el tren. Típico de la gente que vive en provincia y va a estudiar a Capital y que tiene una hora y media o dos de ida y lo mismo de vuelta. Tenía todo un sistema que me permitía bajar del colectivo leyendo y sacar el boleto del tren sin bajar la mirada, porque todo ese tramo del colectivo al tren, que eran como quince minutos, me parecía una pérdida de tiempo enorme. Había sacado la cuenta y a lo largo del mes eran como ocho libros que podía leerme sino bajaba la vista en ningún momento».
La obra de Samanta fue traducida a 30 idiomas y fue multipremiada en nuestro país y en el mundo, destacándose el Premio Tigre Juan por «Distancia de rescate» (2015) y el National Book Award por «Siete casas vacías» (2022), además de haber sido tres veces candidata final al Booker Internacional. Su obra literaria también llegó a otros lenguajes: «Distancia del rescate» y «La valija de Benavidez», llegaron al cine; «Nada de todo esto» y «Un hombre sin suerte» al teatro, y «Mujeres desesperadas» fue una ópera en el Teatro Colón.
Su libro último libro «El buen mal» cosecha día a día críticas elogiosas. Damián Szifron por ejemplo afirmó que «sus cuentos son tan vívidos, impredecibles y perturbadores que cuesta creer que los haya escrito: parece haberlos soñado»… y la escritora norteamericana Lorrie Moore, aseguró: «Nadie escribe como Samanta Schweblin. Sus historias son únicas… maravillosamente impredecibles y cautivadoramente extrañas».

Le preocupa el presente que parece pertenecer al ámbito de esa literatura de lo extraño que, según la escritora «tiene que ver no con lo imposible de suceder sino con la posibilidad de que suceda aquello que difícilmente podría suceder». Asegura que no entiende la política hecha desde el odio. «Estoy a favor de la diversidad en todos sus aspectos: política, sexual, cultural, de pensamiento y en términos migratorios» y afirma que «el gran ejercicio de la literatura, de hecho, es construir esa diversidad».
Y al seguir analizando este presente, otra vez aparece «el espacio propio» y «la distancia»: «En Buenos Aires, mis amigos más cercanos pasaron de tener un trabajo a tener cuatro para pagar más o menos el mismo alquiler, si es que aún tienen trabajo. Algunos, muy talentosos, ya no escriben, ya no hay tiempo para escribir. Trato de estar lo más presente que puedo, pero la realidad es que vivo a doce mil kilómetros de casa. Así lo siento, ‘casa’, sigue quedando en Argentina, y yo vivo en la otra punta del mundo, con mi mirada siempre hacia allá. Es un estado de disociación que a veces me enferma y a veces me salva».

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