Luis Delgado: Un más que prestigioso psiquiatra con la literatura y la música siempre en la mente

El pasado 17 de agosto, falleció a los 87 años, Luis Carlos Héctor Delgado, prestigioso psiquiatra y psicólogo, vecino de Hurlingham desde adolescente, participante activo de la puesta en marcha del Hospital San Bernardino, primer presidente de la Asociación de Médicos de Hurlingham. El periódico El Ciudadano de Hurlingham lo tuvo entre sus columnistas.

 

Por Rody Rodríguez.

Luis Carlos Héctor Delgado es porteño de nacimiento, nació el 14 de octubre de 1933, y si bien pasó gran parte de su niñez en Palermo, su pertenencia a Hurlingham es absoluta. A esta ciudad llegó a comienzos de los ’50 recién recibido de maestro normal.

Decidido a iniciar estudios terciarios dudó entre seguir Derecho o el Profesorado de Letras, su gran vocación, pero curiosamente la pasión por el cine fue la que cambió el rumbo de su futuro. En el verano del ‘52, dos películas argentinas se estrenaron con temáticas similares: «De turno con la muerte» con Roberto Escalada y Silvana Roth y «Sala de guardia» con  Elisa Galvé y Carlos Thompson. Luis recordaba que esos dos film dramatizaban una serie de emergencias médicas donde el aspecto humanístico de los episodios se conectó con sus intereses literarios. Y así comenzó su carrera en medicina.

Por esos años, ayudó a su vecina Nilsa Mabel Orlandi, con algunas clases para rendir exámenes en el secundario, comenzó allí un romance que se prolongó por más de 60 años.

Se casaron cuando él tenía 23 y ella 17. Un año después Luis se recibió de médico. Entre sus profesores tuvo a Florencio Escardó en pediatría, de quien asimiló las ideas nuevas de psicosomática.

Una noche de guardia en el hospital en el que trabajaba, divagando con los enfermeros de turno, descubrió los fenómenos hipnóticos. Según él mismo relató, eso conmovió su orientación médica y se inscribió en el postgrado para médico psiquiatra en 1959.

A mediados de los 60 ya formaba parte de la primera cátedra de neurología del Hospital Ramos Mejía y en 1966 fundó el Servicio de Psicopatología en el Hospital San Bernardino del que también fue director. En esa época fue elegido el primer presidente de la Asociación de Médicos de Hurlingham, una entidad impulsada entre otros por Delfor Díaz.

Delgado también se destacó en la docencia. Fue profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata, Universidad del Salvador, en la UCES y de la Universidad del Museo Social Argentino.

Su afán de perfeccionamiento fue permanente, nunca dejó de estudiar y de revalidar títulos y es extensa su lista de ponencias en congresos de salud mental, además de haber publicado numerosos artículos y libros en colaboración o de autoría personal,  también son incontables sus conferencias en el Club El Retiro, en la Escuela Esteban Echeverría, en sociedades de fomento de Hurlingham y en el mismo «hospitalito» organizado por la Asociación de Voluntarias junto a su amiga Claudina Azevedo, la gran hacedora del San Bernardino.

Por sobre sus logros académicos y la excelencia profesional, sus seres queridos valoran el hecho de haber sido «un esposo eternamente enamorado» como también de sus hijos Martín, Joaquín, Inés y Santiago y ser un abuelo excelente de sus 10 nietos, además hay en la vida de Luis Delgado otros méritos que lo regocijaron en lo personal y es su capacidad artística, heredada sin dudas de su padre, Luis Justo Delgado, músico, compositor, que trabajaba en cines (llamado biógrafos) acompañando con su piano las películas mudas. De allí que no sorprenda su amor por la música clásica y el jazz, su condición de pianista, cultor de George Gershwin, Astor Piazzolla y Los Beatles. A Luis también le gustaba el dibujo y la pintura y era aficionado a la fotografía. Sus hijos lo describen como un «cinéfilo total, estudioso, siempre actualizado a los cambios del pensamiento de la época, un lector que llenó su hogar de libros, también con habilidad en carpintería y hasta para conocer todas las partes de un motor».

Su devoción por la literatura, esa que lo hizo dudar a la hora de elegir una carrera, se mantuvo a lo largo de toda su vida, con admiración por Antonio Machado, Walt Whitman, Macedonio Fernández y por Jorge Luis Borges con el que compartió algunos momentos por intermedio de Claudina Azevedo, amiga personal del gran escritor argentino. Esa pasión no solo se evidenciaba en su placer por la lectura, también se aprecia en su talento para escribir. También se interesó por la historia, dedicando muchas horas de estudio y hasta un libro a Domingo F. Sarmiento, sobre el que profesaba una gran admiración.

La intensa trayectoria personal de Luis Delgado, su exitosa carrera profesional, el afecto acumulado en su familia, puede sintetizarse, como bien saben sus hijos, afirmando que fue un hombre que vivió su vida con total esplendor y que vivió feliz. Nada menos que eso.

UN TEXTO DE DELGADO:

Diálogo con Borges

Por intermedio de Claudina Azevedo, Luis Delgado tuvo ocasiones de charlar con Jorge Luis Borges. Tal vez alguno de esos encuentros lo haya inspirado para escribir este relato: 

«Borges, oyéndole responder he comprobado que Ud. apresa al interlocutor en un laberinto del cual quizá no tenga cabal idea. Por eso, frente a la necesidad de manifestarle una observación temo que inicie su respuesta antes de que yo haya acabado de expresarle mi sentido. No se trata de ansiedad sino de no poder evitar que cada palabra o frase que utilice presentará para Ud. innumerables facetas que lo seduzcan sin distinción y encaminen al azar su discurso, y de la misma manera sucederá con todo intento de rectificación o protesta de mi parte, atrapándome inevitablemente en esa maraña que me dejará postergado e insatisfecho».

Al fin, apelando a su cortesía, obtengo el tiempo y la atención que me permita precisar los enunciados y contar con su escucha.

Le expreso osadamente:

«Existe en su obra una contradicción que no reprocho ni pretendo que repare o justifique, sólo que se asocia con la cuestión del acceso al diálogo, que es el tema que me preocupa. No me refiero a las dificultades que presenta su gran erudición ni al orbe inalcanzable de su propio itinerario. Se trata de su afirmación de que la palabra no es de nadie sino de todos. No responda todavía, la mención hasta aquí sirve para introducir el problema de la posibilidad de un diálogo donde no ocurra la caída en el laberinto».

Borges responde: «Está bien» y calla, aguardando. Al concentrarse una vez más en su obediente disposición pienso de que no hay nada en lo que digo que justifique restringir la acción de ese hombre que tiene la visión absoluta y probablemente todas las respuestas. Intuyo, contra lo que pensaba hasta hace un momento, que fuera del laberinto el diálogo muere y lo que es aún peor, con la muerte del diálogo, la posibilidad poética. Pero es real que yo tenía una pregunta que hacerle, que Borges comprendió su necesidad y que su respuesta se, suponía, debía ser concreta. No sé si ya fue formulada o simplemente se estén dando sus condiciones o acaso será que el diálogo es un juego necesario de señales lumínicas emitidas libremente y a conciencia, redescubriendo pensamientos y dinamizándolos.

Anoche lo he soñado a mi lado, respaldado en el mismo lecho, con un saco pijamas igual al mío, rodeados de espectadores atentos a la posibilidad de nuestra plática, que hasta mi marcación se había hecho engorrosa por su constante mención de autores desconocidos o mal leídos por mí, apócrifos, los más seguramente, y por el uso de palabras extranjeras que no siempre comprendía; hasta que me dije «si la palabra es de todos por qué no podemos encontrarnos en ella.»

«Porque es un laberinto».

Al oír esta frase en mi sueño no supe si era Borges o yo el que hablaba. Si en el unísono se había producido el encuentro seríamos entonces dos sujetos identificados de tal manera que uno o el otro, perdida la alteridad, se anularían: coincidencia y soledad, eco. Si era sólo yo, no se trataba más que de un monólogo, de la alucinación desvanecida de un soñante; lo había perdido otra vez, estaba solo; nadie en verdad conmigo que me escuchara o me hablara. Sólo un otro podía convalidar, consentir, afirmar o atraparme en el laberinto de las facetas que res-catara e iluminara al contestarme.

Estrepitosamente me doy cuenta que no estoy soñando con Borges ni que es a su diálogo al que he deseado acceder, sino que es con mi padre con quien he soñado, con un diálogo íntimo e imposible en la búsqueda de su probación, de su… «está bien»… que al fin, al producirse, me deja en soledad, porque al estar yo en lo cierto se disipa como interlocutor y pierdo el genio que ilumina facetas evanescentes de un itinerario que pude recorrer por él seducido, atrapado, personal, inacabable, o circunscrito tal vez, reducido, que quizá desemboque en una puerta a otra vida, la mía, que sólo se abre con su silencio.

15 de octubre de 1976

 

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